Una herencia peligrosa
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Quítenselo de la cabeza: no va a irse nunca. Seguirá donde está si le salen bien las cuentas, o aguardará atrincherado en un escaño a que los otros se acuchillen entre sí. Basta mirarle la cara: es imposible imaginarlo llorando abrazado al escritorio presidencial como una familia gitana al féretro del patriarca difunto. Sánchez no ha dejado de ser Sánchez.





























































