Un ejecutivo de cuentas de una agencia de publicidad siente que el tedio se ha adueñado de su existencia. Quiere cambiar su vida, pero no sabe cómo hacerlo. Hasta que un día descubre que unos okupas se han adueñado de una casa próxima a la suya… y toma una decisión.
En este making of Nacho Herrero explica cómo escribió Odio mi vida (Grijalbo).
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Una mañana de 2023, llevando a mi hijo Marc al colegio, me topé con una pintada hecha con spray en la pared de un edificio del barrio de la Bonanova. En la pintada, una sola frase llena de rabia:
Muy cerca de allí se encontraban El Kubo y la Ruïna, dos edificios okupados del barrio, desde 2019 y 2016 respectivamente. Hasta el momento no había habido fricciones con los vecinos… pero aquel era año de elecciones.
Lo que más despertó mi interés al leer esa frase fue el choque entre dos maneras de entender el mundo tan alejadas: el movimiento squatter y la burguesía catalana conviviendo pared con pared.
El conflicto entre dos mundos era un tema que ya había explorado en Extraños bajo la luna roja (donde narré el romance entre una cirujana de clase acomodada y un camello) y era (es) un tema que me resulta realmente inspirador.
La semilla ya estaba plantada en mi mente, y mi día a día laboral (trabajo en una agencia de publicidad) me proporcionó el entorno perfecto para desarrollar el conflicto. Perfecto porque conozco el sector publicitario desde dentro. Y perfecto porque ¿qué puede haber más opuesto a un okupa que un publicista? (Sobre lo que ocurre en la agencia de Leo, el protagonista, diré que todo parecido con la realidad es…)
Con ese entorno entre manos, solo tenía que buscar un argumento, un hilo conductor, y ponerme manos a la obra como ya había hecho antes con mis otras obras.
Mi forma de trabajar en una novela siempre es la misma. Primero escribo una sinopsis de una o dos páginas, el clásico “introducción-nudo-desenlace”. Después desarrollo la historia dividida y ordenada (y desordenada) en capítulos. Les doy título a estos (y con el título, adquieren personalidad y carácter propio) y escribo cinco o seis líneas de cada uno.
Este trabajo previo me suele ocupar un par de meses. Hasta que termino esto, no me pongo a narrar. Y cuando tengo esto listo, no hay quien me pare.
Suelo completar cada capítulo en una semana. De esta forma me autoimpongo deadlines semanales. Hay otra cosa que también me presiona a escribir: los lunes le mando a mi hermano lo que he trabajado, haya escrito media o diez páginas.
Estoy repasando los documentos y observo que tardé diez meses en escribirla. Mirando el número de capítulos veo que, exactamente, cumplí con el timing de un capítulo semanal. Exactamente. A veces me doy miedo.
El hecho de tener un mapa de la historia no implica que este sea rígido. Por un lado, los protagonistas, Leo y Lorena (el publicista y la okupa), conforme iban pasando los capítulos, iban adquiriendo carácter, de manera que, en ocasiones, me decían que eso que tenía planeado para ellos no iba con su personalidad, y que no pensaban hacerlo ni de coña. Así son Leo y Lorena, espero que los conozcáis. Y no hablemos de Los Reyes del Asfalto, la banda de motoristas subcontratada por un chiringuito de desokupación… Esos hacían lo que les daba la gana.
Pero no solo los personajes torcieron (bien) el camino que tanto me había currado durante dos meses (por cierto, ahora me fijo: dos meses de sinopsis + planificación y diez meses de narración = doce meses = un año. Exactamente. A veces me doy miedo). Al estar la historia ambientada en el presente, la actualidad, los acontecimientos, las noticias que iba viviendo, me guiaban desviándome correctamente del camino. Si Trias un buen día (malo para él) soltó “Que us bombin a tots”, Leo lo vio por la tele; cuando Juanito, dueño del Pinotxo, murió, Leo lo lamentó; y, por supuesto, cuando en noviembre de 2023 los okupas fueron desalojados por los Mossos D’Esquadra, después de una batalla campal en la plaza Bonanova… Lorena también sufrió las consecuencias.
Una vez terminado el primer borrador, me dispuse a revisar los aspectos sobre okupas y sobre procedimientos policiales: la documentación sobre temas que no son lo mío.
¿Por qué me documenté después? Me tomo muy en serio la veracidad de lo que escribo, pero como para narrar la historia que quería explicar los aspectos más “técnicos” no eran decisivos, tan solo construían un entorno, preferí que estos no me pusiesen barreras creativas. Después de documentarme (y comprobar que, evidentemente, alguna cosa aquí y allá no era correcta) revisé algunos fragmentos y los adapté a la realidad más técnica.
Para ello Albert, mi “mosso de confianza”, leyó el manuscrito y me alertó de alguna terminología o algún procedimiento incorrecto. Y Chicka, amiga con relaciones con el mundo okupa, también me explicó unas cuantas cosas en varias reuniones que tuvimos en una terraza del barrio de Gràcia. La documentación sobre publicistas la llevo metida en el cerebro (por suerte o por desgracia). Y el final me lo regaló una reunión que tuve en la agencia en la que trabajaba. Pero no voy a hablar de eso, primero, porque es el final, y segundo, porque no quiero que nadie se enfade (siendo sincero, no hablaré de eso solo por lo primero).
Ah, me olvidaba. Stephen King también “me echó un cable”… pero eso es una sorpresa que está reservada para “lectores constantes”.
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Autor: Nacho Herrero. Título: Odio mi vida. Editorial: Grijalbo. Venta: Todos tus libros.


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