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7 poemas de Carlos Bueno Vera

Carlos Bueno Vera es un poeta nacido en Madrid, en 1984. Ha publicado Lo lavado y lo barrido (Premio Nacional Félix Grande, 2013), Panorama (Ártese quien pueda, 2015), Materiales para un derribo (La uÑa Rota, 2018), que está compuesto por tres libros: En ruta subterráneo-transparente / Catabática / Dípticos; y Las indagaciones (La uÑa Rota, 2020), del cual presentamos una selección de textos.

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Ella decía negro como quien dice hueco o profundidad y yo dije: No, negro no es eso. Y ella dijo: No, negro puede que no sea eso exactamente, pero diré negro. Yo dije, entonces: Negro. Estábamos de acuerdo, nos abrazamos.

Un pájaro blanco dice negro y se vuelve negro. Un pájaro negro dice blanco y sigue siendo negro.

Ninguno de los dos se sorprende ante estos acon­tecimientos.

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Dijiste: Todo esto es como aquella lamentable histo­ria sobre la verdad.

Qué historia.

En realidad, es una especie de poema infantil, algo que se cuenta para asustar a los niños, para que se rían después, para que jueguen. Va así (con voz cantarina):

Un anciano entrega unas monedas al guardián del puente y lo deja pasar.

Una mujer entrega unas monedas al guardián del puente y la deja pasar.

Un hombre entrega unas monedas al guardián del puente y lo deja pasar.

Una niña entrega unas monedas al guardián del puente y la deja pasar.

Un león entrega unas monedas al guardián del puente y pasa, pasa.

Un oso entrega unas monedas al guardián del puente y pasa, pasa.

Y lo que es peor, y lo que es mucho peor:

un cuervo entrega una moneda al guardián del puente y pasa, pasa,

siempre que quiere, siempre, siempre que quiere.

Luego añadiste: Por eso me dedico desde hace años a la abogacía. Represento y defiendo a todos esos guar­dianes de puentes.

Pero desprecias tu trabajo.

Eso es cierto. Pero el guardián del puente tampoco es lo que parece: también él desprecia su trabajo, con­cluyes.

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¿Qué nombre hay para decir aquello que está entre el fuego y la nieve?, dijo ella una mañana en un país extranjero. Repitió aquella pregunta por la tarde, en medio de la plaza, en un grito de espanto: ¿Qué nom­bre hay para decir aquello que está entre el fuego y la nieve? No hay nombre para lo que no existe, dije yo, intentando calmarla. A continuación, preguntó: ¿Y cómo podemos llegar a pensar cosas imposibles? Sus ojos eran de esquiveza y su voz se quebraba en chilli­dos que percutían mis tímpanos.

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1. El fantasma pasea por el castillo, solitario en extremo, y no llega a pensar, no llega a decir, no llega ni siquiera a pasear, porque no llega a ser, pero si pudiera pensar y pasear, y si pudiera llegar a la ventana que da al jardín del castillo, entonces conseguiría decir: Estoy dejando de ser un fantasma.

2. El fantasma, solitario en extremo, que tanto se esfuerza por ser, es únicamente de puro deseo –deseo es lo poco que alberga o posee en su ser–. Quisiera poder sujetar un lápiz y dibujar aunque sabe que sólo podría salir un garabato, un bosquejo. Pero eso le bas­taría y eso le satisfaría por completo. El fantasma sólo querría poder llegar a decir la palabra que sabe que es: deseo. Y, ante la tristeza de su existencia, le gustaría lle­gar a no ser y desaparecer. Así, el esfuerzo que hace por ser es el esfuerzo que hace por no ser: por eso siempre será un fantasma. A menos de que alguien lo ayude.

3. El fantasma, solitario en extremo, tiene un sueño cada cien años. Ese sueño está compuesto de la unión de todos los pedazos de los sueños que ha intentado tener durante esos cien años. El fantasma presiente que, tras cada sueño, surge otro fantasma en algún lado, lejos de allí: sabe que cualquier sueño deja un resto que está entre el ser y el no ser.

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En un momento determinado, ocurre una transfor­mación y toda mirada al otro es desde la memoria.

La explicación de esa mirada es, especialmente, para la memoria, para los recuerdos compartidos entre tú y yo.

Por eso, lo mejor de la nevada que cayó anoche sobre la casa, iluminada por farolas en la calle, es poder contártela, alargando la descripción como si uno qui­siera que cayeran de nuevo lentamente los copos de nieve; por eso, lo mejor del paseo, es ver el cansan­cio rosado en tus mejillas y el calor que emana de tus manos y cuello bajo el abrigo; por eso, mi deseo se muestra mejor si te digo que te deseo, acompasando las palabras con mis manos, mis ojos y mi sonrisa, y que el conjunto se convierta en un templo de senci­llez; por eso, la existencia nunca dejó de ser para uno en lo momentáneo sobre el otro, con vértigo y miedo de que, un día, decidas marcharte para siempre, sin apenas decir palabra y con un gesto duro en el rostro.

***

Todo libro tiene sus propias leyes secretas que lo rigen y que podemos descifrar porque están escritas en una lengua que reconocemos y entendemos por formar parte de la comunidad a la que se adscribe: la de los papeles atados en un fajo. La innumerable cantidad de leyes secretas de esa comunidad funda el carácter de lo literario.

Son sus estudiosos los que priman algunas leyes sobre otras, como monjes que se deciden por copiar algunos códices en detrimento de otros, sin que haya otra razón que su preferencia por los primeros.

Luego, muchos escritores mediocres se acercarán a esos estudiosos para escribir las obras que engrosa­rán con sus libros la verdad de las leyes secretas de los libros preferidos por estos hombres de toga y hábito y, así, dar la razón a los estudiosos que se decidieron por esos libros.

De este modo, se decide que las leyes no sean secre­tas sino oficiales; de este modo, se destruye el libro como objeto mágico y místico. El libro ya no tiembla en las manos del lector, sino que se reafirma con cada frase y ahonda su pertenencia al club de los libros con cada oración, párrafo y capítulo.

Consecuentemente, la mayor parte de libros ya no tienen leyes propias y secretas, sino que siguen las reglas que cualquier escolar puede reconocer.

***

Hablaste de la nobleza de las culebras y de que, si por ti fuera, vivirías en el bosque para siempre, a partir de aquella noche.

Soñé también que, de tu boca redonda, dibujando aros en el aire, tras los besos, sólo salía una palabra: No.

Luego escribías en un trozo de papel-memoria: El No que digo no se instala en lo perpetuo, aunque está lanzado a mantenerse en el aire por un tiempo inde­finido.

Entonces, las hermosas culebras, plateadas y verdo­sas, que habías convocado antes con tu canto, se des­lizaron sobre tu cuerpo; lo cubrieron con delicadeza. A pesar de quedar enterrada, no dejó de oírse tu voz toda la noche.

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