El título español de Verdades ocultas, serie de misterio y comedia protagonizada por Ethan Hawke, no se diferencia tanto de la versión original, The Lowdown. Pero sí asemeja peligrosamente la serie, estrenada ya en Disney+, a un telefilm alemán de sobremesa y no a ese melting pot de novela negra americana y cine de los 70 que su pastilla retro del título originario.
En realidad la serie se desenvuelve como una mezcla de los guiones de Shane Black y la serie Fargo, rematando de paso el prodigioso 2025 de su actor protagonista, Ethan Hawke, con un éxito de taquilla como Black Phone 2 y la película que, si la justicia existe, le debería reportar el Oscar al mejor actor en unas semanas, Blue Moon, de Richard Linklater. Decimos “como Shane Black”, firmante de Dos buenos tipos o Kiss Kiss Bang Bang, por el sentido del humor loco, y como Fargo por la paciente preponderancia del thriller y los personajes extravagantes sobre la acción, pero todo pasado por el nostálgico homenaje a Chandler que fue Un largo adiós, de Robert Altman, hace cuatro décadas.
Pero basta ya de referencias. Verdades ocultas es, sin embargo, una hija de su padre, Sterlin Harjo, que vuelve a llevar la acción a su desangelada Tulsa natal (sí, la misma de The Tulsa King, de Stallone, y su iconografía del cowboy criminal), que no es más que la investigación de un desordenado pero brillante “verificador” (así gusta llamarse a sí mismo el librero y periodista de sucesos Lee Raybon, al que Hawke imprime una deliciosa mezcla de impertinencia y delicadeza) tras el aparente suicidio del miembro de una prominente familia de la ciudad.
Hawke lleva la totalidad de la serie sobre sus hombros con pasmosa facilidad, pese a la presencia de nombres notables en el reparto como Kyle MacLachlan o Jeanne Tripplehorn. Su química con personajes infantiles, villanos y aliados es aplastante. Su hilarante investigador conecta la ficción con el mundo actual de las fake news, los nuevos extremismos y la herencia de la literatura pulp (la clave del caso está en las novelas de bolsillo de Jim Thompson) que la serie afronta sin ambages, una mezcla de realidad y ficción, o pertinencia y entretenimiento, que convierte Verdades ocultas en un relato útil como retrato, a caballo entre el presente y el pasado, o entre la actualidad rampante y el homenaje. El propio Raybon parece, en manos de Hawke, un entrañable resto de la cultura contestataria de los 70, convirtiendo la serie en un posible comentario sobre la resonancia de los movimientos sociales de aquella época en la actualidad.
Todo esto es vulgar palabrería, sin embargo, ante el tono burlón, marciano y a la vez vulnerable, o ácido y tierno, que Hawke imprime al personaje, un tipo no particularmente duro pero extraordinariamente tenaz que bien merecería una nueva temporada en esta misma Tulsa igual de estimulante que las colinas de Hollywood y poblada de radicales, capitalistas extremos y tipos marginales. Verdades ocultas podría ser perfectamente tanto una de las mejores series del año que acaba de terminar o del que acaba de empezar, en tal momento bisagra se ha estrenado.



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