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La Odisea: de lo inefable radical

La Odisea: de lo inefable radical

Alienado de sus propios actos, un fantasma ronda los bordes de una existencia que no le pertenece: “Háblame musa, de un hombre de ingenios”. Crónica del atrincheramiento de un corazón frente al dolor, este intemporal poema épico nos ofrece la progresiva confirmación de que el protagonista no se esconde en el retiro espiritual de la página en blanco, sino que lidia, tan lúcida como descarnadamente, con la indiferencia del destino: “Cuéntanos siquiera un poco, diosa, retoño de Zeus”.

Suponen los veinticuatro cantos de la Odisea (Oficina de Arte y Ediciones, 2025; Prólogo y traducción de Juan Manuel Macías) una celebración de los silencios y las contorsiones de la actualidad. En esencia, Homero (siglo VIII a. C.), su autor, nos habla, precisamente, de lo que no podemos hablar, cuestionando un hecho indecible: lo inefable radical que mora en el centro de la existencia, más allá del lenguaje.

"Ya sea a través del impulso visceral o la liberación textual, comprendemos qué subyace al mutismo energizado por el conflicto que impregna al protagonista"

Una sobriedad estilística no escatima una significativa conexión emocional: “Vengo a implorarte, señora. ¿Eres mortal o eres diosa?” Contenido el fraseo, acumulativos los efectos de un artefacto minimalista tan controlado como austero, compuesto en el siglo VIII a. C., urdidor, sin embargo, de una totalidad en fragmentos que sobrepasan la cantidad de detalles que contienen.

Los intercambios entrecortados estallan en exclamaciones para narrar la vuelta a casa, tras la guerra de Troya, del griego Odiseo. Una sensación de distanciamiento psicológico repercute en el desenlace emocional: “Nadie es mi nombre, y Nadie es la forma en que me llaman/ mi madre y mi padre y todos mis restantes compañeros”. A pesar de este solipsismo sobrenatural, el héroe sobrevive en una férrea corporalidad que raras veces articula verbalmente.

Ya sea a través del impulso visceral o la liberación textual, comprendemos qué subyace al mutismo energizado por el conflicto que impregna al protagonista. Si bien su experiencia vital está definida por el trauma de la batalla, la envergadura del combate apenas logra encapsular la inminencia de la muerte: “Tristes vosotros, que vivos, bajasteis a donde Hades, / y dos veces habéis muerto, mientras que el resto una sola”.

"A la aceptación flemática de una inquietante resignación se opone el periplo de Odiseo como agente de su propio destino e impulsor de destinos ajenos"

Se revelan la naturaleza y las implicaciones de una ingenuidad distante pero curiosa, que se ocupa de los placeres de la aventura consistente en poner una palabra tras otra para dar cuenta de los años que Odiseo invierte en regresar a la isla de Ítaca, de la que fue rey, período durante el cual su hijo Telémaco y su esposa Penélope entretienen en palacio a los pretendientes que buscan desposarla.

A la aceptación flemática de una inquietante resignación se opone el periplo de Odiseo como agente de su propio destino e impulsor de destinos ajenos, un “yo trabado en dolor por Zeus y los otros dioses, / que me desviaban lejos de la ruta hacia mi patria”. Retrata el aedo a un ser humano capaz de escapar de los continuos problemas a los que se enfrenta sacudido por fuerzas que escapan a su voluntad, ya sean los deseos materiales o las inmateriales ondulaciones de la voluntad.

"En una época de ambiciones ontológicas y artísticas audacias, se impone regresar a este clásico para abordar las grandes preguntas sobre la extraña sensación de estar vivos"

Se nos insta en la Odisea a reflexionar antes de actuar: “Itacenses, detened la contienda, / y separaos enseguida, y no corra más la sangre”. El lector que recorre la composición es el participante flemático e invariablemente pasivo de los acontecimientos de una peripecia sometida a los acontecimientos universales, por lo que adquiere de facto la condición de caminante existencial.

“La Odisea no solo es una búsqueda de la memoria” sostiene el filólogo, helenista, poeta, traductor y tipógrafo Juan Manuel Macías (Cartagena, 1970) en el prefacio: “También se nos antoja una encendida refutación de la línea recta”. En nuestro airado siglo XXI diríase más pertinente que nunca regresar a esta homérica confrontación con la mortalidad. En una época de ambiciones ontológicas y artísticas audacias, se impone regresar a este clásico para abordar las grandes preguntas sobre la extraña sensación de estar vivos y sobre qué significan, si es que algo significan, presente, pasado y futuro.

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Autor: Homero. Título: La Odisea. Traducción: Juan Manuel Macías. Editorial: La Oficina. Venta: Todos tus libros.

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