Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Viernes, 6 de marzo de 1936: Cuatro comunistas en el cementerio Père Lachaise
Pues aquí estamos, ¡quien lo hubiera dicho, compañeros! —exclamó Santiago Carrillo.
Desde lo alto del cementerio, volvieron la cabeza. Se veía a lo lejos la silueta de Notre-Dame y, por supuesto, la Torre Eiffel. Impactaba el número de panteones y mausoleos. A cada paso había que cuidar de no pisar una leyenda: Balzac, Musset, Rossini, Apollinaire, Delacroix, La Fontaine, Oscar Wilde… Todos, con flores sobre las lápidas.
Al mediodía, la gente paseaba entre las cruces. Carrillo se entretuvo ojeando epitafios y se rezagó del grupo al que Trifón Medrano ya guiaba hasta el monumento junto al muro de los Federados, allí donde las tropas de Versalles fusilaron a los héroes de la Comuna. Una placa decía: Paris sous la Commune (1870). Marins, infanterie de Marine du 74 régiment de ligne; les derniers fédérés fusillés dans le Père Lachaise le 27 mai. Todavía se veían agujeros de las balas de los fusilamientos.
—De veinte mil ejecutados, fueron los últimos. Y los federados se defendieron barrio por barrio.
—Sí, pero estaban mal organizados —dijo Santiago Carrillo.
Parecía una frase profética, y alzó por un momento la mirada al cielo. La luminosidad de París era misteriosa. El castizo Solana («A uno le gusta más el Manzanares…»), la describió como una luz gris azulada, neutra, de patio de cristal esmerilado, donde los colores resaltan más que con luz cruda. Una luz matizada y como de acuario, submarina, que parecía encerrada en un fanal, anotó, y protegida del incendio salvaje del sol que mata los colores. Por algo los franceses pintaban paisajes impresionistas. Pero casi nadie había logrado plasmar esa luz de los días grises, cuando el cielo parecía de mármol sucio y en pleno día había que encender la luz eléctrica.
A Carrillo, que le tenía antipatía a París, la falta de luminosidad le resultaba cargante y se preguntó qué sensación tendría cuando llegase a Moscú. No podía evitar cierta inquietud por el trabajo que tenían por delante. Pero, por supuesto, la alegría del viaje no se la quitaba nadie.
—Aunque no haya mucho tiempo, y aunque nos disguste a todos esta ciudad tan burguesa —dijo Medrano—, hay que ir por lo menos a los barrios donde resistieron los hombres de la Comuna, Belleville y Ménilmontant, y a donde estuvo la Bastilla, ¿no os parece?
—¿Es que la Bastilla ya no existe? —preguntó Santiago Carrillo.
Y sus compañeros se rieron de su ignorancia.


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