¿Y si fuera cierto que el amor es un invento? O eso asegura Eslava: una ilusión, una idea, una pompa de jabón. Un artificio creado por la Literatura. ¿Y si también la Luna, el dinero, el futuro y hasta uno mismo lo fuéramos? Invenciones, señuelos, constructos como Macondo, don Quijote o el mismísimo Dios.
En este terreno de la ficción, el más grande ha sido el “autor” del Libro de Buen Amor, cuya más destacada fábula no fue otra que él, que no sólo no se llamó Juan ni se apellidó Ruiz, es que nunca fue arcipreste de ningún lado, y menos de Hita, municipio desgajado del artificio que alienta incrustado a martillazos en la historia y la administración al pie de un cerro pelado en un rincón de la provincia de Guadalajara. Este cura fue a verlo un día para creer, como Santo Tomás, pero el efecto fue el contrario: sólo una veintena de kilómetros al norte alzaba su lomo la sierra de Miedes, que había visto caminar rumbo al destierro al mismísimo Cid, Historia y Mito entreverados, una verdadera mentira. Aunque para verdadero, el milagro que le aguardaba un poquito más allá, una vez atravesados los páramos de Barahona: el valle del alto Duero, una cubeta a mil metros sobre el nivel del mar con un desagüe al oeste. La cubeta recibía, y recibe, la denominación administrativa de “provincia de Soria”. Nada que ver, por supuesto, con el artefacto literario que concibiera un sevillano con la cabeza a pájaros. “¿No ves, Leonor, los álamos del río? Dame tu mano y paseemos…”. Y es que no había Leonor, pues reposaba el sueño de los justos en el alto Espino, “donde está su tierra” —y allí sigue—, ni álamos ni río ni nada porque el autor se encontraba en realidad en Jaén, entre Úbeda y Baeza, sumido en una depresión de caballo. “¡Campos de Soria, donde parece que las rocas sueñan!”, clamaba destrozado por el dolor y la añoranza dando tumbos por los olivares. Desde luego, hay “realidades” que una mente administrativa —es decir, histórica, racional y sensata— no puede admitir. Pero ¿cómo van a soñar las rocas, por Dios?
Al menos la Literatura le conjuró la desazón. La Literatura (y no un psiquiatra) impidió que acabara pegándose un tiro, para que luego digan que la Literatura no vale para nada. “Por estos campos de la tierra mía voy caminando solo, triste, cansado, pensativo y viejo”. Puro realismo mágico (y que me perdonen los del Boom, pero son meros epígonos machadinos).
La Literatura inventa la realidad. De paso, fundamenta una declaración que hizo a la prensa don Juan Eslava Galán un día tonto que tuvo. “El enamoramiento es un invento de la Literatura”. ¡Vaya cosa! Como todo. Y en los dos sentidos de la palabra: inventa mundos, como éste de los amores, y hace inventario de los que vagan por el espacio que se oculta en el fondo de las almas. Un espacio inalcanzable para teodolitos, nasas, catastros, robotes y ge-pe-eses, mas no por eso menos real. Así que dejen de buscar la materia oscura, coño: yace aquí, en el disparatado interior de unos corazones arrasados por el miedo a la soledad y a la incertidumbre, al dolor, la indigencia, el espanto y la muerte. Y nada más, aparte el elixir que lo cura todo, el Amor, bálsamo de Fierabrás, bendita panacea y milagro apoteósico de Nuestra Señora de la Literatura, abogada de imposibles.
Sí, la Literatura vale, es útil y a sus devotos nos hace libres. Los que dicen que no vale son los que no valen ni para envolver el pescado.
¡A los leones con ellos!


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: