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4 de marzo de 1936: El vecino de Serrano 38

4 de marzo de 1936: El vecino de Serrano 38

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Miércoles, 4 de marzo de 1936: El vecino de Serrano 38

Buenos días, don Manuel. ¿Otra vez al trabajo?

—Buenos días, Vicente —dijo Manuel Azaña, saliendo del ascensor.

Llevaba su portafolios bajo el brazo. Hoy se mostraba singularmente amable. Al conserje le brillaron los ojos mientras lo acompañaba por el portal y le abría ceremoniosamente la puerta de la calle. Uno de sus cometidos era espantar cualquier visita inoportuna o avisar a la policía si resultaba necesario. Para Vicente y su mujer, Ladislada, tras muchos años en la portería, era la primera vez que un vecino era el jefe de Gobierno de la República. Ellos y sus hijos, Carlos y Pepe, eran los únicos votantes del Frente Popular en el edificio: eso los hacía sentirse orgullosos.

Delante de la puerta, Azaña recordó algo.

—¿Sabemos más del cuarto piso? —indicó con el dedo.

—No, don Manuel. Esta noche no ha habido fiesta…

"Tampoco le disgustaba que le temieran. Azaña estaba acostumbrado a que lo respetasen. Las cortesías, el silencio que imponía su presencia, los murmullos a sus espaldas, le eran agradables"

Era una broma privada entre ellos. En el edificio vivía un general de los jesuitas. Un hombre adusto, que, al saber que compartía escalera con el líder republicano, se mostró indignado. Su intolerancia manifiesta con las cuestiones de moral pública contrastaba con su tolerancia en lo privado. Últimamente, según contaba al portero, acudían a su piso un par de jovencitas que, por las horas a las que entraban y salían, no debían ser sus sobrinas.

Menos gracioso, en cambio, era tener como vecinos a dos pollos, el del segundo y el del tercero, de Falange. Esos eran de los que luego salían de noche en coche y se dedicaban a buscar bronca. El desprecio del jesuita no era nada comparado con los modales insultantes de estos dos. Uno farfullaba entre dientes «viejo sapo», cada vez que se cruzaban. Y cada cierto tiempo aparecía en el portal propaganda contra Azaña y el Frente Popular, que Vicente, cuando la veía, se apresuraba a arrancar.

—Desde que han ganado ustedes tengo la impresión de que no ha habido fiesta en su piso —sonrió el portero—. A lo mejor es que le tiene miedo.

—Ni que nos comiésemos a los curas, Vicente.

El nuevo jefe de Gobierno meneó la cabeza desdeñoso, aunque tampoco le disgustaba que le temieran. Azaña estaba acostumbrado a que lo respetasen. Las cortesías, el silencio que imponía su presencia, los murmullos a sus espaldas, le eran agradables. Lo mejor del poder era su reflejo en la gente. Los hombres como él se nutrían de ese sentimiento, y lo echaban en falta cuando desaparecía. Eso ocurrió tras su dimisión como jefe del Gobierno en septiembre del 33 y sobre todo después de su detención en Barcelona en octubre del 34, bajo la acusación de estar implicado en el movimiento revolucionario. Entonces las miradas y comentarios a sus espaldas fueron de menosprecio. Aquello su vanidad lo sufrió tanto que se juró a sí mismo que él no se iría por la puerta de atrás, como le estaba pasando a Alejandro Lerroux, pobre desgraciado. Él ya había vuelto. Y si tuviera que irse de nuevo, cuidaría de que fuera por la puerta grande, y cuando quisiera.

Fuera, dos guardias de Asalto, apostados cerca de su Chrysler, se giraron. Por Serrano circulaban burgueses bien trajeados.

—¿A Castellana, como siempre, señor Azaña? —dijo el chófer, abriéndole ceremoniosamente la portezuela trasera.

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