Enero de 1986. La editorial Seix Barral publica el debut en la novela de un desconocido escritor natural de Úbeda. El olfato literario de perro perdiguero del poeta y editor Pere Gimferrer se lo lleva al sello barcelonés tras haber leído, en una edición casi artesanal, una recopilación de artículos del autor publicados en el Diario de Granada titulada El Robinson urbano. La novela en cuestión está bautizada como Beatus Ille («Dichoso aquel»). Gimferrer quiere cambiar el título y acuerda podar unas cuantas decenas de páginas del manuscrito con el autor. Lo segunda lo consigue; lo primero, no. Beatus Ille, cuarenta años después, es admirado como el primer gran libro de uno de los escritores más importantes, premiados y leídos de la literatura española contemporánea: Antonio Muñoz Molina.
El autor jienense tardó muchos años en dar forma a la novela. Las primeras notas fueron tomadas en sus últimos años universitarios, inspiradas en la memoria oral de su familia sobre la Guerra Civil y salpimentadas por su pasión por la novela policiaca y por Henry James —su novela Los papeles de Aspern es una referencia muy clara—. En un primer momento, Beatus Ille iba a ser una colección de relatos inspirados en El llano en llamas, de Juan Rulfo, pero este proyecto literario tuvo muchas vidas. Tras volver durante años a esos apuntes que le invocaban constantemente y no abandonaban su cabeza —con interrupciones temporales como el servicio militar que tiempo después retrataría en Ardor guerrero (1995)—, Muñoz Molina dio con la solución para escribir la novela en 1983: una compleja estructura de voces, curvas narrativas y líneas del tiempo superpuestas o rotas que requieren la atención por parte del lector. Sí, Beatus Ille no es una novela fácil.
Vidas inventadas, olvidadas o encerradas en sí mismas inundan las páginas de esta gran historia de largos párrafos y muy pocos diálogos. Un espacio, Mágina, cercado por una muralla invisible de pequeños huertos y grandes campos de olivos, es el escenario por donde deambulan los personajes y sus respectivas biografías. Calles estrechas y empedradas que desembocan y unen plazas grandes donde tejer conversaciones, cruzar breves saludos o lanzar miradas de amor, curiosidad o reproche. Y tres moradas que concentrarán la acción de la novela: la casa del tío Manuel, la casa de Inés y el cortijo La Isla de Cuba, una finca en las afueras de Mágina.
«Ha cerrado muy despacio la puerta y ha salido con el sigilo de quien a medianoche deja a un enfermo que acaba de dormirse». Así comienza Beatus Ille, un arranque atmosférico que ofrece un tono y una temperatura que el lector percibirá a lo largo del carrusel de páginas que siguen. La casa del tío Manuel se manifiesta como un viejo museo de muebles, lámparas y otros enseres que parecen tener ojos que vigilan. También hay muchas fotografías repartidas por las habitaciones, muchas protagonizadas por su amigo Jacinto y por Mariana, la amada mujer de Manuel, muerta por una bala perdida en un tiroteo acontecido en los tejados del caserío de la plaza del General Orduña.
La figura de Jacinto Solana asoma en torno al resto de personajes con la permanente sombra de la incertidumbre, como un fantasma que acompaña y juega con la soledad de cada uno, incluido el lector de la novela. Antes de la guerra se ganaba la vida escribiendo en periódicos de izquierdas y participaba activamente en la política del país. Incluso llegó a ser uno de los principales intervinientes en un mitin del Frente Popular en la plaza de toros de Mágina. Tras la contienda que rasgó España, fue condenado a muerte y luego indultado. Falleció años después, tras residir en casa de Manuel, en una refriega con la Guardia Civil en la ribera del Guadalquivir. O eso cuenta Frasco, casero de La Isla de Cuba y testigo de los últimos días de vida de Solana.
La llegada de Minaya a la casa de su tío revolverá tiempos pasados. Los recuerdos, como cenizas humeantes, siguen muy presentes y los demás habitantes de la vivienda, que cohabitan en una tensión callada, los irán revelando con el tiempo. «No dura la memoria, sólo duran las cosas que siempre pertenecieron al olvido», se dice en un momento de la narración. «Beatus Ille es una novela de personajes poliédricos, impostores que huyen, por diversas razones, de algo o de alguien y que confluyen en distintos momentos históricos en torno a la casa de Manuel, una casa donde conviven los fantasmas trágicos del pasado, el deseo y la confluencia de realidad y de ficción», señala Pablo Valdivia en el prólogo de la edición de Seix Barral de 2016 que celebraba los 30 años de la novela.
