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Bodega Pifarré, de David Vivancos Allepuz

Bodega Pifarré, de David Vivancos Allepuz

Hete aquí un libro de relatos de bar que sabe a cerveza con torreznos y suena a máquinas tragaperras y timbas clandestinas. Los personajes son obreros fracasados, locos manifiestos y flâneurs de arrabal que se niegan a habitar una ciudad para turistas, progres y modernos. 

En Zenda ofrecemos un relato de Bodega Pifarré (Pez de Plata), de David Vivancos Allepuz.

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Entrar en un bar

Entrar en un bar. Entrar en un bar y pedir una cerveza. Entrar en un bar y pedir una cerveza y no reparar en los detalles hasta no haberle dado el primer trago. Contemplar a placer las jaulas de los pajarillos, como gorriones, rectangulares, del tamaño de un ladrillo o de un transistor de los antiguos, que los viejos sacan al parque a las doce y que ahora esperan encima de la tragaperras. La bufanda roja y amarilla de la gira mundial del noventa y tres de Michael Jackson. Las fotos enmarcadas de Mike Tyson repartiendo mamporros a diestro y siniestro. O posando con su sonrisa de desequilibrado. Un muñeco articulado (¿un Big Jim?) vestido de nada definido, ni policía montada ni buzo ni apache ni bombero, quizás de excursionista, sentado entre el botellerío. La diana de los dardos junto a la puerta de los lavabos. Un talonario para el sorteo de la lotería de Navidad de una sociedad pajarera del barrio. El azulejo de siempre que dice que aquí viu un del Barça, con el dibujito del avi tripudo con su barba blanca y su barretina y el del escudo del club. El televisor de la esquina donde se emite el encuentro de Liga jugado en el Calderón en el dos mil ocho. Puyol reubica a sus compañeros extendiendo el dedo. La autoridad concretada en la punta de ese dedo. Milito, Edmílson y Abidal en el interior del área, atentos al centro. Un Fary de plástico a la derecha de la caja. El camarero es joven, pero repolludo, y va y viene con un pitillo encendido entre los labios. A veces tose y los bolsillos le suenan a llavero y a calderilla.

Entrar en un bar. Entrar en un bar y pedir una cerveza y reparar en los detalles y caer en la cuenta de que su nombre no es Wembley, como siempre habíamos pensado, sino otro, al leerlo en una pizarra con los horarios del local. En teoría cerraba a las doce. Pedimos unas aceitunas.

Afuera un grupo de marginales echa humo por la nariz y aplasta colillas con la suela del zapato. Están todos juntos, sentados en el bordillo, apretaícos, como si fuera mediodía y quisieran aprovechar el recuadrito de sol que se cuela a esa hora entre los edificios llenos de claveles y sábanas tendidas de enfrente. En la calle, con el frío que hace, como si en el interior del local no se hubiera levantado hace ya rato la prohibición de fumar. La mitad de los presentes lo hace. De pie, en el centro del bar, mientras todas las mesas de mármol, pegadas a la pared de Mike Tyson, están vacías. Hay una chica o dos y un montón de tipos con pinta de gimnasio y cara, en su mayoría, de púgil. Uno repite Mark Wahlberg, Mark Wahlberg, Mark Wahlberg. Otro habla de un descampado que había donde ahora están las casas rojas. De planchas de metal, de sacos descosidos tirados por ahí, de perros de nadie y de ratas de todos, de tablones abandonados y de huertos de pimientos y de lechugas. Puyol conduce el balón. Él no sabe de somieres herrumbrosos. Solo de colchoneros. Lleva el brazalete cuatribarrado. Amarillo y rojo. Como la bufanda de Michael Jackson.

Uno de los boxeadores, el de la camisa morada de lunares y cara de platirrino melancólico, se acerca a la barra y le pide al camarero un cortado descafeinado a las finas hierbas. El camarero le dedica una sonrisa. Una sonrisa resignada del mártir en la pira que ve prender el fósforo. Y le responde que hace horas que la cafetera está apagada. Supongo que lo de las finas hierbas es un viejo chiste de bar. Igual que el del poro en la jarra de cerveza o el del Juanito Caminante. Insiste el boxeador y le habla con voz arenosa de un mal rollo que tiene con su padre. Que es muy mala persona, el viejo. Que la culpa es de su madre y de sus hermanas, que siempre le han consentido todo y ya no hay quien le baje los humos. El camarero lo mira con los párpados a media asta por el humo del cigarro y exhala un suspiro de gigante. Se acaricia distraídamente el aro dorado de la oreja. Se ve a un kilómetro que se la trae floja la madre. Y las hermanas y el padre. Y Mark Wahlberg, Mark Wahlberg, Mark Wahlberg y no sé qué coños de películas. El corro se abre y se cierra en mitad del bar, respira, se esponja y se contrae y se desplaza lentamente como una medusa o un ser abisal y repugnante. ¿Y tú no tendrás también parte de culpa?, le pregunta con voz de médico de cabecera al púgil ebrio y melancólico y se viene a servirnos una segunda ronda.

