Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Lunes, 9 de marzo de 1936: Una carrera de cross en la Casa de Campo
¡Venga, valientes, que ya falta menos!
—¡Ese Ramos es un fenómeno! —gritó Ángel Navarrete al oído de su amigo Pepe Mañas. Ese mediodía lo había sacado a rastras de la Escuela de Arquitectura para llevárselo a la carrera. Él por la tarde libraba. Llevaba una semana de vuelta en la obra y quería festejarlo. Navarrete fue corredor aficionado y el deporte le encantaba. Y también le gustaba pasearse por una Casa de Campo que Pedro Rico, durante su anterior mandato como alcalde, abrió al pueblo—. ¡Mira cómo llegan los demás, con la lengua fuera!
Pasaron más corredores. El día estaba nublado. No había terminado el invierno. Daba frío ver a los corredores en pantalón corto, con camisetas sin mangas.
Pepe Mañas se arrebujó en su abrigo, que llevaba sobre el traje, a diferencia de Navarrete, quien desde la victoria del Frente Popular no se quitaba el mono de trabajo. Un desafío a los señoritos trajeados como él mismo, consideró, sintiendo de repente un conato de incomodidad.
—¿Qué piensas de lo de Renania, Ángel?
La invasión era uno de los temas candentes del día. En las tertulias abundaban expertos en política internacional y los estrategas de salón dibujaban planos llenos de flechas sobre los veladores de mármol, dando lecciones de geografía y haciendo notar la falta de información periodística fiable que había. El monopolio de información estaba en manos de estadounidenses. Ellos eran quienes pasaban directamente información a los diarios españoles, a través de sus agencias United Press, Associated Press o International News Service; o bien indirectamente a través de las europeas, Havas o Reuters, que dependían de las norteamericanas.
Pepe Mañas echaba en falta un reportero español fiable. Pero en todo caso los ánimos en las tertulias estaban exaltados y volvían a enfrentarse, como en la Primera Guerra Mundial, los germanófilos con anglófilos y francófilos. Por primera vez, se hablaba de Renania más que de las últimas confrontaciones callejeras entre falangistas y socialistas.
—A Hitler no le replicará nadie, Pepe, no te quepa la menor duda. Los franceses son unos calzonazos, y para Hitler la invasión es una respuesta al pacto francosoviético. A poco que le dejen, se presentará como defensor de la civilización occidental. No habrá guerra ni tampoco sanciones, porque Inglaterra no está para líos. Su posición es que no se trata de una ocupación militar, sino de un movimiento de tropas ejecutado dentro del territorio alemán. ¡Cobardes! Francia lo llevará a Ginebra, a que condenen el hecho, pero se quedará en nada. Igual que con Japón. Los fascistas han escogido bien el momento, con Francia en pleno periodo electoral. De todas formas, Hitler no tiene miedo a la Sociedad de Naciones. Son monigotes. Impusieron todo tipo de sanciones a Italia por Abisinia, y ya ves en qué quedó. Los tratados internacionales son papel mojado, Pepe. Ginebra es un cachondeo. ¡Mira qué cantidad de rezagados! ¡Vamos!
—¿Y no crees que eso favorece a Mussolini? —preguntó Mañas, arrebujado en su abrigo.
—Pues claro, ya no es el único malo de la película. Pero sobre todo favorece a Hitler, que se ha dado cuenta de que tiene enfrente tigres de papel. No me extraña que le estén vitoreando delante de su cancillería —dijo Ángel Navarrete. Y se volvió a concentrar en la carrera—. ¡Venga, coño, a ver si vais a dejar que ese catalán adelante a Ramos, cojones!


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