La amistad funciona bien mientras no cuesta nada.
Mientras no hay riesgo, incomodidad ni pérdida posible, se confunde con la cercanía, la costumbre o la simpatía. Pero cuando sostener al otro empieza a tener un precio, la amistad deja de ser cómoda y se convierte en una prueba. Y es ahí donde muchas se rompen: no por traición ni por crueldad, sino porque nunca fueron algo más que buen tiempo compartido.
Tampoco en la cultura la amistad ha sido un terreno firme. Unamuno y Ortega compartieron complicidades intelectuales, pero con los años las diferencias de temperamento y de visión los fueron alejando hasta dejarlos en campos distintos. Octavio Paz y Carlos Fuentes, unidos durante un tiempo por la literatura y la causa de México, acabaron en una ruptura pública y amarga, enfrentados por concepciones irreconciliables sobre política y sociedad. En todos estos casos, la tormenta reveló lo que la calma escondía.
En la calma, la amistad se abarata. Se alimenta de cafés, de sonrisas, de complicidades ligeras. Todos parecemos buenos compañeros cuando no pasa nada. Pero basta una tormenta para que se despeje la niebla: entonces se ve qué queda en pie y qué se derrumba. Hay amistades que eran solo compañía de ocasión, afectos de buen tiempo. Cuando la soga aprieta, la primera tentación es soltar lastre, aunque ese lastre tenga nombre y rostro de amigo.
Lo vemos en el trabajo, en los institutos, en los pasillos de cualquier empresa. Mientras dura la bonanza sobran las palmaditas, las cervezas y las palabras huecas. Pero basta con que cambie el viento para que aparezcan las evasivas, los silencios y la prisa por tomar distancia.
A veces ni siquiera hace falta un hecho. Basta la sospecha de que alguien puede “quemar”. No se abandona a quien ha fallado, sino a quien puede fallar. No se toma distancia por lo ocurrido, sino por lo que podría ocurrir.
La filosofía antigua lo sabía bien. Aristóteles distinguía entre amistades de placer, de utilidad y de virtud. Las dos primeras se quiebran al menor contratiempo: se basan en conveniencia. Solo la tercera, la de virtud, sobrevive porque no depende de lo que pasa fuera, sino de lo que uno es por dentro. Lo demás son alianzas, pactos, camaraderías pasajeras. Nada más.
Quizá esa sea la función de las crisis: arrancar las máscaras de golpe y mostrar quién estaba de verdad y quién era solo de paso. Se aprende tarde, casi siempre a base de decepciones, pero no hay atajo: solo el fuego revela si lo que parecía oro era metal barato.
Porque al final, la amistad no se prueba cuando acompaña, sino cuando quedarse tiene un coste; no en los días de calma, sino en los que se atraviesan bajo tormenta.


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