Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España. En los dos primeros meses cuenta con la colaboración de Íñigo Palencia.
Miércoles, 22 de enero de 1936: Agitación en la Universidad Central
¡Cardenal, dimisión!
La vida universitaria seguía fragmentada en facciones irreconciliables. Por las aulas desfilaban un sinfín de agrupaciones políticas, y hoy eran los antimarxistas quienes ponían el grito en el cielo. Las confederaciones juveniles católicas, las tradicionalistas y las juventudes universitarias de Renovación Española habían convocado una huelga estudiantil como protesta contra el separatismo y la concesión de la autonomía a Cataluña; de ahí el interés de Pla.
Los cachorros de las derechas voceaban consignas sobre la unidad de España y algunos grupos iban desalojando, entre forcejeos e insultos, las facultades. El principal incidente había tenido lugar la víspera en Ciencias, cuando, al no suspenderse las clases, algunos alumnos huelguistas saltaron la tapia de la calle Amaniel y dentro se encontraron con que dos profesores les hacían frente con pistolas. El escándalo llegó al ministerio y hoy las derechas pedían la expulsión de la universidad de su rector por no destituir a los dichos profesores.
—¡Cardenal, dimisión!
Los ánimos estaban muy caldeados en San Bernardo, donde la única facultad que no suspendía las clases volvía a ser la de Ciencias. Los de Renovación Española y los tradicionalistas ya tomaban posiciones a la entrada.
—A ver si hoy se atreven a sacar las pistolas… Hoy van a salir por pies todos estos bolcheviques —dijo uno, frente al edificio.
Desde las diez de la mañana no cesaban los gritos pidiendo la cabeza del rector y un grupo de guardias de Asalto, recién llegados también, tomaba posiciones cerca y se preparaba a intervenir. Al ver que el edificio seguía sin desalojarse, los huelguistas se dispusieron a entrar. Los clásicos insultos, gritos y algún empujón entre estudiantes se sucedieron por los pasillos. Esta vez ningún profesor intervino y el decano de Ciencias, apareciendo en la entrada, anunció a voces, entre el jolgorio de los cachorros de las derechas, que quedaban suspendidas las clases. El edificio fue desalojado y los estudiantes celebraron su éxito mientras los guardias de Asalto los vigilaban desde la otra acera.
Aún continuaron un rato los consabidos «¡Cardenal, dimisión!», y el número de huelguistas concentrado ante la universidad seguía creciendo. El tráfico se había cortado en toda la calle y, ya hacia el mediodía, los más exaltados se dirigieron al vecino Instituto Cardenal Cisneros para que los bachilleres se unieran también a la huelga.
Josep Pla los siguió, tomando nota en su libretilla para su crónica del día.


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