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21 de enero de 1936: Una recepción en honor del nuncio

21 de enero de 1936: Una recepción en honor del nuncio

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España. En los dos primeros meses cuenta con la colaboración de Íñigo Palencia.

Martes, 21 de enero de 1936: Una recepción en honor del nuncio

Miradlos —Ramiro de Maeztu señaló a los obispos—. Ellos son los pastores de nuestra Iglesia. Fijaos cuánta hipocresía en Eijo al besar el anillo de Tedeschini, cuando todo el mundo sabe que son enemigos declarados. ¿No es cierto, don Ángel?

La residencia del muy católico embajador de Polonia se llenaba de invitados. La recepción en honor del cardenal protonuncio monseñor Tedeschini exigía la máxima etiqueta. Por allí andaba lo más insigne de la jerarquía católica, como el cardenal Gomá, el obispo de Madrid Eijo Garay o el obispo de Salamanca Pla y Deniel, representantes de legaciones diplomáticas como los embajadores de Estados Unidos, Italia, Irlanda, Francia, Argentina o Portugal, además de agregados y secretarios de embajada, algunos redactores de El Debate, ABC y Ya, y un largo etcétera de damas y prohombres de la alta sociedad española. Tampoco faltaban fervorosos conservadores como Ramiro de Maeztu, Ángel Herrera o el conde de Rodezno. La velada se desenvolvía como suelen las recepciones diplomáticas, donde nadie sube el tono más de lo indicado y los susurros se oyen en una babel de lenguas. Arañas de cristal iluminaban la recepción de aquel hotelito de la calle Lagasca, residencia del embajador polaco.

"Todo rebaño necesita un pastor. ¿Quién es el nuestro? ¿Quién lidera a las derechas en este país? Ninguno y todos a la vez. Las envidias envenenan a los políticos, y eso los electores lo acaban percibiendo"

—Como bien sabe, don Ramiro, uno es esclavo de sus palabras y dueño de sus silencios —respondió Ángel Herrera.

Su sonrisa advertía que no correspondía continuar por ahí. Herrera era el director de El Debate y también el ideólogo, en muchos sentidos, de la CEDA, el partido afín a su periódico.

—Los hombres de Dios son humanos —continuó Maeztu— y no hay nada malo en sufrir pasiones mortales, por muy príncipe de la Iglesia que se sea. De todas formas, a nuestro lado, la Iglesia española es un ejemplo de unidad. Al menos tienen un jefe indiscutible, un líder que señala el camino y dicta las consignas a la feligresía. Todo rebaño necesita un pastor. ¿Quién es el nuestro? ¿Quién lidera a las derechas en este país? ¿Gil-Robles? ¿Calvo Sotelo? ¿Nuestro amigo Antonio Goicoechea? Ninguno y todos a la vez. Las envidias envenenan a los políticos, y eso los electores lo acaban percibiendo…

—En una monarquía, desde luego, no existen esas limitaciones —asintió el de Rodezno, el jefe del cada vez más pujante carlismo—. El rey guía a la nación y es el referente del pueblo. Mirad cómo lloran hoy los ingleses a Jorge V.

—O mucho cambian las cosas, o las siguientes elecciones van a ser un fracaso… —profetizó el ceñudo Maeztu, con su voz monocorde.

—Pues yo no comparto su pesimismo, don Ramiro. Mire cómo llenamos los cines en los últimos mítines. Ha sido la prueba de que en España hay mucha gente que quiere la vuelta de la monarquía y el orden. Todos ellos son votantes.

"Azaña se ha sacado de la manga el Frente Popular para agrupar todos los votos de las izquierdas, mientras que nosotros no hemos sido capaces de alcanzar ningún pacto parecido"

—¡Bah! Unos cuantos paniaguados que luego van a pegar la gorra en los banquetes después de los mítines. Si las derechas no organizan un frente común, nos llevaremos un disgusto. Azaña lo ha entendido como nadie. Ese sapo lleno de verrugas se ha sacado de la manga el Frente Popular para agrupar todos los votos de las izquierdas, mientras que nosotros no hemos sido capaces de alcanzar ningún pacto parecido.

—Sí, pero el Frente Popular va a ser una merienda de negros. ¿Cómo van a entenderse Azaña y Largo Caballero?

La conversación desfalleció, en ese momento, de forma repentina.

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