Yo sé bien el peligro que entraña el trabajar de cara al público. Cualquiera puede venir y contarte su vida. Las cosas que se cuentan a cualquiera son las cosas que solo se pueden contar a cualquiera, leí en cierta ocasión. Y si están trompas, como en este caso, y esto ya es un pensamiento exclusivamente mío, pues mucho peor, claro. A mí me lo comenta un amigo que trabaja en el ayuntamiento. Que podría parecer que poco o nada tiene que ver con un bar. Sabe la que está separada y a la que trataba mal el novio. La que no aprueba mercantil ni a la de tres, la desamorada y la que va a apuntar al nene al refuerzo de inglés. La que estuvo un año entero pagando el gimnasio y ni llegó a pisarlo. A él solo le escucho confidencias femeninas. No sé yo. Con una quedaba de vez en cuando para tomar un café o un algo hasta que, por lo que fuera, la relación se enfrió por parte de ella. Él dice que pasó de ser su amiga a su administrada. O una ciudadana, que es la forma habitual en que se refiere a su clientela. En algún momento decidió que él estaba ahí únicamente para atenderla, para servirla y para nada más, aún hoy sigue lamentándose. A mí me parece lo más normal, pero me callo porque lo veo afectado de verdad. Que lo ve solo como un empleado público. Que es lo que es, pienso para mí. ¿Cómo decirlo?, ¿que lo ve como un servidor? Sonrío. Cada vez que sale esta palabra, servidor, pienso en Gracita Morales o en José Luis López Vázquez cuando se desvivía por atender a la clienta jamona en Atraco a las tres. Los más jóvenes ya ni saben quiénes fueron Gracita Morales o José Luis López Vázquez. O Manuel Alexandre o Rafaela Aparicio. O Fernando Fernán Gómez. Pero sí Mark Wahlberg. Pues que se jodan los más jóvenes. Y que se joda Forlán, parece decir Víctor Valdés nada más encajar un gol de penalti.

Uno de los borrachos nos da algo de conversación. Lo que dice es gracioso y nos reímos a tambor batiente. No deja de gesticular y, por un momento, tememos que derrame el anís de la copita que sostiene con pulso indeciso. Tan tronchante es lo que habla que ni lo recuerdo. Su cara también es graciosa. Tiene los ojos pequeños y las patillas grandes. Una pareja de cada. Habla y habla y habla de espaldas a la puerta. Dice cosas sin demasiado sentido y sus movimientos son desmanotados y lentos. De cosmonauta. De pronto le suena el móvil. No le cuesta, para mi sorpresa, mucho trabajo encontrarlo y responder un par de monosílabos. Lo guarda y nos cuenta que era su mujer y señala con el pulgar hacia atrás. Hacia la calle. Así que me tengo que ir, se excusa con la misma risa simpática que lo ha acompañado en todo momento. Se gira en dirección a la salida. Da un tropezón y se marcha. Nos damos cuenta, de repente, de que el bar ha quedado vacío. Ni uno del grupo medusa. Ni siquiera están ya los marginales contempladores de claveles y sábanas tendidas en la calle. Tampoco vemos a Puyi en la pantalla. Está apagada. Intercambiamos un par de bromas inocuas con el camarero. Nos enteramos de que por las mañanas abre a las siete y media y de que por la tarde volverá a estar porque juega el Madrid.

Entrar en un bar y pedir dos cervezas y reparar en los detalles y darse cuenta de que su nombre no es Wembley y Mark Wahlberg, Mark Wahlberg, Mark Wahlberg, el eco de Mark Wahlberg, y pagar las consumiciones y marcharse después de darle las buenas noches al camarero, que cierra la caja mientras enciende un nuevo cigarrillo con la mano libre.

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Autor: David Vivancos Allepuz. Título: Bodega Pifarré. Editorial: Pez de Plata. Venta: Todos tus libros.

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