Minaya aprecia mucho a su tío, que le presta un cuarto que habitó Solana muchos años atrás al salir de la cárcel, donde permaneció preso tras conmutarse su pena de muerte. Allí permanece el mismo escritorio donde el inquilino de Manuel se refugiaba para rubricar un «libro memorable» titulado Beatus Ille, que iba a ser «la justificación de su vida y el arma de una cierta venganza». Minaya mantendrá muchas conversaciones con Eugenio Utrera, un escultor con cierto renombre por las imágenes de Semana Santa que ha creado para ciudades de toda Andalucía y que tiene su taller en la cochera de la casa. También con Inés, la criada, un personaje silente y enigmático como el eco lejano de una noche de estío en las tierras del sur. Minaya observa a Inés con sigilo mientras fuma un cigarro tras otro. Ella apenas le sonríe. Otro personaje que desfila por las páginas de la primera novela de Muñoz Molina es el doctor Medina. Tampoco hay muchos más.
Me detengo en la portada de la primera edición de Beatus Ille, una acuarela del ilustrador y cartelista barcelonés Amand Domènech. Un guardia civil en sombra, montado a caballo y con el fusil al hombro, se acerca a una pequeña localidad que podría ser Mágina, donde asoma, como un faro en la llanura, el campanario de la iglesia con su veleta. Los colores telúricos anticipan el misterio de aquel territorio mítico de la primera etapa de la narrativa de Muñoz Molina. Si nos abstraemos por un momento podemos oír los cascos del corcel en su trotar, las campanas tristes de la parroquia o el viento que levanta racheado el polvo del camino, tan seco y áspero como el espíritu de algunos de los personajes del libro.
«Mixting memory and desire». Con este verso del poema The Waste Land, de T. S. Eliot, arranca la primera parte. Y define muy bien el contenido de toda la obra y de gran parte de la narrativa del autor de La noche de los tiempos, cómo nuestra mente construye los recuerdos y atesora nuestro pasado en capítulos vitales que no se almacenan estancos unos de otros ni en permanente quietud. Se modifican y hasta ficcionan según nuestro estado de ánimo, la etapa de nuestra trayectoria vital o incluso por nuestro interés. Lo que sabemos, lo que nos cuentan… Verdades o mentiras que a veces llevan el mismo traje o se los intercambian en el vestidor de la ignorancia o de la inocencia.
El póker de literatos a los que Muñoz Molina rezaba a diario, cuando cada noche apagaba la luz de su mesilla y se encendían los sueños, eran Faulkner, Proust, Borges y Onetti. Autores de fraseo largo, atmósferas poderosas y lenguaje intenso que marcaron la obra del autor de Sefarad. Había más, como Miguel de Cervantes, cuyo Don Quijote de la Mancha deslumbró al futuro escritor en sus noches de adolescencia. Escritores siempre en busca de lo inesperado mientras trituran el tiempo en su máquina de escribir. Aunque no son estos, sino otra gran pluma universal la que aparece citada en Beatus Ille y que tan decisivo fue en la formación como lector y como escritor de Muñoz Molina: Julio Verne. Veinte mil leguas de viaje submarino y su protagonista, el capitán Nemo, fascinaron al joven Antonio en su pequeño mundo de primeras lecturas.
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Beatus Ille fue laureada en 1986 con el Premio Ícaro de Literatura, un galardón que otorgaba el periódico Diario 16. Apenas diez años después, y con varias novelas muy premiadas por el camino, como El invierno en Lisboa (1987) o El jinete polaco (1991), leyó su discurso de entrada en la Real Academia Española. Aquel joven jienense, que comenzó publicando sus primeros textos en un periódico de Granada mientras trazaba una novela durante los fines de semana y los veranos, se había convertido en el miembro más joven de la RAE. Hoy, Antonio Muñoz Molina continúa siendo uno de los referentes de la literatura contemporánea, con una obra literaria y periodística muy comprometida con la sociedad, la cultura y el oficio de escribir.


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