Vivimos cansados de estar despiertos.
No por falta de sueño, sino por exceso de urgencia, de ruido y de causas que reclaman nuestra atención sin merecerla.
Quizá haya llegado el momento de reivindicar una virtud mal entendida: la indiferencia.
En el instituto, a primera hora, las caras delatan el cansancio de estar despiertos. No importa el curso: hay tensión, ansiedad, una descolocación difícil de asumir. Los ojos van y vienen con prisa, como si hubiera que llegar a algún sitio, aunque nadie sabe muy bien a dónde. A veces pienso que el sistema educativo —y no solo él— se ha convertido en una forma de huida: huir de la pausa, del silencio, del aburrimiento, de todo lo que podría llevarnos a pensar.
El matiz no está de moda. Lo ambiguo incomoda. Lo que no se posiciona rápido parece cobarde o, peor aún, sospechoso. En lugar de escuchar, etiquetamos. En lugar de pensar, reaccionamos. Y en esa reacción perdemos humanidad.
La verdadera indiferencia no es cobardía ni desgana, sino temple: no la confunde quien ha vivido lo suficiente para saber que perderse en cada sobresalto es perderse del todo.
No todo puede ni debe dejarnos indiferentes. Sería caer unas veces en la inmoralidad y otras en la simple torpeza: confundir la distancia con el desinterés y la sobriedad con el desamparo. Pero ocurre algo más incómodo de admitir: aquello que de verdad reclama nuestra atención es muy poco. Tan poco que acaso podría contarse con los dedos de una mano. Justamente por eso conviene no olvidar el límite: ser indiferente a lo que importa también es una forma elegante de ruina moral. Hay heridas que reclaman nuestra voz y afectos que no se pueden abandonar sin perdernos a nosotros mismos. Muchas cosas son dignas de nuestro menosprecio, pero no todas; porque si la propia indiferencia constituye un alto ideal, entonces no puede ser ella misma indiferente.
El resto —el ruido, el apremio, la urgencia fingida— merece solo el gesto sobrio de quien se aparta. Aprender a reconocerlo no es debilidad, sino fuerza.
Tal vez por eso los antiguos desconfiaban de la felicidad como ideal y preferían algo más modesto y más resistente: el sosiego. No una alegría permanente —esa quimera—, sino la capacidad de no perturbarnos por casi nada.
Lucrecio lo formuló con sencillez:
quid tibi tanto operest, mortales, quod nimis aegris,
luctibus indultes(«¿Qué grave cosa te sucede, mortal, para entregarte
a llanto tan extremo?» Lucrecio, De rerum natura, III: 933-934)
Con frecuencia nos dejamos arrastrar por una épica barata y convertimos en tragedia lo que apenas era molestia. Así se malgasta el pulso. Nada resulta tan valioso como la indiferencia cuando no es abandono, sino conciencia. Renunciar no siempre es perder: a veces es vencer sin ruido. Apartarse no es huir, sino salir del radio de lo que nos reclama sin legitimidad. Solo entonces dejamos de movernos como criaturas sobresaltadas por alarmas ajenas, y empezamos a existir con otra gravedad: la de quien se sabe mortal y, precisamente por eso, ha aprendido que casi nada merece ser vivido con urgencia. Como resume mi hermano Paco, sin filosofía ni consuelo: «Tranquilo, del cementerio no pasas».
Marco Aurelio escribió que uno vale tanto como aquello por lo que se afana. Afanarse por todo es perderse. En tiempos de velocidad, cultivar el intervalo, la pausa, la distancia, es un acto de firmeza.
En el instituto, vuelvo al principio, a veces basta con mirar a los ojos de los alumnos para entender que lo que necesitan no es una respuesta, sino un respiro. Y uno mismo también. No para huir del mundo, sino para habitarlo con más dignidad. Y con menos ruido.


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