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La semana en el jardín

La semana en el jardín

Veía venir la semana que ahora acaba con cierto temor, pues parecía mi agenda la de alguien que sale de casa. Cada día, una actividad, incluso un evento. Pensaba en términos de semana, semana trágica, semana de aúpa, semanita, y el título de un libro de Ferlosio que no he leído me venía absurdamente a la cabeza: Las semanas del jardín. Digo esto para que se entienda el absurdo del título de esta pieza.

El jardín eran fiestas y personas, ropa que ponerse, que nunca se tiene, y gente a la que no quieres ver, pero también va. Además, era mi cumpleaños, efeméride irrelevante que, en todo caso, también da tarea.

El holocausto social lo generó esta revista, Zenda Libros, con sus premios imprescindibles y maravillosamente otorgados (soy jurado). El sarao era en la Fábrica de Tapices, iba la reina y había que levantar las tapas de las alcantarillas y mirar bien en los bolsillos de los abrigos, no fuera a colarse en la sala un alfiler antimonárquico.

"El caso es que un evento de esta magnitud, donde el capital simbólico vive su orgía absoluta, genera un estrés inmenso, un gasto de energías increíble"

Como el año pasado, y recordó Peláez desde ABC, se juntó en el foro fabril “el todo Madrid” que leíamos en Ruano. Sin embargo, reina, alcalde, presidenta y gente de más o menos poder que ellos (Vocento, Iberdrola) no le inspiraban a uno tanto miedo como ese con el que te llevas mal, al que has puesto a parir un libro o al que —y esto es peor aún— odias en secreto. Como es obvio, todos somos odiados a su vez en secreto por otro, y por eso en estos eventos se dan tantos abrazos, porque hay que tapar todo el rencor hacia uno mismo que produce que alguien te caiga mal y no lo sepa.

Vi cientos de abrazos, como de partir cuerpos por la mitad. Había mucho amor en el éxito de todo el mundo allí.

El caso es que un evento de esta magnitud, donde el capital simbólico vive su orgía absoluta, genera un estrés inmenso, un gasto de energías increíble, un trabajo de digestión posterior infinito. Al menos, en personas que no queremos salir de casa. He leído que hay individuos a los que el acto social y la sociabilidad en sí animan y recargan, mientras que otros (los introvertidos) se ven desecados, directamente drenados, por las dinámicas de esta fricción tumultuosa de conciencias.

A fin de cuentas, saludar mil veces agota, seguir conversaciones alternas y sucesivas o encadenadas agota; recordar quién te saluda (nombre, última vez que os saludasteis, algún comentario amable sobre algo reciente que sepas de él); reconocer rostros; interpretar frases un tanto ambiguas; asimilar interacciones tan breves que puede que alguien ya no te ajunte; disimular la sorpresa de encontrar a uno u a otro en ese exclusivo espacio; salir a fumar; llenarse de rumores y maledicencias; aplaudir para que tenga algún sentido que te hayan invitado.

Todo eso, repito, agota.

"Miraba mi agenda, ya antes de incursionar en ella, y me preguntaba: ¿Cuándo me dejará en paz la vida?"

Y, al día siguiente, volvía el exceso social, aunque con menor graduación, en los premios Julio Camba. Día en que además era mi cumpleaños (mails, llamadas, mensajes, tarde con los niños).

Y, al día siguiente del Camba, una comida. Y al día siguiente de esa comida, otra comida surgida de los premios Zenda. No hay que ir a ninguna cosa para que no te inviten a otra cosa.

Miraba mi agenda, ya antes de incursionar en ella, y me preguntaba: ¿Cuándo me dejará en paz la vida? Y, además, pensaba, sin ironía: ¿cómo pueden aguantar este ritmo Fulano o Mengano, y escribir algo; y escribir nada?

Porque esta semana concentraba más o menos mi sociabilidad entera de un año, sociabilidad que, bien distribuida, se deja llevar y es hasta sana. Pero era consciente de que muchas personas tienen este calendario aterrador como costumbre, y comen cada día con alguien, y luego cenan con alguien, y mañana sarao, y pasado, evento, y luego presentación, exposición, cena con, charla, simposio, comida con y vuelta a empezar. ¡Por eso no leen libros!

Es un ser-hacia-fuera, esto, esta vida sin libros, esta ausencia de pacificación.

"Con la cabeza tan alborotada, no hay manera de escribir algo de valor"

Entendí entonces (o confirmé) que yo no hago nada en mi casa durante horas simplemente porque necesito esa carrerilla de vacío para luego escribir algo de algún interés en un artículo, o en un libro que tenga en marcha. No puedo escribir nada si vengo de que la vida me cuente mil historias (resacas al margen). Lo más dañino de estas salidas es el eco, la réplica, la constante evaluación de informaciones inútiles. Cotilleos. Datos. Sueldos. Anticipaciones. Me vuelven a la cabeza al día siguiente, y la realidad ya pasada se reproduce trozo a trozo y resucita para ser revisada, qué dijo éste, qué dije yo, qué quiso decir éste, ¿realmente dijo alguien esto que ahora pienso?

Con la cabeza tan alborotada, no hay manera de escribir algo de valor. Es peor que tener al vecino moviendo los muebles de madrugada.

“Es tu anti-ambiente”, me dijo el editor Miguel Aguilar sobre un ambiente, en rigor, festivo, simpático, lujoso, amigable, con canapés y alcohol gratis. Chicas guapas.

Recuerdo que a este mismo editor le dije una vez, sobre sus propias galas lujosas: “Quiero que me invitéis, porque si no, me faltáis al respeto; pero, tranquilo, que yo no voy”. Me pareció un buen trato. Me invitas, y no voy.

Funcionó una vez, y ya no me invitaron más.

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