Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Jueves, 26 de marzo de 1936: En la Cámara de los Comunes
La londinense Cámara de los Comunes bullía como nunca. Todos los diputados estaban presentes. Dada la escasez de sitio, tocaban hombro con hombro. Cuando se abrió la sesión tomaron asiento en la tribuna diplomática los embajadores de Francia, Alemania, Bélgica, Polonia, Checoslovaquia, Perú, el príncipe Von Bismarck y un suculento etcétera. Todo asiento quedó ocupado. Todo hueco, repleto. Podía decirse con justeza que en ese momento no cabía un alfiler en la sala.
—Buenos días, señoras y señores. Supongo que están ustedes esperando que hable de la crisis de Renania y de Hitler, cosa que haré de inmediato, aunque colocando el debate en su verdadero contexto. Es decir, hablo menos para las naciones de ultramar que para el pueblo de mi país —matizó, dirigiendo una mirada a la tribuna de embajadores—. En estos días, más que nunca, uno debe distinguir entre sentimientos y obligaciones nacionales. De entrada, declararé ante esta Cámara que no estoy dispuesto a ser el primer ministro de Asuntos Exteriores británico que incumpla un tratado. Todos recordamos los orígenes de la zona desmilitarizada y de los diferentes tratados firmados a fin de garantizar la seguridad de Francia. Y recordaré que aquello convenció al Gobierno francés de renunciar a la separación de Alemania de las provincias del Rhin. Así pues, se engañan quienes imaginan que Francia y Bélgica exigieron la zona desmilitarizada. La petición figuraba entre las reivindicaciones alemanas que llevaron a la firma del tratado de Locarno, que sustituyó al tratado de Versalles, todavía vigente.
»Demasiado hemos oído hablar del Diktat de Versalles; pero jamás del Diktat de Locarno, y creo que carece de fundamento el argumento alemán sobre la incompatibilidad del pacto francosoviético con el tratado de Locarno, pues precisamente Locarno preveía tal eventualidad. Por eso me extraña que el Tercer Reich considere que el tribunal de La Haya no tenga competencia sobre el asunto. En todo caso, el Reich debe someter la cuestión a la Comisión Permanente de Conciliación, prevista por Locarno, de arbitraje franco-alemán. Y recuerdo, asimismo, que Bélgica, también afectada por la reocupación de la zona, no ha firmado el pacto francosoviético ni ningún otro.
»En definitiva, quienes consideran que la tesis alemana tiene peso, ignoran el hecho de que Alemania la impone por la fuerza. El Reino Unido es garante del tratado, y por ello tenemos obligaciones definidas, y deseo reiterar a la Cámara que no estoy dispuesto de ninguna manera a ser el primer ministro de Exteriores que incumpla un tratado —repitió, entre grandes aplausos—. Para este país tiene un interés vital que la integridad de Francia y Bélgica sea mantenida, y ninguna fuerza armada hostil establecida en sus fronteras. Dicho lo cual, las conversaciones que mantiene actualmente nuestro Estado Mayor con sus homólogos europeos se limitan a cubrir una obligación incluida en el tratado de Locarno, y son de carácter puramente técnico, no pudiendo aumentar en modo alguno nuestras obligaciones políticas. Así pues, si una fuerza internacional constituyese una dificultad y el Gobierno alemán tuviese otras proposiciones constructivas para sustituir a estas, estaríamos dispuestos a tratar de lograr un acuerdo sobre esa base…
¿Estaba alguien entendiendo realmente el verdadero significado de lo que decía el ministro de Asuntos Exteriores británico? Uno juraría que no.


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