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Corrosiva Angélica Liddell

Corrosiva Angélica Liddell

La personalísima originalidad creativa —término más apropiado en este caso que el calificativo “literaria”— de Angélica Liddell tiene su expresión más conocida, tan jaleada como controvertida, con tantos hooligans como detractores, en su anticonvencional teatro. Sostiene su dramaturgia incendiaria un sólido fondo de disidencia de la moral burguesa que constituye una forma radical de apreciar la vida en toda su extensión, desde la metafísica hasta la dimensión material. Por las chirriantes escenas y enardecidos mítines de sus parábolas dramáticas desfilan los mitos, el pensamiento mágico, la filosofía, la muerte, el sexo, la locura, la violencia y múltiples clases de transgresiones que arroja a la cara del espectador. Es su modo peculiar de afrontar el mundo, y no otra cosa cabe esperar de ella al cambiar de registro literario, cuando deja el teatro y se pasa a la narración o a la poesía. En realidad, para Angélica Liddell no hay registros que valgan, solo existe una furia huracanada que impregna todo lo que sale de su pluma, de su cabeza o de sus vísceras. Solo existe algo, una realidad que derruir o exorcizar. Y alguien que acomete tal empresa, ella misma.

Para su afán demoledor, Angélica Liddell suele acudir a la palabra hecha acto sobre el escenario, pero recurre a veces a la poesía y a la palabra que narra por escrito. Cambia el medio, pero no el fin. Su mundo siempre es el mismo, algo que comprobamos en Cuentos atados a la pata de un lobo. Las 35 piezas reunidas nos hablan también, con idéntico propósito y con parecido énfasis, de los asuntos señalados. En ellas los encontramos, con un criterio puramente acumulativo, sin orden ni concierto, sin plan general alguno, sin la menor unidad formal, mezclando el discurso apasionado y la expresión de apariencia poemática a causa de su presentación en líneas partidas.

"No se trata, sin embargo, de un ejercicio maniático que se acabe en sí mismo. Tiene un fondo más sólido que remite nada menos a una cuestión tan sustantiva como la función de la literatura y del escritor"

Encontramos violencia a raudales. Sexo sin tasa. Materia excrementicia con profusión. Menudean y se encadenan pollas, braguetas, heces, eyaculaciones, escatología, coños, violaciones, asesinatos, despieces de restos humanos, “follagallinas”, pústulas, roña, orines, mugre, inmundicias, vómitos, personas deficientes, incesto, mutilaciones, antropofagia, suicidios… Todo ello comunicado con un lenguaje y una imaginería que hace juego con ese mundo degradado: “A nadie le importa si en la tienda de animales dejo que los perros me chupen la vagina o que los pájaros me picoteen el clítoris o que los hámsteres se revuelvan en mis bragas y los asfixie con el agujero del culo. A nadie le importa cómo me corro”.

El gusto por la casquería y la transgresión distingue a Angélica Liddell y marca, como es previsible, Cuentos atados a la pata de un lobo. No se trata, sin embargo, de un ejercicio maniático que se acabe en sí mismo. Tiene un fondo más sólido que remite nada menos que a una cuestión tan sustantiva como la función de la literatura y del escritor. Justo a esto se refiere uno de los textos más relevantes del libro, “Academia”.

"Esto conduce, en la calentura mental-transgresora de Madssen-Liddell, a la reivindicación del escritor marginal y contestatario"

Arranca esta pieza con un acto de violencia y barbarie muy liddelliano. El enfático narrador en primera persona, Oliver Madssen, quizás alter ego de la propia autora, refiere cómo durante varios días hizo caer en sus trampas a una variedad de pájaros. Después se dedicó a “la niña”. Fue estrangulando uno a uno a los pájaros y a continuación a la niña porque “uno no puede evitar sentir compasión y pena por las cosas pequeñas de este mundo”. Fue clavando los animales —una cincuentena de pájaros: jilgueros, estorninos, petirrojos, verderones…— en el cuerpo de la criatura como si fuera un alfiletero de carne. El apuñalamiento lo convirtió en “una protesta CONTRA la Academia Sueca, un acto vacío de compromiso salvo con la CREACIÓN” (mayúsculas del texto).

Oliver Madssen continúa con un discurso enracimado, muy propio de la escritura teatral de Liddell, en el que proclama que tendría que existir un Premio Nobel de Literatura “PARA ESCRITORES ASÍ”, que debería concederse solo “a los poetas agazapados tras las zarzas, capaces de estrangular a una niña sin motivo aparente”, o no matarla, “sino arrancarle las vísceras del cuerpo todavía vivo […]”. Prosigue la invención visionaria que aunque esto tendría que ser objeto de un Premio Nobel, al contrario, las academias necesitan asegurar un determinado relato, “cerciorarse de que el discurso del escritor premiado va a estar de acuerdo con las cobardías generales y el lugar común”. Los académicos, sentencia, premian “a personas que saben comportarse, se premia el buen discurso y el buen comportamiento, y sobre todo el buen comportamiento en sociedad, saber comportarse, ir a comer y a cenar, no poner los codos encima de la mesa”, etc.

"Los cuentos de Angélica Liddell cristalizan una mirada desacralizadora de la vida y confirman la actitud incendiaria de la autora contra todos los convencionalismos ideológicos y sociales"

En suma, las academias gratifican los servicios prestados, “a los mentecatos y lameculos que les escriben los discursos a los presidentes de Gobierno”, se premian estas “patochadas” y nunca premiarían a un lunático de manicomio ni a un recluso en la cárcel; nunca se lo darían a “alguien que ve belleza en un condenado a muerte, como Genet”. Porque no se piensa en la literatura sino en los ministros, aclara. El Nobel es la ceremonia del conformismo, cuando “precisamente el poeta es un desintegrado y lucha por la desintegración total”. Esto conduce, en la calentura mental-transgresora de Madssen/Liddell, a la reivindicación del escritor marginal y contestatario: “Al escritor que da problemas se le aparta, se le llama problemático, cuando, vaya mierda, la misión del escritor, en caso de que necesite una misión, es precisamente dar problemas”, ser alta y peligrosamente problemático. En fin, desatado Madssen en una auténtica logorrrea, y tras quejas incendiarias porque nunca le darán el Nobel a alguien como él, atribuye un papel a los creadores: “¡Un artista no quiere salvar el mundo! ¡Un artista quiere destruir el mundo!”.

Los cuentos de Angélica Liddell cristalizan una mirada desacralizadora de la vida y confirman la actitud incendiaria de la autora contra todos los convencionalismos ideológicos y sociales. Una escritura alucinada sostiene semejante visión del mundo. Quiere ser una escritora corrosiva, y a tal objetivo despliega dosis generosas de invenciones cáusticas y una palabrería mordaz. Esta Savonarola de la posmodernidad pretende soliviantar al lector. El problema reside en que la sociedad actual es capaz de asimilar tales provocaciones con absoluta naturalidad, sin necesidad de reprimirlas o censurarlas. Por otra parte, la redundancia en los temas y en el artificio literario produce un efecto anestesiante: lo que Liddell dice y cómo lo dice resulta previsible y reiterativo, y en ello se pierde buena parte de su eficacia revulsiva. A la postre sus filípicas se hacen cansinas. Lo cual no es impedimento para reconocer que una escritura que pone patas arriba el conformismo burgués de un sector mayoritario de lectores —el mismo que paradójicamente asiste a sus espectáculos o compra sus libros— sea conveniente para la buena salud del sistema literario.

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Autora: Angélica Liddell. Título: Cuentos atados a la pata de un lobo. Editorial: Malas Tierras. Venta: Todos tus libros.

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