Portada: Carlos Mastronardi.
Este viernes, dentro de la sección No son todos los que están, presentamos la cuarta lista de cinco grandes poetas de Argentina cuya obra bien podría ser considerada como clásica o influyente en las generaciones actuales de poetas de su país. Pasen y lean. Estos son los que están esta semana, y los que no, ya llegarán.
***
ALBERTO GIRRI
Alberto Girri fue un poeta nacido en Buenos Aires en 1919. Su primer libro, Playa Sola, lo distingue entre la llamada generación del 40. Su estilo, único y personal, no encaja en ningún movimiento concreto. A partir de esta obra, Girri publicó unos treinta libros en los que paulatinamente se desembarazó de la lírica elegíaca y tradicionalista de aquella década. Su lenguaje se hizo ascético y extremadamente intelectual. Colaborador de la revista Sur y del diario La Nación, llevó una vida monacal, aunque obtuvo amplio reconocimiento en su país y en el exterior. Tradujo a autores británicos y norteamericanos como sir Thomas Stearns Eliot y Robert Frost, ampliando los gustos regionales de la época, que se centraban en la lírica francesa vanguardista. Es también autor del tango “Elegía”, con música de Osvaldo Manzi, y del libreto de la ópera Beatrix Cenci para el reconocido compositor Alberto Ginastera. Su poesía provocó admiración y rechazo. Se le llamó muchas veces “árido e incomprensible”. Murió en 1991.
El poema como idea de la poesía
Que la finalidad
sea provocar el sentimiento
de las palabras,
y alcanzar
el desafío de la expresión,
perseguir objetos
que se ajustan al sentimiento,
hundirse en objetos
hasta la emoción adecuada,
está probado,
y tanto, probado y probado,
como no lo está
el que en esos tránsitos
la tendencia madre sea
por dónde va la inspiración,
«si en frío o en caliente»,
y no lo está
que haya que seguir a Homero
entre las Musas, su rogar que lo asistan,
y a Platón
saludando hermosos versos
más en mediocres pero iluminados
que en sagaces y hábiles exclusivamente
al amparo de sus propias fuerzas,
y a Dante, el reclamar
la intervención de dioses
acaso sin creer en ellos:
O buono Apollo, all’ultimo lavoro
fammi del tuo valor…
Pero tampoco ninguna
terminante prueba hacia lo opuesto,
que el poema
se conduzca en la mente como un
experimento en una ciencia natural,
y que la aptitud
combinatoria de la mente sea
la solo inspiración reconocible.
*
Gato gris muerto
Brujos enseñaron que los gatos
pueden alojar almas humanas.
Figura empapada del asfalto o vuelto hacia las nubes,
eres el muerto más perfecto que yo he visto.
Pero cómo descubrir que la vigilia que te llega,
ya indiferente a cualquier invocación,
tu realidad verdadera de hijo del demonio,
de locatario esbelto de almas,
que estableció para tu antepasado africano
la voluntad miedosa de los clanes familiares
y confirmó la impar justicia de la magia.
Pronto vendrán hasta tu cuerpo abandonado
ladrones de velas,
y robarán las tibias, su recatada médula.
Porque es sabido que cuando tales huesos despierten
despertarán las almas en ellas internadas,
y en un pueblo lejano y caníbal,
hombres que trabajan y tienen amores,
instantáneamente se convierten en
estatuas.
Brujos enseñaron que los gatos
pueden alojar almas humanas,
y arañar, si quieren, el corazón del huésped.

Alberto Girri.
WILLY HARVEY
Willy Harvey fue un poeta nacido en Roldán en 1931, desde donde llegó con sus padres a Rosario, donde transcurrió su vida. Fue un autor maldito y de culto. Se le conocen tres libros (dos agotadísimos y uno inédito) y una novela inconclusa y extraviada. Willy, más que de Rosario, fue del centro rosarino y, sobre todo, del subsuelo rosarino. La obra hasta el presente del poeta Willy Harvey (1931-1982) consta de sus libros El riesgo de lo vivo (1976) e Imágenes de asedio (2011), más los 29 poemas inéditos o dispersos incorporados últimamente en la revista literaria Mirto en sus números 4 y 5, del año 2017. Fue conocido por su estilo contestatario y por su participación en la contracultura rosarina de los 70 y 80, publicando en revistas locales y formando parte de la escena literaria hasta su trágica muerte en 1982.
Alternativa
Quizá lo infinito
y la nada
se amaron
y fueron uno,
y lo uno fue sin tiempo,
y nacimos.
