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Cartografiar el abismo

Hay obras que se abisman de tal manera que es imposible hallar asideros en ellas. Por mucho que lo intentemos, hay una profundidad que horada en todo instante cualquier cartografía que pretenda imponérseles, a modo de interpretaciones, lecturas o donaciones de sentido. Son laberintos sin salida, lugares que absorben a través del hipnotismo de sus imágenes y la desorientación que implican; espacios refractantes que se agujerean constantemente y que lo único que permiten son simulaciones de respuesta que se distancian en todo momento de cualquier topografía que permita orientarnos con cierta seguridad.

El año pasado en Marienbad de Alain Resnais es un ejemplo diáfano de territorio ineludible, de obra inexpugnable, de propuesta que se escabulle a cualquier exégesis que pretendamos imponerle. Es una obra en perpetua diseminación, construida como un punto de fuga constante, como un ejercicio artístico inconmensurable que engulle toda capacidad interpretativa con la misma rapidez con la que se construyen propuestas exegéticas sobre ella. Sin embargo, no todas las aproximaciones a Marienbad tienen esta voluntad totalizadora y, por ello, son más modestas al mismo tiempo que honestas. Y eso es precisamente lo que acontece con la propuesta que ofrece Hilario J. Rodríguez en su fabuloso Recuerdos del futuro. Su objetivo, en particular, está más en erigirse como un guía, majestuoso y brillante guía cabría añadir, que no en un hermeneuta que intenta descifrar las entrañas de (sin)sentido que construye Resnais en pantalla. Más que un diccionario de símbolos, la tentativa de Hilario es guiarnos por ese territorio evanescente y disruptivo que es Marienbad.

"Y es que escribir sobre esta obra no es una tarea fácil. Es un reto monumental, mejor dicho. Implica abandonar una sintaxis prestablecida, una semántica adocenada y abrazar una escritura diferente"

Para ello, este acompañamiento se efectuará a través de una serie de círculos concéntricos, en constante (re)escritura y movimiento, que irá perfilando en todo momento Hilario a través su erudición y de su descomunal trabajo de documentación. Son círculos que bordean un núcleo siempre inasible, que lo rodean siendo consciente de la imposibilidad de asirlo completamente. En ese sentido, el libro es de una honestidad radical: no busca amalgamar interpretaciones, aglutinar lecturas de las imágenes, sino ofrecer posibles puntos de apoyo al lector, a base de datos, pistas, claves, anécdotas, lecturas compartidas, vivencias, que posibiliten una guía en la que transitar por Marienbad. Pero cuidado, son puntos de apoyo que requieren de la complicidad del lector ya que será este quien, en última instancia, construirá su particular mapa.

"La obra de Hilario es un complejo dispositivo de libros que interaccionan entre sí, una obra en perpetua dialéctica desde sus mismas entrañas, un libro, en definitiva, que late en cada renglón del mismo"

Y es que escribir sobre esta obra no es una tarea fácil. Es un reto monumental, mejor dicho. Implica abandonar una sintaxis prestablecida, una semántica adocenada y abrazar una escritura diferente, mutante, en constante génesis y metamorfosis. La escritura, por todo ello, debe ser un reto que conduzca a quien escriba a una nueva narrativa y al lector a un nuevo código que le haga transformarse como sujeto. Si Marienbad es una obra que se construye a sí misma, tal y como apunta Hilario en su libro, la escritura sobre ella debe tener esa naturaleza dinámica, transformadora, generativa. Escribir sobre Marienbad exige nuevos lenguajes y eso, Hilario, lo consigue a la perfección.

Recuerdos del futuro, asimismo, tiene la peculiaridad y genialidad de ser dos libros que dialogan entre sí. Es decir, nos encontramos por un lado, con el cuerpo central de la obra, con la narrativa que ofrece Hilario dividida en siete capítulos, y, por el otro, con las notas a pie de página que ofrecen, más allá de una complementariedad con la estructura principal de la obra, una dialéctica inteligente y sofisticada con su cuerpo central. Es decir, la obra de Hilario es un complejo dispositivo de libros que interaccionan entre sí, una obra en perpetua dialéctica desde sus mismas entrañas, un libro, en definitiva, que late en cada renglón del mismo.

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Autor: Hilario J. Rodríguez. Título: El año pasado en Marienbad. Recuerdos del futuro. Editorial: Providence. Venta: Todos tus libros.

