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50 años, vida y literatura

50 años, vida y literatura

Ayer cumplí cincuenta años. Iba a escribir “mis primeros cincuenta años”, pero es mucho suponer, muchísimo, que voy a cumplir otros cincuenta. La verdad es que no querría. Muy bien tendrían que ser mis cien años como para que yo quisiera llegar a ellos y vivirlos. Me conformo con vivir bien lo que viva, disfrutar de la existencia, de gente buena e interesante, de mil libros, de la pluma en la mano. Sé que viviré amor o amores, porque eso parece que la vida lo da por añadidura, para bien o para mal. Sé que lo viviré plenamente, como lo he vivido hasta ahora.

Creo que he vivido con pasión el amor, y con pasión y con amor la escritura y la literatura en general, la propia y la ajena, haciendo, quizá, la de los demás la mía, y la propia de los demás. Cuántos escritores he conocido que prefieren leer a escribir, o que están más orgullosos de lo que han leído que de lo que han escrito. Tal es el caso de Jorge Luis Borges y de nuestro Luis Alberto de Cuenca, que sé que le gusta mucho que le cite al lado del maestro argentino. Son dos maestros, y Luis Alberto, maestro del vivir también, por su simpatía y cariño hacia la vida en general y los seres vivientes en particular.

Sí, ayer cumplí 50 años, y he titulado este texto “Vida y literatura”. ¿Por qué? He hecho y hago muchas otras cosas, y las disfruto. Por ejemplo, me encanta el deporte, la música, el cine… Tantas cosas. Pero si hay algo que sé que está fundido en mí es la literatura, la escritura y la lectura en general, el alfabeto, todo lo que se puede hacer con el alfabeto. Y es tanto… Y es todo. Siempre me gustó leer, desde que tuve en mis manos el primer libro, libro que “leí” sin saber leer, y esto fue así porque primero me lo “contó” mi madre en voz alta, y luego puede adivinarlo yo mismo, pues lo interpretaba, le daba “voz” sin saber lo que significaban esos signos. Lo he contado ya muchas veces. Era una edición del Quijote con viñetas. Creo que mi segundo libro, El secreto del Unicornio, de Tintín, ya lo pude leer por mí mismo, porque ya me habían enseñado a leer en el colegio, en el San Pablo CEU de Montepríncipe.

Luego vinieron otros libros, muchos, quizá demasiados. Siguen llegando. El último que he comprado, en la librería El Desván del Libro de Madrid, una antología de Antonio Gala, Andaluz, realizada por Carmen Díaz Castañón. La estoy leyendo.

Siempre los libros me han acompañado, y muy pronto, en las clases. En los ejercicios de redacción, noto que escribo con gran facilidad y con mucho placer. Creo, después de pensarlo mucho, que ésta es la razón por la que he escrito tanto, aunque habrá otras más profundas, si es que éstas no lo son ya lo suficiente. En esa época de mi vida jugué mucho a los videojuegos. De hecho los añoro un poco; probablemente jugaré en un futuro próximo. Algo. Pero nunca sentí que los videojuegos fueran mi vida, y desde luego tampoco mi futuro. Nunca pensé en dedicarme a ello, y nunca tuve curiosidad por el ordenador, por su funcionamiento, etc. Ni la tengo ahora, gustándome como me gustan mucho los ordenadores y utilizando mi ordenador a diario.

Pero los libros, los textos, “tejidos”, en griego, si no me equivoco mucho, me habitan por dentro, me llenan por dentro y por fuera. Me desbordan. Siempre estoy leyendo y siempre estoy escribiendo. Siempre tengo un libro abierto leyéndolo y siempre un libro abierto en el telar, escribiéndolo.

La gente me recordaba estos días mi cumpleaños. Incluso un amigo los cumplía antes que yo, y me hacía reflexionar. Me hacían pensar los 50 años. Algunos son muy pesimistas, como si todo lo bueno se hubiera acabado, pero yo, que he admirado a muchos escritores, sé que para ellos, en cuanto tales, lo mejor viene cuando son mayores, o muy mayores. Hablo de la carrera literaria. Quizá porque ya tienen una obra escrita y publicada, y ya reciben una cierta consideración. Lo ignoro. O quizá porque ya son dueños del oficio, por decirlo de alguna manera. Hoy diríamos, tal vez, que controlan más.

