Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España. En los dos primeros meses cuenta con la colaboración de Íñigo Palencia.
Miércoles, 29 de enero de 1936: Franco en los funerales londinenses de Jorge V
Y allí estaba, esa mañana. La más guapa del baile político español formando parte del cortejo que avanzaba por las principales calles de Londres.
No había nadie, ni niños ni ancianos, burgueses u obreros, que no hubiera engrosado en los pasados días aquella fila interminable. Tras unos días de luto nacional, la vida iba poco a poco recobrando la normalidad.
Pronto, los teatros se abrirían, la gente empezaría a hablar más alto y en los escaparates de Regent Street, Piccadilly u Old Bond Street desaparecerían los retratos del viejo rey. Pero hoy el ambiente aún era fúnebre.
En el cortejo estaban las misiones extraordinarias extranjeras: la belga, la holandesa, la rusa. Por la noche, en Buckingham Palace, Eduardo VIII los había recibido, todos de frac, en una galería colmada de cuadros de Rembrandt, Reynolds, Van Dyck y Velázquez. Allí fueron pasando ante él el rey de los belgas, el del Piamonte, Alfonso de Orleans y Borbón, con el toisón de oro y la banda con el collar de Carlos III, los embajadores, rajás y otros altos dignatarios que ahora desfilaban en el cortejo acompañando el cadáver hasta el cementerio.
—God bless the king! —gritaron, emocionados, los espectadores.
En medio del ajetreo, Franco miró la multitud congregada en las aceras, perfectamente contenida por la policía. Los ingleses le parecían muy pálidos, la tez a menudo pecosa, mucho rubio o pelirrojo. El general español los veía de reojo, separado por el cordón de seguridad. El cortejo era casi exclusivamente masculino y los embajadores iban con abrigo largo y bombín, aunque algún militar llevaba uniforme de gala, como el almirante Cervera o el mariscal soviético Tujachevsky.
A diferencia de sus acompañantes, Franco, de traje y sombrero, no mudó el rostro. Pero la procesión iba por dentro. Y es que durante el viaje, Franco, Franquito, como le llamaba Sanjurjo, el primer general de la República, se había sentido inquieto.
Era cada vez más difícil mantener la calma en medio de un oleaje tan agitado que, si no hacía nada, corría el riesgo de que se lo llevara por delante junto con esa carrera suya, tan cuidadosamente construida.
Porque lo que le empezaba a corroer por dentro, como a tantos militares, era la pregunta crucial que se hacían muchos últimamente: ¿debía unirse a los sublevados, cuando se diera el nuevo golpe de Estado?


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: