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5 poemas de Josep Carner

5 poemas de Josep Carner

Fue uno de los precursores del simbolismo en nuestro país. Sus ideas políticas provocaron su exilio a México y Bélgica. A continuación reproduzco 5 poemas de Josep Carner.

Desde lejos

Quién ver pudiera, cuando el estío acaba,
el camino -la sierpe tan blanca y sonriente-
y, junto a confiada cala,
pámpanos muertos bajo un pino vivo.

Quién ver pudiera el baile en la era
y una sierra morada allá a lo lejos;
con pimiento silvestre tropezarme,
o, por el pedregal, con el romero.

Más vale que dedique mis cuidados
a estos abedules y mortecinas nieblas.
En mis caminos de otro tiempo hallarse puede
a un ángel triste con torcida espada.

Traducción de José Corredor-Matheos

Muerte de la ardilla

Caía la tarde, ya más dorada que azul.
En el horcajo de un espino, por el sendero
que conduce al pinar, una ardilla
se acurrucaba en forma de espiral,
la cola cargada a la espalda;
su cabeza se amodorraba; toda ella pena,
su pata meneaba una ramilla.

Con sólo una triste mecha de pelo,
bruna la piel, surcada, deseaba morir;
nada ve ya, empañado queda
el verde camino de hojas donde triscó;
en su postrer, desfallecido instinto, siente
cerrarse el estío, detenerse la vida,
el miedo que huye para nunca más volver.

Por la hierba me fui de puntillas.
Rondaban las abejas los brezos.
Hacia la ciudad surcada por golondrinas,
un sauco estaba todo lleno de tordos.
Y yo, mortal, emponzoñado mi ocio,
en mi sombra, a mi lado, vi cómo
me vencía el grave pensamiento.

Traducción de José Batlló

Salmo de la cautividad

Cada mirada nuestra está empañada;
cada palabra, esclava.
Nuestras vidas abate cada día
quien, por odio a la paz, nos unce al yugo.

¡Oh Dios, que con castigos nos adviertes.
Que el son de nuestro llanto dulce te suene.
Tus siervos aman estas piedras suyas,
se compadecen de su triste polvo.

Da a nuestros días savia de esperanza;
cruel es todo poder si tu mirada huye;
que te obedezca siempre quien a ti se confía:
destruido será quien se creía a salvo de tu enojo.

Tú, que aventajando en piedad a los jueces,
salvas con la mirada al condenado,
levanta los despojos de lo que un día fuimos,
danos alguna prenda de tu benignidad.

Dura el tiempo de prueba una jornada;
tu castigo, una noche.
Nunca será perpetuamente removida
la tierra que has creado.

Que se oiga nuestra voz, que hoy nos ahoga,
en cántico inmortal.
Salva, bajo columnas renacientes,
nuestro solar paterno.

Que el oro de tu asoleo
consuele los barrancos y corone la cima
cuando tu aliento nos retires
y en tierra nos conviertas de la que un día vinimos.

Traducción de José Corredor-Matheos

Juego de tennis

Por la hierba del prado caminabas,
y volaba tu brazo adolescente;
y por la red de la raqueta alzada
se filtraba la luz del sol poniente.

La paz dominical, desanimada,
tu rostro angelical y aquel veloz
y serio juego todo lo embrujaban.
Te veía, borrosa, hija de un párroco

reformado. Cogías rosas cerca
del convento; los cuentos, te gustaban,
la cal de las paredes y los niños.

Yo, oficial en Singapur, volvía.
Alto, ruborizado, saludaba…
Pasaban olorosos carros de heno.

Traducción de José Corredor-Matheos

A la hora del crepúsculo

Es tarde, no me tientan los caminos.
Y en el jardín cerrado, yo os sabía,
caídos, pisoteados en la niebla,
¡oh flores, hojas, días!
Mis pasos se vuelven furtivos
como un indeciso extraño.
Suspiran espectros de dalias
en medio de sombras llorando.
Flota lejos un son de campanas
que une los vivos a cadáveres.
Se esparce la noche invencible,
mar de islas que son soledades.
Y me llaman la luz en la mesa
y algún pensamiento que vuela,
la vieja silla malparada
y una hoja de papel descontenta.

Versión de José Agustín Goytisolo