Este poemario germina sobre aquella idea de Francis Ponge, según la cual un poeta es un relojero que tiene que reparar ese mundo que llega a su taller despedazado. Siguiendo esta premisa, Céspedes levanta un libro en el que cada poema está llamado a explorar las fracturas del espíritu.
En Zenda reproducimos cinco poemas de Taller de relojería (Averso), de Alejandro Céspedes.
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FRAGMENTO 12
A nacer lo llamamos «dar a luz», pero muy pronto
la magia se convierte en excremento
y empezamos a ser solo las sombras
de las agujas de un reloj que atrasa.
Llegar a cierta edad marca el momento
de recoger los frutos de las pérdidas,
recolectar cadáveres a diario,
devolver a la tierra las lombrices
que vivieron ocultas en todo lo que amamos.
Lo perdido se muestra ante nosotros
cada día, cada noche se agarra a nuestro sueño,
resiste en los lugares enigmáticos ocultos a los ojos
igual que una amenaza que no se ha presentido.
Los hongos y bacterias cobran vida
sobre la carne muerta.
Lo que cultivo ahora con esmero
es un jardín sembrado de osamentas
y lo podan las cuchillas
que giran marcando el tiempo.
Sin embargo, abrimos nuestro circo cada día.
Nos pintamos la cara de payaso,
reímos con la parte convexa de la máscara.
Por fuera el espectáculo es brillante, pero dentro
todos los magos tienen la chistera
cagada por conejos y palomas.
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FRAGMENTO 15
ALICIA ANTE EL ESPEJO
Hace nido en el espejo
todo aquello que perdimos.
Mirarlo es ponerse a hurgar
en un almacén de ojos,
es… como guardar lo que amamos
en un arsenal de huecos.
Hay seres que se rinden al reflejo
como fugaz refugio en la desdicha.
Pero cuando se miran al espejo
solo ven el desguace de un artilugio roto
con trozos esparcidos por el suelo.
Luego, qué difícil es volver a encajar las piezas
de ese absurdo mecanismo.
No hay relojero que valga.
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FRAGMENTO 19
EL OJO INCALCULABLE (II)
Es hora de desmontar la tramoya de los sueños.
Meterla en una bolsa de pan Bimbo,
cerrarla con un nudo en el pescuezo
—igual que con los restos de pescado—
para que no desprenda su olor indeseable
cuando se tardan días en tirar la basura.
Ha llegado la hora de salir a la calle
y sumarse al siniestro desfile de los zombis,
al caminar estéril de millones de seres replicantes
donde, otro día más,
seguiremos pasando inadvertidos.
Todos somos dibujos bajo un papel de calco,
los hijos de un facsímil,
nietos de la matriz de un aguafuerte.
El ojo incalculable nos vigila.
Anuncios luminosos inundan las ciudades
donde deambulamos
y en todos aparece el mismo eslogan:
Lo que esperasteis hoy vendrá mañana.
La casa del dolor abre sus puertas.
El ojo incalculable cierra el párpado.
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FRAGMENTO 20
EL OJO INCALCULABLE (III)
VI EL FINAL DE LA PELÍCULA
«Un hombre entregaría naciones enteras por borrar el sufrimiento de su corazón y, sin
embargo, nadie puede comprar nada con el dolor, porque el dolor no vale nada».RIDLEY SCOTT. El consejero (2013)
Ahora somos expertos
en la premonición de nuestros cataclismos,
tañemos las campanas que anuncia el desastre
y la extinción de toda realidad, sin embargo,
dejamos que en la tierra el tiempo fluya
ajeno a la estruendosa miseria que instauramos.
Cada acto genera un nuevo mundo.
Cuando un cuerpo se entierra en el desierto
crea un mundo, pero cuando ese cuerpo
se abandona, insepulto, para que sea encontrado
creamos otro mundo.
Dos mundos y un mensaje diferente.
Cualquiera de los dos puede existir.
«El jefe» nos lo recuerda:
ese mundo en el que pretendemos
enmendar nuestros errores,
hoy es distinto del mundo
donde se han cometido esos errores.
Quisiéramos escoger, ensayar otras opciones,
pero ya no es posible repararlo.
Esa elección ha sido realizada
en aquel otro mundo ya pasado.
En cualquier caso, todos deberíamos
prepararnos un rincón donde poder dar cobijo
a esas tragedias que antes o después
llegarán a nuestra vida.
Pero esa es una inversión
que muy pocos van a hacer.
Todos somos el mundo que nos hemos creado,
y cuando dejemos de existir
también lo hará ese mundo que creamos.
¿A qué estaríamos dispuestos
para evitar el dolor que nos aguarda?
El ojo incalculable nos responde:
«Un hombre entregaría naciones enteras
por borrar el sufrimiento de su corazón»,
pero con nada puede intercambiarse
porque nada se puede comprar con el dolor.
«El dolor no vale nada».
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LAS FORMAS INEXACTAS
Nunca conoció más que los proyectos parciales, los trozos y los grados, y la impresión de lo que hizo es muy diferente a la de una cosa entera y acabada, y solo conoce de su perfección los planteamientos, […] se convertía […] en un animal indeciso, un ser que no se puede definir por las circunstancias mismas.
PAUL VALÉRY
El álgebra del sueño y la aritmética
que inyecta su veneno en la memoria.
La existencia en la silla de ruedas del lenguaje.
El álgido misterio que habita en su grafía,
su abstracta condición de irreversible.
Esta vida ontológicamente despreciable.
El gesto pertinente
para el advenimiento del desastre.
Las fábricas de cosas imposibles,
los vertederos de formas inexactas,
un manantial de nombres inconcretos,
el nudo que reúne las vidas malgastadas.
Las lágrimas que viajan en los coches usados.
El choque que produce el abordaje
de una vida hacia otra, el horizonte
en el que ambas son aún la misma cosa.
La geometría de una mirada obscena,
la lágrima perfecta, el ojo cónico.
El dolor que se oculta detrás de una apariencia.
Los cuerpos que limitan al norte con su espíritu
y al sur con unas sombras
que pronuncian su nombre.
El amor que limita con su propio reflejo
al este y al oeste
de un corazón volcado en un desierto.
Los proyectos parciales de unas cosas
que nunca están enteras ni acabadas.
Todo lo que no puede definirse
por sus propias circunstancias.
Esos pluscuamperfectos animales
indecisos, parciales, expulsados
del álgebra del sueño y su aritmética.
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Autor: Alejandro Céspedes. Título: Taller de relojería. Editorial: Averso. Venta: Todos tus libros.


Lo veo muy denso y oscuro. Es como una negación de la vida hecho relato. No es que estén mal sino que dejan una sensación aspera y deprimente para quien los lee. Es mi humilde opinión.
Buen poemario…magistrales, centrados en su óptica. Nos visionan esa álgebra de las cosas cotidianas con el tiempo incomensurable.