Ahora nos envanece
la representación del drama:
cuidamos los estilos,
sus anónimas vértebras,
sus menores cariátides;
inventamos un signo,
un paisaje de signos,
una metafísica en la sangre…
mientras un tacto en lo inconsciente
verifica y testimonia
el análisis, la objetivación del llanto,
ese lento tatuaje
que a través de nosotros
ha ido desterrando la ternura.
Qué oscura voluntad
nos lleva a recrear códices constantes,
geografías de humo y alfabetos de sueño?
Porque dioses o no,
aún en esta absurda mitología
de ansiedad y desamparo,
alentamos lo extraño.
Porque algo en nosotros salva
nuestro rasgo de siempre,
algo nos dice
que nada de eso importa,
ni símbolo, ni razón, ni memoria,
que tal vez no somos
o sólo somos
un universo,
una intuición,
un parpadeo.

Willy Harvey.
CARLOS MASTRONARDI
Carlos Mastronardi fue un poeta y ensayista nacido en Gualeguay, provincia de Entre Ríos, en 1901. Heredero del simbolismo tardío, expuso sus ideas sobre la poesía como ejercicio perfectible en su ensayo Valéry o la infinitud del método (con el que ganó el Primer Premio Municipal de Literatura en 1955). Además, fue perteneciente a la rama de los criollistas o nacionalistas, en donde se volcó al canto del paisaje y la tierra, con un lenguaje directo. En sus obras se encuentra un predominio de la imagen sensorial que imita la realidad natural. En su obra la metáfora no es audaz ni se basa en las asociaciones insólitas. Entre sus obras destacan libros como Tierra amanecida (1926), Tratado de la pena (1930) o Conocimiento de la noche (1937). Murió en Buenos Aires en 1976.
Entrada en el desierto
Dicen que en este lugar he vivido,
pero no reconozco ni personas ni casas,
que si alguna vez miré, se disiparon.
Paso junto a unas puertas y unos patios sin voces,
indescifrables, mudos,
como si los hubiesen dejado en un desierto.
Nada de lo que tuve me espera en este pueblo.
A quién preguntar por aquel árbol
y por aquel jilguero que cantaba
en la serena siesta, si no quedan recuerdos,
y las cosas existen y se afirman
en el pasado mutuo, cuando alguien las comparte
y no se derrumbaron con las almas.
Soy el desconocido, el forastero,
como siempre le ocurre a alguien que retorna
cuando ya se borró lo que fue suyo.
Sólo advierto – quimera y simulacro –
unas sombras ruidosas, unos rostros anónimos.
Quiero saber de aquella madreselva
que era agasajo y sueño de unas tapias
rojizas, vacilantes por el lado del río.
Nadie responde. Llegan los meses agradables
y es otra, sin embargo, esta delicia,
esta luz que en noviembre inspira al pájaro.
Regreso después de años, y me digo
que en los acuerdos íntimos se asienta
la realidad incógnita. No hay señales ni me ampara
esa querida gente que acaso huyó con ella.
Ya no queda ninguna,
ni siquiera enemigos para exaltar el ánimo.
No encuentro el sauce pródigo que me obsequiaba sombra,
ni esa piedra pulida por el tiempo,
ni aquel grillo selvático que esperé muchas tardes.
Yo estaba y era en ellos. Me ayudaron
a cavar el abismo del futuro.
En las cosas me apago,
ya que, agónica y siempre, la versátil sustancia
vacila entre su fin y su principio
en vaivén que consume nuestros días.
Todos han muerto. Espejo sin imagen,
enfrento una penumbra despoblada.
El pasado se adueña de la noche
y anda en el lastimado viento solo,
que al desvelar distancias
sufre un idioma de ladridos pobres.
No hay un alma. Lo extinto reaparece
cuando la vida calla, y se apacigua
para sentir más cerca los ausentes.
Busco una calle, piso unas baldosas,
donde mis lentos pasos no resuenan
y doy con unas casas ignoradas
sin poder recobrarme. Soy ahora el extraño
que ha perdido las huellas del tiempo aquí dejado.
Esperaba un jardín, y miro un páramo.
El mundo real se oculta. Aquí no hay nada.
***
RICARDO MOLINARI
Ricardo Eufemio Molinari fue un poeta argentino nacido el 23 de marzo de 1898 en el barrio de Villa Urquiza, quedando huérfano cuando tenía cinco años, viviendo después con su abuela, Bartola Delgado de Molinari. Abandonó sus estudios para convertirse en un precoz poeta. Su primera obra fue El Imaginero (1927). Contribuyó a la revista de vanguardia Martín Fierro, al igual que otros grandes escritores argentinos, como Jorge Luis Borges. En 1933 viajó a España, donde se reunió con los miembros de la Generación del 27. Después de casarse, trabajó en el Congreso de la Nación hasta su jubilación. Fue premiado en 1958 con el Premio Nacional de Poesía por su trabajo Unida noche y se convirtió en un miembro de la Academia Argentina de las Letras en 1968. En 1969 fue distinguido con el Gran Premio de Honor de la SADE. En 1984 la Fundación Konex le otorgó el Premio Konex de Platino en Letras. Murió en 1996.
