Inicio > Firmas > Habitantes > El olivo
El olivo

Contigo solo sé empezar por las raíces. Me pregunto a qué profundidad estás dentro de la tierra, tú que debes haber cumplido unos mil años. Cuándo fue la primera vez que uno de esos cilios se extendió grama adentro; adónde han llegado ahora, en cuantos siglos interiores se han desplegado. Tú eres el señor del Tiempo.

Conoces los profundos sedimentos sin espacio y también las infinitas estaciones del aire, la espiral milenaria de las heladas del invierno y la asfixia del verano. Nada te mella. Tu tronco es empalizada y grieta, arruga dura, excrecencia, saliente y hondonada.

Tan grande es que no te basta un solo pie y tienes varios en amalgama densa de madera. De ahí se expanden las ramas hacia la altura, frondosas en cualquier estación. A nada le temes. Tú eres el señor del Refugio. Tú eres el más santo en el santoral de los árboles. Tú eres señor del Alimento.

"Al untar el pan en él, lo hago en el día en que Aníbal cruzó el Tajo con 38 elefantes"

No se pueden contar las generaciones de aves que han habitado tus ramas. No se pueden contar las generaciones de insectos que han picado tus aceitunas. No se pueden contar las generaciones humanas que han bebido tu aceite.

Cada día de este invierno, escucho las voces de los hombres que recogen la aceituna en cualquier lugar del valle. A veces resuena el golpe de la vara en el tronco como campanadas secas y libres de cronología. Al final de la jornada se queman las ramas que han caído y el humo anuncia la victoria, un año más, de la cosecha.

No hay árbol que permita tantos meses de recogida. A partir de noviembre, conforme pasan las semanas, las aceitunas engordan cada vez más negras, se ablandan y se tensan de zumo. En enero, las que no han caído al suelo, brillan como azabache voluptuoso, deseando cumplir su destino en la boca o en la almazara.

En la almazara ruedan por las rampas hacia la prensa, de donde mana un aceite que es presente y a la vez tan viejo como todos los muertos de este territorio. Al untar el pan en él, lo hago en el día en que Aníbal cruzó el Tajo con 38 elefantes. Al salarlo, nieva sobre el pan la incontable historia de mis antepasados.

"Soy un solo instante preñado del universo que se expande por mi garganta. Soy la ley de la regeneración infinita de la vida y la muerte"

Pero cuando meto en mi boca directamente la aceituna desde el árbol, todo ese tiempo histórico también desaparece. Se ha instaurado en mi lengua el reino natural. En mis papilas fluyen a la vez el amargor y la dulzura de la existencia. Soy un solo instante preñado del universo que se expande por mi garganta. Soy la ley de la regeneración infinita de la vida y la muerte. Y siento que todo es accesorio a lo que sucede dentro de esa ley, donde se exalta y se celebra y se nutre el sentido de ser.

Por eso rezo mi letanía: Señor del Tiempo. Señor del Refugio. Señor del Alimento. Señor del Amor del Aceite Ofrecido. Señor de la Alquimia que convierte el confín del subsuelo, lamido por las raíces, en este aceite que fluye por mi estómago.

Desde ahí, desde mi interior, salen raíces nuevas que se expanden a través de mis capilares. Se adueñan de mí y contemplo cómo mi carne se endurece. Cómo a través de mis ojos brotan las primeras yemas del árbol.

Y ya por fin tengo la respuesta. Sé lo que sucederá cuando ya no esté mi carne en este mundo.

No me habré enterrado al pie de un olivo. Habrá un olivo y otro. Y será el reino de la Tierra. Y la Tierra dará fruto.

0/5 (0 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios