Tengo por costumbre abrevar en las recomendaciones y referencias literarias de mis escritores y músicos favoritos. El razonamiento es obvio: si A, a quien adoro, me dice que B es la releche, me fío de A, indago en la obra de B y la degusto. Casi siempre he acertado. Así, llegué a Rimbaud por Dylan; a Orwell —y a los beat, y a Julian Barnes, y a Don DeLillo…—, por Bowie; a Flannery O’Connor, por Nick Cave; a Shakespeare, por Raúl del Pozo; a Conrad, por Pérez-Reverte, y a Guido Morselli, por Juan Manuel de Prada.
Roma sin Papa lleva años descatalogadísimo. Lo pillé en Iberlibro hace unas semanas, por veintipocos euros —una librería de Barcelona lo vende por 50—. Me jode parecer un comercial de este tipo de webs, pero, lamentablemente, los libros que más me interesan sólo se pueden localizar en el mercado virtual de la segunda mano.
Curioso tipo Morselli. Anagrama lo describe como un “hombre de vastísima cultura”. Niño bien de Bolonia, publicó un par de ensayos literarios en los cuarenta y, posteriormente, escribió un puñado de novelas que, en su totalidad, fueron rechazadas por las editoriales. El 31 de julio de 1973, se quitó la vida pegándose un tiro con una Browning a la que apodaba “la chica del ojo morado”. Al año siguiente, Adelphi publicó su primera novela, escrita ocho años antes: Roma sin Papa.
En el prólogo, el escritor y crítico literario Giuseppe Pontiggia recuerda a Zamiatin, quien aseguraba que la tragedia de la vida sólo se puede superar a través de la religión y de la ironía: “Morselli buscó las dos y, en el plano de la expresión, en ocasiones trató de fusionarlas”. Hay una pátina de decepción, un regusto de amargura en las páginas de Roma sin Papa, gestada a los pocos meses de que concluyera el Concilio Vaticano II. El autor atiza a la Iglesia desde el conservadurismo; se cisca, sobre todo, en la “protestantización” —“Los católicos no comprenden que, protestantizándose, pierden su capacidad de fascinar a los protestantes”, dice su personaje Bonnet—. Por otro lado, me choca que alguien que parte de semejante trinchera acabara tomando la de Kurt Cobain: la Iglesia afirma que el suicidio es infamante en sí mismo, degrada la “civilización humana” y es totalmente contrario “al honor debido al Creador” (Gaudium et spes, 27). Qué sé yo.
Lo que sí sé es que me lo he pasado como un enano leyendo Roma sin Papa, un librito divertidísimo, mordaz, muy documentado, por el que discurren unos personajes extraordinarios y raros de narices. El protagonista, don Walter, es un cura suizo casado –“Lotte y yo somos un matojillo nudoso, a veces lleno de espinas, y sin ramas ni frutos”– que, a finales de los noventa, se planta en Roma para que lo reciba el papa Juan XXIV, un irlandés agoráfobo que ha trasladado su residencia a Zagarolo, sita a 40 kilómetros al este de la capital italiana, y que tiene por novia a Oona Lynne Berenice Maraswami, india de Bangalore “teósofa y misionera de budismo zen, cincuentona, fea y no por condescender con la moda, pozo de ciencias vertiginosas, autora de cuatro volúmenes sobre el neoplatonismo y su influencia en el misticismo oriental” que “tiene acceso directo a Su Santidad cuando se detiene aquí en viaje hacia la ONU, donde es miembro influyente de varias comisiones”.
Juan XXIV lidera, o algo así, una iglesia anómica y completamente zumbada que pretende “bautizar a Freud” —“Quien posee el psicoanálisis posee el mundo”, dice el cura Rusticucci— y que garantiza la condición de inmaculada de la Virgen María porque “la mujer no tiene Super Ego, ergo no tiene alma, ergo la Virgen, que es mujer, no es susceptible de pecado”. Se ordenan diaconisas, hay seminaristas que anuncian la muerte de Dios, la Plaza de San Pedro es “sólo un mausoleo”, amén de “un formidable salón de conferencias o de conciertos, gracias al sistema de amplificación”, los anglicanos han vuelto al redil y la Iglesia española se ha dado el piro: “La república postfranquista está en la vanguardia del progresismo teológico”. Escribe Morselli: “Después de haber abolido las corridas, mira por dónde, España ha dejado de ser el baluarte de la ortodoxia católica”. Una absoluta exageración. No hemos pasado del exobispo de Solsona y de las monjas de Belorado. A Dios gracias, supongo.


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