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5 poemas de Equívocos Árboles Caligrafías Personas, de David Delfín

5 poemas de Equívocos Árboles Caligrafías Personas, de David Delfín

David Delfín es un poeta y ensayista nacido en Málaga en 1968, autor de los libros de poesía Nombrar el silencio (1994), La ruptura renacentista (1994), Arqueología disponible (1998), Alrededor (1999), El orden razonable (V Premio Impresor José Andrade, Ateneo y Universidad de Málaga 1999), Triduo (2000), Principia (2004), Los matemáticos no saben pilotar aviones (2014), La fábrica de anticuerpos si no amanece (2016), y Equívocos Árboles Caligrafías Personas (Maclein y Parker, 2022). Autor también de varios ensayos, siendo el más reciente La voz alzada (EDA Libros, 2021).

Habitar en las palabras de David Delfín es explorar espacios y territorios inesperados. A partir de la contemplación de la realidad exterior, el autor nos descubre un universo donde la imaginación es el asidero que nos conecta con el mundo. En Equívocos Árboles Caligrafías Personas no existen las certezas, tan solo el deseo de agarrarse a lo vivo, de existir de un modo más intenso. Su escritura, como afirma Jesús Aguado en el prólogo que abre el poemario, «no produce enunciados ni mensajes, sino energías, atmósferas, anfractuosidades, indeterminaciones, sesgos, roturas». El lector, caminando a tientas, logrará traspasar sus propios límites para encontrar un refugio, un lugar más soportable.

Zenda adelanta cinco poemas del libro.

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Equívocos

Inútilmente esta crónica

como un fósil reside en lo desvinculado. De las veces que logran ser más nuestras, la amplitud pulmonar que nadie pensaría, que nadie, salvo Lewis Carroll, incomprensible. La arquitectura salir de casa y conducir por una calle que no es sino la fotografía de la portada Abbey Road, giros que inventan los cruces que no están en las canciones. Paul McCartney. El movimiento que necesitas está sobre tus hombros. Toma una canción triste y mejórala. 1968. No olvides dejarla debajo de tu piel. La arquitectura como rito inyectado y sin orden. Aquí, en esta casa grande, nací yo, Platero, desde el mirador se ve el mar, Estocolmo, 10 de diciembre, telegrama, 1956. Ilegibles de la simultaneidad que hacen de Lennon y Juan Ramón una pausa entre mis segundos, como si la televisión que nos mira hubiera sido inventada por su propio yo soy él y tú eres él y tú eres yo y todos somos a la vez. I Am the Walrus. Lennon junto a Forrest Gump en un viejo talk show: 1971 sentado en un jardín inglés esperando el sol. Morsa el cigarrillo y la bocanada morsa, el humo y esa inmortalidad tan reconocible en los fumadores desalojados. Obsérvese ahora, entre líneas, el gesto de Dick, el periodista, un setiembre 11 en el estudio neoyorquino de la NBC a punto de entrevistarme. Una insensatez que nadie pensaría, que nadie, salvo yo. Cámara 1. Señor Cavett, pregúnteme por el hombre invisible de Neruda, la vida caja llena de cantos, la vida río que avanza. Pregúnteme por Berlín, Rostropóvich, noviembre 89; por aquellos ángeles a la par de un trovador andaluz abril para vivir, mayo del 95. Y pregúnteme por Nueva York, setiembre 11, y todos los 11 de setiembre, por Víctor Jara; por Neruda, el navegante de Isla Negra. Estadio y catedral metropolitana de Santiago, piso 34 de la Torre Telefónica y mirador de las cuatro campanas hacia el Pacífico, el mar hecho pared en cientos de caracoles y estatuas de proa, de mariposas y botellas disecadas, de caretas y peces que sonríen; navegación entre resúmenes, musculatura, lo rescatado contra los aviones y la garra de lo incierto.

Hay odas que resisten para siempre a la desposesión del ayer, me dijo Neruda.

Anochecía

y aquel océano abandonaba sobre las rocas de Isla Negra a poetas narradores y a narradores poetas. Inútilmente el tiempo, su asistente advirtiéndome del temor no imaginario, no imposible. Empire State, Miss Liberty, bailarinas de Navidad en el 1260 de la Sexta, Radio City Music Hall. La espesura que nadie cruzaría, que nadie, salvo yo; Central Park en mis últimos cien dólares, mis últimas cervezas, en mi retorno pausado a la franja horaria que no se rinde. Abril para soñar. Inútilmente esta crónica de mínimos y cornisas, de donde partir en cada aliento hacia la gesta del aire, amor, sin nada más que.

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(Biosfera)

Celebran soledades los cosmonautas.

El nuestro sonríe; y porque está asomado, avanza en dirección consciente a ocupar el uniforme caído desde otra altura. Recoge sin peso alguno la maestría descalza de las hogueras: arder sobras y exteriores antes que modos de permanecer suspendido porque sí. No tiene plan de fuga, mas el collage de los estados de permanencia con los inframundos visibles deslía la sobreocupación de la línea del tendedero.

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(Ecosistema)

¿Logra ser

quien no quiere despertarse del todo y para siempre? ¿Consigue alguna vez residir en la escucha evasiva de los más ancianos? Como los caminos que no admiten más huellas, esta afección ensayada del vértigo: corregirte con el marketing de la serenidad pública,

bronceado

el aire. Consultorio de salud. Máquina de sillas y demoras.

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(Comunidad)

Hubo un tiempo de impresores,

de vencidos que nunca se retiraban aunque fuera el desalojo con su grosor quien empujase. Acaso el mal de los postres, jugando a ser turista o vagabundo, formase la cola de los besos al ilusionismo de frambuesas, «una acumulación en lo emocional» ―repetían algunos sabios― para combatir «quién–sabe–qué». Hubo un tiempo de impresores y manteles sobre los surcos antiguos de las casas. Después, este síndrome soviético de los paseos y de hacer como que se hace y se conoce el gen de todas las mirillas. Bajo la capucha del anorak llevas la mente y, sin poner el verbo tierra firme muy cerca de cualquier mundo, dices abandono igual que una habitación iluminada se sitúa por encima de la noche sin desalojar borrados anteriores.

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(Población)

Mientras usas los cincuenta y sus compatibles para ir sobre tus propias Nike. Mientras te bañas con el Nessun dorma como si se tratase de un champú geográfico, en sustitución de la obediencia que te desoye mal pensar bajo el agua. Mientras te tiñes con musgo de roble. Mientras crees estar bajo un majestuoso lapsus y nadie doblega el deseo. Mientras resistes en huelga sin decirlo y te subes a una burbuja de ilusiones ópticas; el cristal iluminado del móvil, los semáforos sin atender. Mientras la persecución, el cerco, el devenir te rige con su vigencia de especie acabada, tampoco destruida.

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Autor: David Delfín. Título: Equívocos Árboles Caligrafías Personas. Editorial: Maclein y Parker. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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