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Mario Raimundo Caimacán
Mario Raimundo Caimacán
14 ddís hace

Esa película es una adaptación fallida al cine de la novela “La Invención de Morel” (1940) del gran escritor argentino y mundial Adolfo Bioy Casares, que anticipó lo que ahora llamamos “Realidad Virtual”. Tanta incomprensión sobre esta mala película es producto de la confusión, como aconteció con otra famosa novela “Yo, El Supremo” del escritor paraguayo Augusto Roa Bastos. Con “Yo, El Supremo” salieron los eruditos críticos literarios a realizar sesudos análisis basados en las teorías psicoanalíticas de Freud para intentar explicar lo inconmensurable del “Yo” y se lanzaron con sopotocientas descabelladas teorías porque ningún historiador paraguayo, hispanoamericano ni español se condolió de la ignorancia de tales “eruditos” y no le explicaron a los audaces inventores de disparates que el Dr. Gaspar Rodríguez de Francia, el terrible “Doctor Francia”, uno de los héroes de la Independencia del Paraguay, al tomar el poder como autócrata, imitó en sus decretos, proclamas y demás documentos públicos el estilo protocolar de la Monarquía Española, y así como el Rey firmaba todo y quedaba escrito “Yo, El Rey”, el jefe del nuevo gobierno republicano del Paraguay firmaba y quedaba escrito “Yo, El Supremo”, a imitación del Rey de España (la metrópoli colonial) porque el título oficial del Doctor Francia era “El Supremo Dictador”. Todo esto a principios del siglo XIX, décadas antes de Freud y su Psicoanálisis. “El Año Pasado en Marienbad” fue una película fracasada en su intento de llevar a la gran pantalla la genial novela de Bioy Casares y quienes la llaman “genial” por incomprensible, prueban que la película no logró transplantar el texto novelístico al arte cinematográfico. Algo parecido sucede con las obras del charlatán que muchos creen filósofo, el nazi Martín Heidegger, obra que muchos califican de “profunda” y “brillante” porque no la entienden y no saben que es palabrería hueca y sin valor, propia de un parlero vano admirador de Adolfo Hitler, soplón a sueldo de la Gestapo y organizador de la quema de libros y de la subordinación de las universidades alemanas al nefasto Dictador, ignorante genocida encantador de racistas y mentes atolondradas. Quienes no saben que la película francesa es una frustrada adaptación de “La Invención de Morel” y creen que la película es “genial”,”trascendente”, “profunda”, “filosófica” por confusa, inexplicable, ininteligible y para ocultar su ignorancia usan los muchos premios otorgados por otros ignorantes para fundamentar sus disparates, ya un disparate colectivo. Así sucede con quiénes viven en la Cueva de Platón, que creen que las falsificaciones de la realidad es el mundo verdadero. Aristóteles con su Lógica le dio a la Humanidad la herramienta para estudiar la realidad y comprender el mundo, pero debe usarse, de lo contrario vivirán en un mundo de falsedades y fantasías, porque la verdad de los hechos no cambia porque la mayoría crea en las mentiras, y el ejemplo del falso filósofo Martín Heidegger se queda corto con la creencia, hasta 1945, que tenían millones de japoneses quienes creían que su Emperador era un “Dios Viviente” aunque la experiencia historica probaba que todos los Emperadores nacían de una mujer que los paría, que crecían y de bebés indefensos pasaban a ser niños, adolescentes y adultos, que envejecian y morían como todo ser humano, que eran mortales como todo ser humano, que comían, defecaban y dormían como todo ser humano ?Dioses Vivientes? Los japoneses creyeron durante siglos tal disparate hasta que los despertó la derrota ante Estados Unidos, la voz del “Dios Viviente” anunciando su rendición y la ocupación de un ejército extranjero. En dos siglos los historiadores se preguntarán que tenían en la cabeza quienes pensaron que el detestable nazi Martín Heidegger era un filósofo, que el Doctor Francia era para Augusto Roa Bastos un precursor de Sigmund Freud y que la fallida adaptación de “La Invención de Morel” era una de las grandes obras de la cinematografía francesa. ?No creen muchos que el pagano Aristóteles de Macedonia de la Antigüedad Griega era un Doctor de la Iglesia Católica cuando vivió y murió siglos antes de Jesucristo y su pensamiento está basado en la razón y no en la Fe, una de las máximas expresiones del pensamiento mágico o irracional, simplemente porque muchos siglos después de su muerte un Papa de Roma decidió decretar arbitrariamente tal disparate y en un mundo donde una mentira puede convertirse en dogma todo disparate es posible?