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17 de enero de 1936: Por San Antón, la gallina pon

17 de enero de 1936: Por San Antón, la gallina pon

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España. En los dos primeros meses cuenta con la colaboración de Íñigo Palencia.

Viernes, 17 de enero de 1936: Por San Antón, la gallina pon

Era una típica mañana de invierno meseteño. Un cielo azul rabioso envolvía la capital al tiempo que soplaba un gélido viento capaz de entumecer los miembros de cualquiera. Aun así, el frío no fue obstáculo para que cientos de madrileños llevasen sus animales a la iglesia de San Antón, en la calle de Hortaleza.

—El Señor bendiga este animal y San Antón lo proteja de todos los males del cuerpo…

El hisopo iba y venía. Salpicaba agua bendita a las bestias. Entre quienes se dirigían a la iglesia, ateridos de frío, había un hombre y una mujer cogidos del brazo. Ambos vestidos de negro y pertrechados para los rigores del invierno, él con boina sobre su poco poblada cabeza, ella con bufanda alrededor del cuello. Eran los hermanos Carmen y Pío Baroja. No traían animales, pero mantenían la tradición fraternal de ir a la cabalgata. Todos los diecisiete de enero, desde que vivían en Madrid, procuraban acercarse a Hortaleza y de paso comprar rosquillas. Por eso ahora caminaban hacia las Escuelas Pías.

"Hay algo de atávico en buscar protección en el patrón de tu verdugo. Algo muy español y dramático, como la historia de nuestra raza"

Se abrieron paso entre una multitud que desfilaba con perros, gatos, canarios enjaulados, cabras, ovejas y hasta un mono vestido de traje oscuro, como para ir a misa. Las caballerías ya no venían a Hortaleza, sino que se dirigían a la ermita de San Antonio de la Florida. Los caballos cada vez eran más escasos en la capital y a orillas del Manzanares ya solo se daban cita cuatro señoritos, vestidos para cazar, y un par de arrieros. Con todo, las vueltas de San Antón eran una estampa digna de verse.

—Curioso este pueblo madrileño, que tiene por patrón de los animales al santo de los carniceros, ¿no te parece, Carmen?

—Todos los años dices lo mismo, Pío.

—Porque todos los años se repite. Hay algo de atávico en buscar protección en el patrón de tu verdugo. Algo muy español y dramático, como la historia de nuestra raza… Tengo que hablarlo con tu hijo Julio.

Carmen lo miró con desaprobación, como siempre que comenzaba a excederse en sus discursos.

—Seguro que le interesará.

—Por supuesto que le interesará. Aunque joven, tu hijo es un historiador de raza, que conoce el país.

Una banda tocaba pasodobles a la altura de la calle Hernán Cortés. Algunos fieles intentaron moverse al ritmo de la música con sus animales. A estos la música los ponía nerviosos y ladraban, maullaban, piaban, rebuznaban, balaban y se agitaban. Hortaleza era un continuo guirigay.

—En esta ciudad gusta más una fiesta que un dulce a un niño —insistió Pío—. Ya sabes lo que se dice: en Madrid la Navidad dura hasta San Antón.

"No hay mejor metáfora para nuestra república. Perros y gatos peleándose a muerte en la puerta de una iglesia. Todo el mundo los mira, pero nadie se atreve a separarlos"

Cuando alcanzaron la entrada de la iglesia fueron testigos de una escena insólita: un gato y un perro se enredaron en un revoltijo de arañazos y mordiscos. Al parecer, el perro había tirado el cesto donde iba el gato, cayendo de las manos del amo. Pero el felino, en lugar de huir y buscar una tapia a la que subirse para ponerse a buen recaudo, estaba encarándose con su antagonista, bufando como un diablo. Los dueños se veían impotentes, sin saber cómo separarlos. La gente se arremolinaba entre exclamaciones.

—¿Has visto, Carmen? No hay mejor metáfora para nuestra república. Perros y gatos peleándose a muerte en la puerta de una iglesia. Todo el mundo los mira, pero nadie se atreve a separarlos. De los ladridos pasan a las dentelladas y la gravedad de las heridas dependerá de lo que dure la riña —dijo don Pío.

Y la riña política estaba durando más de lo que nadie esperaba, desde luego.

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