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Blaise Cendrars va al encuentro de su brazo

Blaise Cendrars va al encuentro de su brazo

Romain Gary, el único escritor que ganó dos veces el premio Goncourt (1956 y 1975), recuerda en Promesa del alba (1960), acaso su novela (autoficción) más celebrada, que, siendo un niño, su madre le decía que solo debía pegarse en tres supuestos: si la insultaban a ella —a la progenitora del futuro autor—, por una chica que le gustase, o por Francia. En cualquiera de estas circunstancias, aquella señora solo volvería a admitir a su hijo en casa si había dado su merecido al miserable que hubiera proferido las injurias o, en el peor de los casos, malherido en buena lid por la reparación. Ya no quedan madres así.

El 21 de enero de 1961, hace hoy 65 años, llegado el momento del periplo postrero, el único viaje del que no habría de regresar a su amado París, Blaise Cendrars —ese transeúnte por los paisajes más remotos del horizonte europeo de entonces, al igual que por los ámbitos exclusivos de su imaginación—, partió en busca de su brazo derecho. En efecto, lo había perdido luchando por Francia en el segundo año de la Gran Guerra, mientras combatía junto a su regimiento de la Legión Extranjera en la batalla de Champaña (1915), primera gran ofensiva de los aliados contra el Imperio Alemán. La amputación —por debajo del codo— puso fin a la actividad musical del pianista que empezaba a despuntar en Blaise Cendrars. Pero le abocó inexorablemente al muy noble y siempre improductivo oficio de las letras, una vocación ya manifiesta en los versos de La Pascua en Nueva York (1912), Secuencias (1913) o Prosa del Transiberiano y de la pequeña Jeanne de Francia (1913).

"Dado el amor de ambos a la patrie, así como sus dotes para la poliglotía, Francia los nombró cónsules. El autor de La promesa del Alba lo fue en Los Ángeles; Cendrars, en el París de las vanguardias: un momento estelar de la humanidad"

“Escribir es un incendio que abrasa un sinnúmero de ideas e inflama las asociaciones de imágenes antes de reducirlas a crepitantes ascuas y a una lluvia de cenizas”, apuntará el manco de Champaña en Aix-en-Provence el 21 de agosto de 1943. Será en la introducción a El hombre fulminado (1943) —primer tomo de sus memorias—. Aquel verano lo pasa lejos de París, en Provenza, en la semiclandestinidad: figura entre las listas de los más buscados por las autoridades alemanas, desde que estos censuraron sus colaboraciones en la prensa inglesa durante la ocupación de Francia. Y los subalternos de la Gestapo, como José Giovanni —futuro creador del polar, el relato criminal francés— de muy buena gana le llevarían al suplicio. “Pero si las llamas desencadenan la alarma, la espontaneidad del fuego continúa en el misterio. Escribir es quemarse vivo, pero también es renacer de las propias cenizas” (ibidem). Esa Ave Fénix que fue nuestro egregio manco —como tantos legionarios, bien es verdad— hace 65 años no habría de renacer.

Ni uno ni otro eran franceses de origen. Gary vino al mundo en Lituania (Vilna, 1914); Blaise era un suizo francófono (La Chaux-de-Fonds, Neuchâtel, 1887). Francia los naturalizó, los hizo comandantes de la Legión de Honor —Gary fue un héroe de la Segunda Guerra Mundial— y dado el amor de ambos a la patrie, así como sus dotes para la poliglotía, Francia los nombró cónsules. El autor de La promesa del Alba lo fue en Los Ángeles; Cendrars, en el París de las vanguardias: un momento estelar de la humanidad.

"Lo que sucede es que, sobre este hombre de letras, y sin embargo también de acción, que hoy celebramos cayó ese olvido en el que languidecen tantos autores tras su deceso"

Aunque este último no fue un cargo oficial, la amistad que le unió con algunos de los protagonistas de la creación artística y literaria de aquel tiempo —Guillaume Apollinaire, Marc Chagall, Fernand Léger, Léopold Survage, Modigliani, Csaky, Oleksandr Arjípenko, el matrimonio Delaunay— hacen que la crítica nos hable de él como del inventor de una poesía moderna que rompe con la armonía clásica, libera el verso, hibrida registros y materiales e integra la fragmentación urbana, la velocidad y el sueño como nuevos temas centrales. Su escritura se sitúa en el tránsito de la confianza finisecular a la angustia del siglo XX, asumiendo herencias simbolistas y románticas, pero desbordándolas mediante imágenes abruptas, asociaciones imprevistas y una sintaxis rota que abre camino a las vanguardias…

Sí señor, Blaise Cendrars, a quien hoy conmemoramos con el entusiasmo que nos merecen todos los vanguardistas, ya manco por Francia, lejos de volverse pacifista, como tantos autores británicos —Tolkien, Robert Graves, acaso Gerald Brenan— se convierte en uno de los mayores apologetas de la vida temeraria. Más que el bueno de Hemingway, ya tan manido. Lo que sucede es que, sobre este hombre de letras, y sin embargo también de acción, que hoy celebramos cayó ese olvido en el que languidecen tantos autores tras su deceso. El vanguardista que inspiró por igual al surrealismo y al futurismo, convierte su propio cuerpo en emblema de la violencia del siglo. Lo que en Hemingway es el deporte de acción, en el gran Cendrars es el contrabando; lo que en el estadounidense son coqueteos con el estalinismo, en Cendrars es un loable interés por los marginados. Así, Blaise será uno de los primeros en transcribir en Europa las tradiciones orales del África subsahariana y era toda una figura legendaria entre la comunidad romaní francesa. Tanto fue así que si hubiera que poner una melodía a estas líneas —la música nunca dejó de jugar un papel importantísimo en la literatura del gran Blaise—, dicha melodía habría de ser algo de jazz manouche. Ese swing maravilloso que tuvo en Django Reinhardt uno de sus pilares. No hay constancia documentada de que el escritor y el músico fueran amigos. Pero es tan agradable creer que fue así, como leer sobre cómo el humor, la brutalidad, y la melancolía dan lugar a una prosa desordenada, indómita en obras como Moravagine (1926), Cuentos negros para niños blancos (1928), La vida peligrosa (1938)… Esa crítica, que 65 años después del viaje sin regreso del vanguardista manco nos descubre ahora a Blaise Cendrars, habla de cómo la experiencia extrema —la guerra, el viaje, la pérdida del brazo, el vértigo de la modernidad— se vuelve forma en sus cautivadoras páginas. Recordemos a un hombre fulminado entre las letras y la acción.

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