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24 de enero de 1936: Los presos políticos

24 de enero de 1936: Los presos políticos

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España. En los dos primeros meses cuenta con la colaboración de Íñigo Palencia.

Jueves, 24 de enero de 1936: Los presos políticos

Parece que Portela ya empieza a caciquear desde Gobernación para amañar las elecciones —dijo Santiago Carrillo.

A los presos políticos de la Modelo se les congregaba en la galería que daba al sur, y los almuerzos, con tanta gente de labia, eran animadísimos. El cocido, para quien podía pagárselo, se traía de Casa Samuel, una taberna cercana en la antigua calle de Princesa, entonces de Blasco Ibáñez. Ese día hubo carne de gallina y morcilla. Todos comían con avidez mientras discutían.

—Los partidos empiezan a organizarse y a armarse, tanto nuestros milicianos como los falangistas de José Antonio —continuó Carrillo, en una de las mesas.

"El ambiente entre los presos políticos no tenía nada que ver con el que iba a vivirse durante el franquismo"

La Cárcel Modelo, conocida popularmente como el Abanico por su forma panóptica, tenía cinco galerías radiales que convergían en un pabellón o rotonda central poligonal de vigilancia. Eso daba al edificio un aspecto inconfundible en plena plaza de la Moncloa. A las doscientas celdas por galería, escalonadas en cuatro pisos y planta baja, se sumaban los pabellones centrales de los presos políticos. En total, un millar de celdas individuales con militares detenidos, presos sociales o comunes, comunistas, anarquistas y vagos mezclados en la quinta galería con condenados por delitos de sangre. Cada celda era un micromundo con retrete de tapa de madera, cama de hierro y algún colchón echado al suelo. Pese a que a la Modelo se la conocía también como cárcel Modular, porque cada recluso disponía de su propia celda, lo cierto era que, como todas las prisiones españolas, acogía más población de la debida y en ciertos pabellones podía haber hasta tres y cuatro maromos por celda.

En todo caso, el ambiente entre los presos políticos no tenía nada que ver con el que iba a vivirse durante el franquismo. A lo mejor porque eran conscientes de que cuando cambiara el signo del Gobierno podrían ser ellos los presos, quienes estaban en el poder se encargaban de que las condiciones del cautiverio fueran las mejores. No es que fuera un hotel, pero había libertad de movimientos en el interior del recinto, no se comía mal, y los internos recibían y comunicaban con sus visitas con gran facilidad a través de rejas. Así se pasaban cartas sin peligro, pues los funcionarios hacían la vista gorda. Y la prensa legal e ilegal circulaba por los locutorios. El propio Juan March, el banquero, había estado encerrado allí un tiempo. Era un lugar privilegiado para hacer amistades políticas entre gentes de signo afín, y allí coincidieron en los últimos dos años los responsables de la revolución del 34, entre ellos el recientemente liberado Largo Caballero, con jóvenes como Santiago Carrillo y tantos otros. Resultaba difícil no conspirar, cuando los juntaban en la misma galería.

"Si ganan las derechas las elecciones, será una catástrofe: adiós a la revolución, adiós a la reforma agraria, adiós a todo en lo que hemos creído siempre"

—Bueno, ya llevamos tiempo así —contestó un compañero de partido, sentado enfrente—. No le veo la novedad.

—La novedad es que esta vez se prepara algo gordo. Por lo que me dicen los compañeros de fuera, es ahora o nunca. Si ganan las derechas las elecciones, será una catástrofe: adiós a la revolución, adiós a la reforma agraria, adiós a todo en lo que hemos creído siempre —exclamó Santiago Carrillo, que era líder de las Juventudes Socialistas. Los jóvenes del PSOE no estaban de acuerdo con la línea reformista de Julián Besteiro, su actual presidente—. Dicen que la UGT y la CNT también comienzan a repartir armas para enfrentarse a los falangistas. O sea que, aunque no lo esté diciendo la prensa republicana, cada vez hay más jaleo fuera —concluyó, sorbiendo lo que le quedaba de la sopa del cocido.

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