Otra de las celdas ocupadas por Cantonet en este panal tintiniano ha sido el participar presencialmente en varias subastas internacionales, algunas locales, acreditar y avalar distintas piezas de alto interés económico, e incluso tener la osadía de llevar a cabo en sus instalaciones una venta por licitación de una gran colección de objetos tintinescos cedidos por Marta Zendrera —hija de Conchita Zendrera—, así como gran cantidad de artículos y dibujos de ámbito nacional, todos ellos dentro del marco de la BD y del 9º Arte.
Piasa, Artcurial, Rops, Sotheby’s, son empresas dedicadas a dichas ventas, en las que puedes licitar desde por objetos de 100 euros hasta productos muy exclusivos, los cuales pueden superar cifras de más de 2 y 3 millones de euros.
EL PAÑUELO DE SEDA (ASUNTO TORNASOL)
Como en casi todos los momentos y decisiones de la vida, cuando uno empieza ejerciendo de novicio o aprendiz en ciertos lances, los errores son elevados; algunos, ciertamente descomunales. No me importa explicar dichos acontecimientos, porque forman parte de la formación a la cual uno se tiene que someter en el caso de que quiera controlar el medio en el que se desenvuelve. Nadie nace enseñado, y la mayor parte de veces, si no te acompaña un maestro en la materia, las tortas pueden ser jocosas y divertidas con la perspectiva del tiempo, pero en el momento que se sufren escuecen como si te hubieras comido una guindilla sin ser consciente de ello. Vamos, ¡guantazos como panes!
Así pues, la primera subasta en la que participamos se celebró en París el 29 de mayo del año 2010, mediante la firma de Piaza. A dicha celebración acudimos al ser informados de la venta que se iba a llevar a cabo de una gran cantidad de objetos del mundo tintiniano, entre los que se encontraba la revista que llevábamos tiempo buscando, Tintin et Milou Models, en la que aparecía ilustrado el dibujo que le habíamos comprado a Thibaut van Houte. Fue él mismo quien nos indicó que dicha revista saldría a subasta, ya que era él quien comisariaba y acreditaba, como experto independiente, todos los objetos que serían puestos a la venta.
A dicha subasta acudimos un sábado de ida y vuelta en avión nuestro amigo Pedro Martín, Mª Carmen y el que os escribe. Me adelantaré explicando que nuestro amigo Pedro hoy por hoy todavía se ríe al recordar lo que nos pasó.
Teníamos que mirar de llegar pronto a París, ya que unas cuantas horas antes de que empezara la venta los interesados en licitar los productos de su deseo tenían la oportunidad de poder inspeccionarlos y así decidir sobre su hipotética adquisición.
Una vez subastados, los ganadores no pueden retractarse ni por el estado de lo adquirido ni desdecirse de su compromiso. Dadas las condiciones, pedí poder ver la revista por la que teníamos interés.
Un ordenanza me ofreció unos guantes de látex y, acto seguido, puso a mi disposición encima de un mostrador la revista en cuestión, la cual pude constatar que estaba en perfectas condiciones.
Una vez confirmado nuestro interés por dicha pieza, nos adentramos en la sala donde se llevaría a cabo la venta. Tomando asiento, inspeccioné el escenario, y me impactó ver la puerta acorazada que había a mano izquierda de la sala, la cual daba acceso a un almacén en donde se custodiaban todos los objetos a subastar.
Una vez se empezaba a dar rienda suelta a la venta, uno tras otro y de forma vertiginosa los artículos se iban mostrando a distancia al público asistente. Dichos objetos también se encontraban ilustrados en un catálogo confeccionado para la ocasión.
En la platea de dicha sala podías ver lo mejor de cada casa. Desde el señorito privado que puja por un dibujo dedicado por Hergé y que finaliza la venta adjudicándoselo todo, sacando pecho para posteriormente ofrecérselo como prenda a su esposa o acompañante, parienta de Barbie —y ésta, como muestra de su satisfacción, se lo rubrica premiándolo, delante de todo el mundo, con un beso en los morros de aquellos que hacen época—, hasta el chico de 18-19 años, vestido con americana y corbata, acompañado de su madre —todo muy parisino—, licitando y adjudicándose una postal rubricada por Hergé de varios miles de euros sin despeinarse.
