Eso es lo que imagino que piensa todo el mundo cuando está en esa situación. Y no es una sensación real; es la enfermedad que se acomoda bajo la piel, atormentándote con una dosis extra de febrícula y pensamientos delirantes fruto del dolor y la agonía. Llevaba varios días sin comer nada. Vomitando con el estómago vacío. La bilis me había dejado un amargor incómodo en la boca y la garganta destrozada. Mi voz había desaparecido entre los desgarros de la afonía y la quemazón del ácido. Se volvió grave y distorsionada. No parecía mía. Fueron los primeros síntomas. No soy el único que está pasando por este virus. Uno de los muchos que han llegado para quedarse. Supongo que no solo traspasaron la barrera aquellos organismos más evidentes a nuestra vista. Mi sobrino Hugo incluso estuvo hospitalizado. Zoe cayó y Evan también. Muchos niños y adultos. Lo de ellos fue cosa de bacterias conocidas, del covid o de la gripe. Lo mío… Lo mío, no.
Las navidades pasaron sin pena ni gloria. Yo envuelto en un sudario de gasa para no dejar a la vista la carne viva del músculo. Parecía el hombre invisible. Algo que, en realidad, es paradójico, porque, en esos casos, uno se vuelve más visible que nunca. Sin esas vendas me parecía más al engendro rescatado de la dimensión del dolor de Hellraiser. No recuerdo su nombre, solo su aspecto, similar al mío. Solamente salí de casa para ir de visita a casa de mis padres y para ver a mis hermanos. Nada de viajes ni salidas al centro comercial ni a restaurantes. Tampoco estaba el horno para bollos. Económicamente, digo. Zoe y Evan sufrieron conmigo parte del encierro. Por suerte, no todo. Ellas sí pudieron disfrutar de algunas salidas, lo cual me hizo sentir menos culpable.
Para cuando había perdido toda la piel, habían desaparecido casi todos los síntomas del malestar. Ni tos ni fiebre ni dolor de cabeza ni mucosidad ni náuseas, solo un despojo debilitado y vulnerable sin piel. Las perras no podían verme así; me miraban con recelo y no dejaban de gruñirme y ladrar. Las entiendo. Mi mujer y mi hija también me miraban con cierta aprensión. No las culpo. Yo mismo observaba esa misma mirada en los ojos que me devolvía el reflejo del espejo.
Fue antes de Reyes que empezó a cubrírseme el cuerpo de esa capa blancuzca, como de seda fina. Durante dos días aún podían verse las estrías de los músculos y el flujo de la sangre bajo esa nueva piel translúcida. Luego terminó de opacarse y me cubrió por completo con una palidez inaudita. Jamás he estado tan lívido. Se nota en la suavidad al tacto que es una dermis reciente. Ya no tengo los lunares donde solía y el vello ha crecido también de una forma diferente. Habiendo sentido el aliento de la Parca tan cerca de mi nuca, ahora, en verdad, me siento completamente renovado, restablecido. Como si hubiese vuelto a nacer. Jamás me he sentido con tal vitalidad. En los foros de internet hablan los demás afectados. No todos han superado ese periodo. No lo han hecho más por una cuestión mental que física. Verse así los ha derrotado. Quienes ya han pasado por esto antes que yo dicen que esta no es la última fase de la enfermedad y muchos obvian esa palabra por su trasfondo despectivo y hablan de esto como renaissance. Han cogido el término en francés para renacimiento. Imagino que porque suena más cool. Da igual cómo lo llamen. Hasta que no recuperé la piel, para mí fue como una maldición. La vez anterior fue menos traumático. Esta última, sin embargo, ha sido diferente. Y todos hablan de eso: de la muda y de lo que viene después.
A la sensación de euforia y vitalidad le sigue una fase de desmemoria selectiva y un crecimiento paulatino de las extremidades y el torso. Se ensancha el pecho y la espalda se abulta bajo las escápulas. El vello se desprende de forma definitiva. He visto fotos. Quienes ya están acercándose a esa fase parecen maniquíes, tan blancos y con esa piel tan lisa y perfecta. Lo de los bultos en la espalda no es más que un señuelo para hacerte creer que te brotarán alas y te convertirás en una especie de ángel. Lo que en realidad sucede es mucho peor. Así y todo, no hay ningún testimonio de lo que pasa después. La gente deja de hablar de ello y desaparecen de las tertulias virtuales. Hay otros, sin embargo, que dejan sus comentarios en la red advirtiendo que han pasado por alguno de los establecimientos del centro y han reconocido a amigos suyos posando con la ropa de esas tiendas. Yo mismo he visto un maniquí que se parece mucho a Joaquín. Es complicado reconocer algunas facciones en esa cabeza lisa sin cabello, sin cejas, sin barba, sin gafas. Se parece mucho. Esa es la verdad.
Nadie había hablado de la rigidez de las extremidades. Ni de la tranquilidad que se asienta en el corazón como un ansiolítico y te amansa la necesidad de movimiento. No recuerdo el nombre de la película aquella en la que una maniquí cobraba vida cuando nadie la veía. ¿Y si fuera al contrario? ¿Y si en realidad lo que pasaba era que despertaba de un largo sueño? Podría advertir en el foro. Nadie lo ha hecho hasta ahora, salvo esos testigos no fiables. No creo que lo haga. Se está tan bien con esta sensación. ¿Por qué habría de privar al mundo de sentirse así? Ojalá se contagien aquellos que mueven el mundo a través del miedo. Y también aquellos otros que oprimen y asesinan sin compasión. Estaría bien verlos en un escaparate. O como figuras de deshecho en un vertedero. Estaría muy bien. Mudos. Quietos.


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