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7 poemas de Roger Wolfe

Foto: Jerónimo Álvarez.

Roger Wolfe es un poeta, narrador y ensayista nacido en Westerham, Inglaterra, en 1962. Considerado como uno de los principales representantes del realismo sucio en nuestro idioma, vive en España desde la infancia. Entre los libros de poesía que ha publicado destacan Días perdidos en los transportes públicos (Anthropos, 1992), Arde Babilonia (Visor, 1994), Mensajes en botellas rotas (Renacimiento, 1996) o Gran esperanza un tiempo (Renacimiento, 2013). Su obra poética ha sido reunida en antologías como Días sin pan (Renacimiento, 2007), Noches de blanco papel. Poesía reunida (1986-2001) (Huacanamo, 2008), Algo más épico sin duda (Renacimiento, 2017) y La poesía es un revólver apuntando al corazón (Colección verso & cuento, Aguilar, Penguin Random House, 2019. En narrativa ha publicado obras como El índice de Dios (Espasa Calpe, 1993), Mi corazón es una casa helada en el fondo del infierno (Aguaclara, 1996), ¡Que te follen, Nostradamus! (DVD, 2001) o Tiempos muertos (Huacanamo, 2009) y en ensayo Hay una guerra (Huerga y Fierro Editores, 1997), Oigo girar los motores de la muerte (DVD, 2002) y Siéntate y escribe (Huacanamo, 2011) entre otros. Se ha dedicado también al trabajo periodístico y a la música, y ha desarrollado una significativa labor como traductor literario. Presentamos una selección de tres poemas de su obra publicada y cuatro inéditos.

***

NOCHES DE BLANCO PAPEL

Tú contra el mundo
y el mundo contra ti.
Y en esta guerra sólo hay una
cosa que es segura:
aquí va a haber
un muerto

***

HORAS EXTRAORDINARIAS

Veo hombres
parados en cabinas teléfonicas
susurrando nerviosos requiebros
en medio de la noche.

Es extraño
cómo hasta el adulterio
se convierte en un trabajo
de jornada completa.

***

DEMOCRACIA

Otra maldita tarde
de domingo, una de esas
tardes que algún día escogeré
para colgarme
del último clavo ardiendo
de mi angustia.
En la calle
familias con niños,
padres y madres
sonrosadamente satisfechos
de su recién cumplido
deber electoral;
gente encorvada sobre radios
que escupen datos, porcentajes
en los bancos.
Corderos de camino al matadero
dándole a escoger el arma
al matarife.

***

NOCTURNO

Deliciosa noche
de mediados de primavera:
sedosa, ligera, acariciante
como un aromático ungüento
impregnado de fragante humedad.

No hay noches como esta
salvo en mayo (y de junio
los primeros siete u ocho días).

La luna está velada: me dice
el pastor que llevo dentro
que quizá mañana lloverá.

El silencio
es profundo como un rezo.

Lo entrevero
con la música inmortal de Goethe
y me repito —suaves cadencias
de un ritornello interior—
que el universo (del mundo
no hablo ahora) no podría
estar hecho mejor.

***

EN PERSPECTIVA

Hay días —suele ocurrir
más bien por la tarde—
en los que el tiempo
parece que de pronto
se acelera en un instante
y te ves por un invertido catalejo
como una mota que después es punto
y luego cabeza de alfiler;
y por fin la mota, el punto, la cabeza
de alfiler desaparecen…
Dentro de quinientos años
dará igual —te dices, si lo rumias,
si lo escribes— lo bien o mal
que esté resuelto, por ejemplo, este poema,
porque para entonces, si aún hay mundo
y alguien lee poesía,
quién sabe si estos versos no resultarán
a duras penas comprensibles.
(¿Son duras las penas?,
me pregunto, a todo esto.
Eso se supone; aunque la pena
es más bien lacerante; la pena
es arma punzante, y marrullera.)
Pero el tiempo —que era, me parece,
a lo que iba—…; el tiempo,
por su parte,
y no hay nada que hacer,
y es tan abrumador
que te roba literalmente el aliento,
es como el rodillo gigantesco
de una apisonadora desbocada
que allanando todo aquello que le sale al paso
rueda por el firme infirme de los siglos,
sin conductor y sin destino.

***

LA FLECHA

Existe una flecha:
está en ciertas músicas, canciones,
versos, fragmentos de escritura,
de vez en cuando un cuadro,
un jardín, una bóveda, un patio,
un pórtico, el gesto demudado
de un desnudo tallado en alabastro,
y luego —SOBRE TODO—,
en determinados seres de escalofriante
carne y hueso que de tarde en tarde ves,
en tu camino jalonados por los dioses
cual fulminantes meteoritos
que inefables manos hubieran abatido
milagrosamente en medio de la tierra.

Esa «flecha» son fulguraciones
que electrocutan los sentidos,
mediadas por la irradiación,
en descarnada llama viva,
del querer; son latigazos
de una mordedora cuerda metafísica
que convierten en peonza
de puro anhelo ebrio la mollera
y a un baile la abandonan
de giros, reverencias y entrechoques,
sin que sepa a ciencia cierta
—y bien poco le importe—
si va viniendo o yendo va.

Te dices (mejor será escribir balbuces):
si no me fundo,
si mi ser —todo él,
amasadura integral de pensamiento
hecho un cuerpo con su sangre,
flujos, humores, atributos—,
desde el extremo del último cabello
que puebla mi cabeza
hasta la punta más meridional
de mis malditos pies,
si mi ser, decía y balbucía,
no se funde y hace uno
ahora mismo,
en este mismo instante y YA,
con eso…,
sin duda alguna moriré.

Luego no te mueres, por supuesto.
Pero la herida duele tanto
—y es una herida sobre otra,
y otra herida sobre una,
y una y otra herida sobre todas las demás—
que en los ojos se te pone una mirada
como de alma itinerante
en sempiterna y sigilosa pena
que arrastrara la cruz de la belleza,
en un mundo sin pares,
por los ásperos parajes
de la ingrata realidad.

***

SPEED OF LOVE

El amor es un cuarto en penumbra
lleno de olor y peligro,
dulzura y angustia,
expectación…
y en las sienes un lento,
gozoso, desaforado, temible
golpeteo
de adrenalina.

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