En esa misma subasta nos encontramos con el propietario del Restaurante Cómics Café, situado en la Plaza Grand Sablon de Bruselas, el doctor Francis Slomka, cirujano traumatólogo de gran prestigio y director de la clínica Bizet por aquel entonces. Su presencia estaba justificada por la adquisición de placas esmaltadas de la Emaillerie Belge, litografías firmadas por Hergé y, para no alargarme demasiado, en la compra de la escultura hecha por el artista Nat Neujean en bronce de Tintín y Milú —180 centímetros—, valorada en aquel momento en alrededor de 150.000 euros. Hice un cálculo estimativo de lo invertido por el doctor Francis en esa tarde de sábado y, como aquel que no quiere la cosa, debía rondar los 200.000 euros. Todo ello para decorar su establecimiento culinario, al cual accedimos a posteriori en más de una ocasión y que, no habiendo transcurrido más de cinco o seis años, tuvo que bajar persianas y cerrar definitivamente, ya que se me antoja que, como empresario, debe de ser complicado el mantener un negocio de restauración —alquiler, personal, impuestos, amortización de inversión— a base de servir ensaladas y hamburguesas.
Cabe señalar que dicha escultura de Tintín y Milú pesa unas cuantas toneladas y, estando situada en el portalón exterior del restaurante Cómics Café, para lo cual fue adquirida por el doctor Francis, en una noche fría de marzo del 2015 unos malhechores de baja estofa, mediante un camión pluma, intentaron sustraerla, con la buena fortuna de que se les volcó el camión y se les frustró su intento de incautación.
Tal como explicaba inicialmente, nosotros íbamos directos hacia la revista de marras, y si por aquellas cosas algo se ponía a tiro no dejábamos pasar la ocasión.
Así fue que de pronto aparececió un libro de los llamados Voir et savoir, dedicado a la aviación. Comprobando que su precio no era excesivo, licité por él y al final me lo adjudiqué.
Aún faltaban unos cuantos artículos por delante de nuestra prioridad y, viendo que el tiempo se nos echaba encima, dada nuestra limitación horaria para coger vuelo de vuelta a Barcelona, acordamos que Mª Carmen cogiera tanda en la cola para hacer los trámites de pago por el libro adquirido, y si llegado el momento nos adjudicábamos la revista con anterioridad mencionada, ya estaría bien situada en la cola para proceder al pago de las piezas adquiridas.
Faltaban unos tres productos para llegar al requerido. En aquel momento se estaban subastando unos pañuelos de seda serigrafiados en bicolor y, como aquel que no quiere la cosa, le hice una señal a Mª Carmen para informarle de la inminente aparición del objeto deseado. Ella, interpretando que le pedía que licitara por el pañuelo que se subastaba en ese momento, alzó la mano. El dueño del martillo advirtió su interés y lo entendió como una puja lícita, cuya cuantía era en aquel momento de 300 euros, preguntó en sala si alguien quería sobrepasar dicha cifra y, ante de la negativa de los presentes, hizo bajar el martillo con su golpe característico, apostillando: “Pour la madame”.
Nos quedamos atónitos, pasmados y desconcertados. Vaya putada. ¿Qué hacemos con un fular estampado con viñetas bicolor de El asunto Tornasol? La broma ascendió con impuestos y derechos de sala a más de los 300 euros en que finalizó la venta. El desasosiego fue enorme. Nos quedamos para ver por qué cifras rondaría la venta de la revista, motivo de nuestro viaje, y al ver que sobrepasaba los 500 euros y seguían licitando, dimos por finalizada la aventura parisina de un sábado soleado y con sus gentes deleitándose, transitando en este caso por Les Champs Elisées.