Siempre he pensado, efectivamente, que los años para un escritor no corren de una forma habitual, como si lo hicieran a favor. Gracias a su vocación y a su desvelo los años les hacen mejores, y no sólo en los periódicos, donde se habla de sus libros; sobre todo en las propias obras.

“50 años. Vida y literatura”. Decía Umbral que el genio era obra de la insistencia, y él se consideraba, pienso que con razón, un genio de la literatura. Él sabía por qué decía esto, y yo sé que lo decía en serio. En efecto, el ejercicio de la escritura te hace mejor, y considero que nos hace mejores en cuanto personas, quizá, o lo que cada uno da de sí. Es importante el material previo que cada uno tenga. Un material que sin embargo creo que, de algún modo, ya es literatura o camina hacia la literatura.

Y digo esto también porque la escritura me parece algo esencialmente humano, un documento de identidad de la especie, digamos, magnífico. Y esto lo digo frente a la Inteligencia Artificial que espero que nos ayude en muchos casos, pero que creo que en la literatura sería mejor dejarla al margen, puesto que la literatura es obra humana, competencia del ser humano, de personas. Uno de los placeres, de las grandes satisfacciones, de leer un libro es el de saber que lo escribió un hombre, o una mujer, con su vida, su pasado, sus virtudes y defectos, su problemática, su historia. Sí, su vida. Una persona que ha sufrido y ha gozado hasta las lágrimas. Un hombre o una mujer que aprendió a reír y a llorar, con tiempo.

Una cuestión importante puede ser que la Inteligencia Artificial se alimenta de las obras de los escritores vivos y muertos, como puede ser este humilde autor que este texto firma. Pero para mí es todavía más importante el argumento de que la literatura es obra humana, muy especialmente humana, y que si no lo es, si no conlleva el temblor del ser humano al escribirla, para mí no es literatura. Es otra cosa. No sé muy bien qué, para ser sincero. Aunque estoy dispuesto a admitir que estos avances nos pueden ayudar mucho a los seres humanos, siempre teniendo en cuenta que desarrollo tecnológico no tiene por qué ser sinónimo de progreso, lo que yo entiendo por progreso, quiero decir vivir mejor, en el sentido más amplio que exista. Pero reconozco que es un tema complejo.

Para escribir hay que vivir, y vivir mucho, y equivocarse mucho. Los errores también pueden ser literatura. Sospecho que para escribir hay que sufrir, en general, en nuestros días. Como muy bien sabe Don Quijote, y también Cervantes, que tanto peleó y sufrió sobre el mundo, y que tanto lo supo leer con pasión e inteligencia, y por eso también lo supo escribir con tanto acierto. Si a Cervantes le quitáramos los defectos y los errores, las imperfecciones, que lo tiene todo ello, perderíamos paradójicamente muchas de sus virtudes, mucha de su calidad. De su hondura. Van los unos con las otras. La Inteligencia Artificial creo que puede hacer un Cervantes más perfecto, pero no un Cervantes mejor. Y esto vale para cualquier escritor.

No sé qué nos deparará el futuro. “Cosas veredes”, como se lee precisamente en el Quijote. Algún día yo también faltaré. El tiempo que me queda procuraré utilizarlo lo mejor posible, esforzándome cada día y en cada palabra. Dicen que ahora la gente no lee, pero yo sé que todavía hay muchos lectores, por ejemplo en esta magnífica revista, Zenda. Probablemente hay muchos lectores dormidos, aletargados. Todavía merece la pena ser escritor, quizá merezca la pena escribir sólo para uno mismo, por supuesto, y para el futuro, que siempre está llegando. Pero en el fondo siempre ha sido la misma historia, una historia que nos corresponde a nosotros escribirla y leerla.

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