Casida de la bailarina
A Federico García Lorca
1
Quiero acordarme de una ciudad deshecha
junto a sus dos ríos sedientos;
quiero acordarme de la muerte de los jardines, del
agua verde que beben las palomas,
ahora que tú bailas, y cantas con una voz áspera de
campamento;
quiero acordarme de la nieve que vuelve con la lluvia
para humedecer su boca de viento dormido, su luna
abierta entre la yedra.
Quiero acordarme de mis amigos, ay, de cómo
dormirá una mujer
que he querido.
Baila, aliento triste, alarido oscuro. Lleva tus pies
de acero sobre los alacranes
que tiemblan por las hojas de la madera,
golpeando sus tenazas de polvo
cerca de tu piel.
Baila, amanecida; empuja el aire con el calor del
cuello, con la serpiente que conduces rota
en la mano enamorada y dura.
Yo estoy pendiente de ti, ensombrecido: tu canto
me enfría la cara, me envenena el vello.
Qué haría para poder estar quieto,
abierto en tu garganta llena de barro,
hasta resbalarme por tu pecho, como una llama de rocío.
Baila sobre el desierto caliente,
Nilo de voz, delta de aire perecible.
2
Quisiera oír su voz que duerme inmensa con su narciso
de sangre en el cuello,
con su noche abandonada en la tierra.
Quisiera ver su cara caída, impaciente sobre el amanecer,
junto a su viola de luz insuperable, a su ángel tibio;
su labio con su muerte, con su flor deliciosa sumergida.
Así, ofrecido; luna de jardín, perfume de fuente,
de amor sin amor;
ah, su alto río encerrado, vagando por la aurora.
3
Rosa de cielo, de espacio melancólico;
Orfeo de aire, numeroso solo. Quien verá
su sombra cubriendo los árboles
o volviendo del agua, desnuda. Quién verá
la tarde que contuvo su cara de hombre muerto.
su soledad esparcida entre los ríos.
4
Baila, que él tiene el cuerpo cubierto de verguenza
y la lengua seca saliéndole por la boca dulce,
como una vena perdida.
Yo pienso en él, y ya no me duele el silencio,
porque nunca estará más cerca de la luz
que en su muerte. Su pobre muerte
encadenada.
¡Ya ve su sueño en el desierto!
Las altas tardes que van naciendo del mar, los pájaros
con los árboles de las colinas; las gentes aún pegadas
a las sombras,
a los ríos oscuros de la carne-
Su muerte, sí, su muerte, un poco de la nuestra;
de nuestra muerte sin premura. Ya estás ahí, solo
como alguno de nosotros en la vida.
Duerme, triste mío, perdido, que yo estoy oyendo
el canto del adufe que viene del desierto.
***
HUGO PADELETTI
Hugo Padeletti fue un poeta y artista plástico nacido en Alcorta, Santa Fe, en 1928. Publicó libros como Poemas (1959), Poemas 1960-1980 (1989), Parlamentos del viento (1990), Apuntamientos en el Ashram (1991), Textos ocasionales (1994), La atención (1999), Canción de viejo (2003), Dibujos y poemas 1950-1965 (2004), Antología poética (1944-1980) (2006), Osaturas (2014) y Guirnalda para un luto (2015). Su obra forma parte de numerosas antologías y ha sido traducida al inglés y al portugués. Ha recibido el Premio Boris Vian (1989), el Premio de Poesía del Fondo Nacional de las Artes en 2003, el Premio Konex de Platino en 2004 y la Beca Guggenheim en 2005. Murió en Buenos Aires en 2018.
Me he sentado a la puerta y he mirado pasar
los años como ramas hacia el humo.
Los pesados membrillos fueron humo
también. Y las granadas,
alveolada codicia de incendiados
veranos,
se abrieron sin salvarse:
amarilla, astringente, con amargo
sabor medicinal,
la cáscara en el clavo.
*
Pocas cosas
y sentido común
y la jarra de loza, grácil,
con el ramo
resplandeciente.
La difícil extracción del sentido
es simple:
el acto claro
en el momento claro
y pocas cosas –
verde
sobre blanco.


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