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5 poemas de El gran amor, de Andrés García Cerdán

5 poemas de El gran amor, de Andrés García Cerdán

Se ha dicho de Andrés García Cerdán (Fuenteálamo, Albacete, 1972) que su poesía puede aportar todo al mundo. Poeta y crítico literario, sus últimos libros son los poemarios Defensa de las excepciones (Visor, 2018), Grunge 1997-2022 (Reino de Cordelia, 2022), Químicamente puro (Pre-Textos, 2022), El gran amor (Visor, 2025) y el ensayo La mirada salvaje. Poética del espejo y el espejismo (Pre-Textos, 2023). Su obra ha sido reconocida con premios internacionales como Generación del 27, San Juan de la Cruz, Francisco Brines o Kutxa. Ha sido ganador del Premio Amado Alonso 2022 de Crítica Literaria. Dirige Oh Poetry! Fest Albacete.

A continuación, publicamos cinco poemas de El gran amor, de Andrés García Cerdán (Visor).

***

METEORITO

Desde el principio
lo supimos.
Desde el principio, sin saber
aún
de dónde eras
ni desde cuándo,
tampoco cómo había sido tu nacimiento
ni a quién habría que agradecerle aquel amor
tan grande,
tan absolutamente inesperado.
Venías del final de las galaxias,
esto es,
de muy cerca, en realidad.
Venías del final de todo el tiempo,
es decir,
de apenas un instante antes.
Venías de la última floración de las almas,
es decir,
de la misma nobleza de tu madre.
De más allá de todo
y de más dentro
que ninguna otra cosa, mucho más.

***

AGUJEROS

Encuentro en el armario
un jersey que llevé de adolescente.
Está arrugado,

deshecho.
Tiene agujeros de distintas formas.
La lana que eligió mi madre
—antes rojo burdeos—
se desvanece en la erosión.
La vainica es un libro
que se ha descuadernado,
un ovillo de signos
dados de sí.
¿Al otro lado de esos agujeros
hay alguien?
¿Quién nos escucha en su indolencia?
El descosido, la rotura,
las hebras sueltas:
semántica
de un texto lleno de agujeros,
unas pocas palabras destrenzadas
en las que algo
se está perdiendo siempre,
en las que siempre hay algo más.

***

SURFING LA MANGA

me hablas del dolor tu cabello es rubio
a qué dolor te refieres

J. F. Kosta

Entre las ramas de los ficus
y una señal de tráfico,
entre un anuncio de telefonía
y algunos edificios
en construcción, se alcanza a ver
allá a lo lejos
una franja de mar.

Me hablas de la sed,
de lo que amas.
Para llegar al agua,
has de cruzar isletas de cemento,
líneas amarillas
y algunos callejones
donde hacen hilera los cubos de basura,
los cactus desahuciados
y algunas tiendas de comida rápida.
Por la Gran Vía de La Manga, nadie.
Solo el silencio
dinamitado
por las motos de los repartidores.
En el vacío se equilibran
los hoteles desiertos,
apenas una luz
en un bloque de veinte alturas.
Un cartel nos invita a clases de alemán:
Die Zukunft ist da!
Los periódicos dicen que a la playa
llegan miles de peces a morir
heridos de fosfatos.
Me hablas de Anne Sexton,
de su locura deliciosa.
De fondo, un rumor.
El cartel de Surfing La Manga
se resiste a ceder la luz
que le queda del último verano.
Se alquilan motos de agua,
tablas de surf, tumbonas,
pero no todavía:
ahora todo está cerrado.
Al fin el mar,
tras la alambrada de un desguace,
como un animal gris
que se abraza a su presa justo antes de engullirla.

***

MIRA, TEO

Mira, Teo. Aún hay gorriones.
Es septiembre y se mueven
a tu lado. Los últimos
gorriones.
Se hacen
con un trozo de pan y vuelan cerca,
un poco, apenas unos metros,
y desde ahí te observan: te conocen.
Aunque tú no lo sepas,
su estirpe es el temblor,
el verde de los campos.
Desde antes están aquí.
Ahora bailan
en los semáforos, en la fachada
de Hacienda,
entre los coches,
o sin decir nada se van.
No hay sitio
para ellos en el ruido.
Si aparecen, si vienen hasta ti,
es porque saben
que tú eres su hermano. Míralos:
su eternidad,
su asombro,

su alegría.
En cada salto, el gran amor
del mundo,
una celebración del equilibrio.
Han venido a cantar contigo. Canta
con ellos. Dales pan, dales un nombre.

***

LIBÉLULA

La errática canción de la libélula
traza en el aire de la tarde
un mapa.
Sobre el agua en remanso de un regato
que nace en la piscina,
entre el polvo y la hierba,
el insecto dibuja un laberinto
de vuelo.
A veces se detiene sobre una rama seca
o inquiere las orillas desbordadas
de un charco.
Se levanta a los aires
y vuelve
a explorar esa inmensidad
cuyo fondo es un cielo azul, envenenado de verano.
Destila orgullo y elocuencia,
fragilidad.
Suspendida en la nada,
en vuelos que van y vienen
sin saber muy bien desde cuándo
ni adónde
ni hacia quién,
va dejando su hilo de oro apresurado,
un polen transparente
que lo recoge todo
y que todo lo purifica.
He ido uniendo en mi cabeza

esta deriva suya,
su no estarse quieta nunca.
Lo que he encontrado al fin,
como imagen completa de este día de julio,
son los ojos sin dueño de mi madre.
Mentiras, mentiras

Íbamos por las calles
intentando escucharnos en mitad del escándalo,
pero no escuchábamos nada.
No había nada
que oír.
Palabras y palabras a nuestro alrededor,
un ruido atroz, como de cosas
rotas, que crujen
y se desgajan
y se hacen
añicos.
Paradójicamente, aquello era el silencio,
el silencio absoluto.
Lo real se colaba por el ruido
como se cuela el agua sucia
por el sumidero de las pilas de fregar.
Hablaba todo el mundo
de todo,
pero todo era silencio en todo.
Tanto bullicio para qué.
Ahorcada en los semáforos
moría la verdad,
esto es, todo lo que
tiene que ver con la belleza.
Ya no olían a nada los limones:
dónde su cristal amarillo,
el jugo de su hermoso ácido.

—————————————

Autor: Andrés García Cerdán. TítuloEl gran amorEditorial: Visor. VentaTodos tus libros.

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