Ambientada en los años finales de la guerra entre México y Estados Unidos, en Del cielo azul Noel Pérez reflexiona sobre el robo yanqui de las tierras al norte del río Bravo y el asesinato de aquellos mexicanos que lucharon por defender su territorio.
Noel Pérez Brey apunta en Zenda algunas de las claves de la escritura de su novela Del cielo azul, publicada por Villa de Indianos.
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Como buena parte de mi obra, Del cielo azul empezó con una pregunta sencilla y una obstinación que aún no sabía adónde iba a llegar. Yo vengo del relato corto, de un terreno en el que cada palabra pesa, sin margen para la trampa ni el adorno innecesario, donde el lector pocas veces perdona una frase vacía. He escrito cuentos y también los he editado, y aunque me apasiona la novela —esa larga travesía en que uno se pierde, se demora y vuelve atrás— siempre me ha fascinado el golpe seco del buen relato. El nocaut por el que gana el cuento, que decía Cortázar. ¿Qué hay más impactante que un puñetazo directo a la mandíbula? Pedro Páramo, El coronel no tiene quien le escriba, Claus y Lucas. Novelas breves, de lenguaje austero, que te dejan medio mareado en la lona mientras te preguntas qué demonios acaba de pasar.
Lo que me agarró de las solapas fueron los otros, los anónimos, los pobres chavales que no habían salido en la vida de su pueblo castellano, andaluz, vasco o de donde fueran, y que, de pronto, se veían embarcados hacia la otra punta del mundo. Muchachos que quizá nunca habían visto el mar y acababan cruzando un océano, que pasaban del verde húmedo del norte a desiertos sin fin, que abandonaban el polvo seco de la meseta para franquear montañas asediados por los chillidos y las flechas de los «salvajes». ¿Cómo se sintieron? ¿Qué pensaron la primera noche lejos de casa? ¿A qué se aferraron cuando el miedo apretó de verdad? ¿Qué fue de sus vidas cuando la lucha concluyó y devolvieron las armas?
Así apareció Manuel Hidalgo, nuestro protagonista en Del cielo azul, un chico al que envían a México en los últimos estertores de la guerra de Independencia. Sobrevive a los combates, al caos, a la derrota; sin embargo, alcanzada la paz, no regresa. Y no porque no quiera, sino porque la vida, tan caprichosa y a menudo tan cruel, decide otra cosa. Se queda en América, construye un hogar, ama, lucha, envejece. Pero la historia tiene la costumbre de llamar dos veces a la misma puerta. Y ya viudo, peinando canas, sobrepuesto a lo peor, otro conflicto lo desgarra de nuevo. Esta vez, la guerra de Intervención estadounidense en México.
En cualquier caso, más que contar una gran epopeya histórica, me interesaba meter la cámara a ras de suelo y seguir a un solo hombre, a Manuel, mientras el mundo se le venía encima.
Aquí entroncamos con lo dicho antes sobre el cuento y El viejo y el mar. Yo quería una prosa limpia, sin alardes ni fuegos de artificio, con las frases estrictamente necesarias y cuyas escenas empujaran la narración hacia delante, donde la emoción huyera de la grandilocuencia para esconderse en los silencios, en lo que no se dice. Manuel no es un héroe, desde luego, es un hombre que hace lo que puede con lo que tiene. A veces acierta y a veces se equivoca, pero toda decisión, siempre, acarrea un precio.
A nuestro protagonista, igual que a esos chicos que atravesaron el mundo para gloria ajena, lo atormentan las mismas preguntas que nos persiguen a todos: ¿qué hacemos aquí? ¿Hasta qué punto decidimos nuestro destino y hasta dónde nos arrastran fuerzas que no controlamos? ¿Qué permanece de nosotros cuando el tiempo nos pasa por encima? Puede que sean preguntas antiguas, gastadas, pero siguen ahí. Son, y serán, idénticas, porque son las que cualquiera de nosotros se hace cuando apaga la luz y se queda a solas con sus fantasmas.
En el mundo de Manuel no hay romanticismo. Se peleará con desertores mexicanos, con apaches, con cazadores de cabelleras, con empresas para quienes la guerra es solo otra oportunidad de negocio. Pero cada enfrentamiento deja una marca. Manuel no avanza porque sea valiente, avanza porque no tiene otra opción. Detenerse significa desaparecer. Y en ese seguir adelante va encontrando pequeñas respuestas, certezas mínimas sobre el amor, la lealtad, la dignidad, que acaso solo sirvan para alcanzar el siguiente recodo del camino.
En definitiva, escribí este libro a golpe de frase honesta y poda constante, cortando más que añadiendo, sin perder de vista que, en ocasiones, la precisión de un buen directo y un hombre solo frente a un horizonte limpio dicen más sobre la condición humana que un discurso de cien páginas.
Y esto es Del cielo azul, un intento de mirar atrás sin nostalgia y de encararse con uno mismo, un homenaje a todos esos Manueles que la historia utilizó y olvidó, y también una manera de preguntarme —y de preguntarte— qué haríamos nosotros si un día, sin previo aviso, nos mandaran a la otra punta del mundo y nos obligaran a vivir con las consecuencias.
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Autor: Noel Pérez Brey. Título: Del cielo azul. Editorial: Villa de Indianos. Venta: Villa de Indianos.


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