Recogimos los objetos ganados en la sala acorazada del recinto y nos volvimos con la sensación de haber hecho el pardillo y, como bien antes he explicado, mi amigo Pedro todavía se ríe de la cara a cartón que se nos quedó. Por suerte, cabe decir que no hay mal que por bien no venga: hoy en día dicho pañuelo está enmarcado con vidrio de dos caras para poder ser admirado, recordando la anécdota como otras tantas que nos han sucedido y que iré explicando.
SUBASTA DE “LOS MEDALLONES”
Éramos muy novatos en la comercialización de productos tintinescos y, aunque teníamos un buen bagaje como coleccionistas, en los primeros años de dicha actividad nos encontrábamos con que todo el mundo sabía de todo y más que nosotros. Así y todo, fuimos consolidando nuestra posición de forma honesta, y un buen día uno de los antiguos presidentes de la asociación Mil Rayos, aprovechando la coyuntura de que nosotros estábamos en Barcelona, nos puso a recaudo la pareja de libros del Medallón —El secreto del Unicornio y El tesoro de Rackham el Rojo— para ponerlos a disposición de una empresa llamada SUPUBA (Subastas Públicas de Barcelona), y que dicha empresa, dirigida magistralmente por Gerard Vidal, los insertara como lotes VIP en una de las subastas de producto comiquero que se llevaría a término en fecha inminente.
Con anterioridad, y a título personal, me quise informar de dicha empresa de subastas, y estuve presente en alguna que otra licitación de productos varios. Recuerdo las subastas en las que estuve presente. Una era de vinos y licores espirituosos, y otra de productos farmacéuticos: balanzas de precisión, frascos de vidrio y porcelana, etc. Me pareció todo muy serio, muy formal y muy bien llevado. Todo menos los usureros que se presentan en dichas subastas esperando que algunas ventas queden desiertas para poder ofrecer precios indignos e insultantes. Vamos, aves carroñeras al acecho de producto a revender con cierta usura.
Explicaré que dichos libros llamados del Medallón fueron editados por Casterman en castellano, y fracasaron en el intento de comercializarlos en España, no obteniendo ningún éxito. Se editaron unos 500 de cada uno y, pasado el tiempo, dado su valor económico y la economía del país, habiendo vendido a lo sumo un par de centenares de ellos, la empresa editora tomó la decisión de llevárselos de vuelta hacia Bélgica.
Claro, con el tiempo eso significó que tener en propiedad dichos libros, los cuales constituían una rareza dentro del mundo del coleccionismo, era disponer de los ejemplares más codiciados por los coleccionistas tintinescos, fluctuando su valor en función del estado de conservación en el que se hubieran guardado. Dichos libros también existen en inglés, alemán, holandés y francés pero, dada la rareza de los editados en castellano, estos otros idiomas no adquieren el mismo valor ni de lejos.
Los libros referidos estaban como nuevos, en unas condiciones dudosamente mejorables, por lo que aceptamos la afrenta de llevarlos a subasta mediante SUPUBA con una valoración mínima de salida de 3000 euros cada uno.
Como entenderá el lector, la difusión y divulgación de dicha subasta era importantísima para poder llegar al máximo de público interesado. Así pues, aparte de la maquetación e impresión de un catálogo con cara y ojos, se emitió información del evento por todos los medios habidos y por haber.
Redes sociales, emisoras de radio, antenas televisivas locales, etc. En resumen, todo un esfuerzo considerable de propaganda y publicidad para que llegara a un gran número de rincones del estado.
Nosotros estábamos afiliados a un grupo tintinesco de WhatsApp, en el que participaban exclusivamente socios de 1001 associació catalana de tintinaires.
En dicho grupo colgué la información de dicha venta, nuestra aportación avalando su originalidad y, cómo no, su precio mínimo de salida, cotizado en 3000 euros por cada uno.
Pues bien, en dicho grupo hubo una persona que puso en cuestión nuestro prestigio como expertos del producto que defendíamos. Lo hizo con esta frase:
—Enric, esos libros no valen ni 3000 euros la suma de los dos, ¡y tú lo sabes!
Claro, como comprenderá el lector, si uno se quiere dedicar a la venta de producto Tintín que sobrepase los meros conocimientos de los productos de souvenir —tazas, llaveros, dossiers, puzles, etc—, y te postulas como uno de los mayores conocedores del producto de coleccionismo EN MAYÚSCULAS, dicha frase pone en duda tu profesionalidad y encima tu honestidad.
Quedé bastante fastidiado ante la contundencia de dicha aseveración e insinuación, por no llamarla acusación, y hablándolo con un cliente llamado Lluís Miquel, me dijo:
—Enric, ¿esos libros valen esa cifra mínima (3000 euros) por la que empieza la subasta?
Y le contesté:
—Lluís, estoy seguro de que sí, aunque todo dependerá de si nuestra difusión llega a coleccionistas interesados.
—Pues que sepas que estoy dispuesto a licitar por una puja más de los 3000 euros de cada uno. En este momento, tu prestigio como experto ya queda salvaguardado sin que nadie tenga que dudar ni de tus conocimientos ni de tu honestidad.
Dicho esto, el abrazo entre nosotros fue épico, y personalmente me sentí reconocido y emocionado.
Tal como he explicado, al inicio del negocio todo el mundo se atrevía a cuestionar cualquier apreciación que hiciéramos.
Pues bien. Llegado el día de la subasta, yo iba con el encargo del señor Lluís para, en su nombre, poder licitar por una puja superior a los 3000 euros.
Después de venderse otros lotes entre los que se encontraban algunos ofrecidos por Cantonet, llegó la hora de la verdad, y sentándome en la parte posterior de la sala veo cómo van entrando los distintos interesados, o simplemente curiosos y chafarderos, los cuales, éstos últimos, como no podía ser de otra manera, aposentaron sus traseros en butacas de primera fila sin otro ánimo que el de fisgonear. Uno de ellos era el que cuestionó mi honorabilidad.
Los libros se vendían al unísono, o sea, los dos a la vez, de tal manera que la cifra por la que se licitaba era por cada uno de ellos multiplicado por dos.
Empezó la venta, ostentando la ley del martillo el propietario de SUPUBA, Gerard Vidal, y a la que me doy cuenta me quedo sin poder licitar.
3000 – 3200 – 3500 – 3800 – 4100 euros, y en ese momento se quedan solos dos teléfonos licitando. La totalidad de los presentes en sala nos manteníamos estoicamente expectantes ante la disputa mantenida por esos dos teléfonos. Un teléfono hablaba desde Valencia y el otro desde Madrid. A partir de 4100 euros, las licitaciones se hacían esperar mediante unas pausas realmente tensas.
4300 – 4500, y de golpe el teléfono de Madrid pone encima de la mesa 5000 euros por cada libro, cifra ante la cual el interesado de Valencia desestimó la opción que tenía de superar.
Ante el resultado obtenido, muchos de los presentes vinieron a felicitarme, y el incrédulo que puso en duda mi conocimiento y honestidad se acercó con mucho desdén, me acercó la mano, se la estreché y con toda la arrogancia del mundo me soltó: “Poco te imaginabas que acabaría en esta cifra tan alta”.
No quise montar un espectáculo delante de los presentes, pero estuve a punto de decirle que su ignorancia lo había delatado y que, a partir de ese momento, con nosotros, como si tuviera una orden de alejamiento de 500 metros.
Al final todo se reconduce, las aguas vuelven al cauce natural y aunque es duro, muy duro, aprender a base de apartar piedras en el camino, por suerte… siempre nos quedará Tintín.





Muy bueno e interesante el artículo con todo lujo de detalles y curiosidades. Chapeau.
Así seguiremos, amigo.
Muy gozosa lectura, Enric, y manteniendo el interés de principio a fin. Gracias.