Lo más difícil, lo que cuesta su tiempo hasta que el personaje te resulta familiar, es aprender a escribir y a pronunciar su apellido. Lo demás —su literatura, su estilo, su pensamiento, esas ideas que no distan demasiado del sentido común que todos buscamos infructuosamente— es coser y cantar. De ahí que, tanto en España como en el resto del mundo, a Kallifatides se le lea con fruición, con deleite; y sus libros, aunque no figuren entre los más vendidos, corren de boca en boca hasta provocar el mayor de los entusiasmos.
Pero, de entrada, dejando a un lado su literatura, lo más curioso es la aventura humana que acompaña a Theodor Kallifatides. Que conste que no es un caso único en la Historia de la Literatura. Sin ir más lejos, uno recuerda el ejemplo de Joseph Conrad que, aunque natural de Polonia, a su llegada a Inglaterra a los veintiún años, decidió cambiar de idioma y legarnos obras maestras como El corazón de las tinieblas en un inglés que, según el añorado Javier Marías, fue siempre para Conrad una lengua impostada y fantasmal.
El caso de Kallifatides también resulta llamativo. Nació en Grecia hace ochenta y siete años, pero, por motivos políticos, no tuvo más remedio que emigrar a Suecia en 1964. Allí estudió en la universidad, buscó un trabajo, encontró a una mujer, al tiempo que decidió adoptar la lengua nórdica, tan distinta y distante de la helénica, para reemprender su carrera literaria. En sus libros se refleja con claridad ese conflicto, tan difícil de resolver, de tener que escribir en una lengua y, al mismo tiempo, pensar en otra. En Suecia era una especie de advenedizo que se había colado a oscuras y por la puerta de atrás sin que nadie lo hubiera invitado. Mientras que, en la patria de Homero, hasta hace bien poco, cuando iba a visitar a su madre, tenía que soportar los insultos de quienes lo consideraban un traidor que se había pasado al enemigo.
Pero, después de tantos prolegómenos, la gran pregunta es qué tienen sus novelas para que lleguen a conquistar, de manera tan directa y sin rodeos, el corazón de tanta gente, ahora que la literatura anda de capa caída, sin la más mínima opción de poder competir con las redes sociales, con las series que nos venden, a tanto el kilo, las innumerables plataformas digitales.
Dicen que las casualidades no existen. Que todo, cualquier cosa que nos podamos imaginar, está relacionado con el destino, con ese fatum que con tanta saña persiguió a los ingenuos románticos. Lo cierto es que, desde hacía un tiempo, por consejo de los amigos, de aquellos que conocen a fondo mis gustos literarios, tenía pendiente adquirir unos cuantos títulos de este escritor heleno recriado entre vikingos.
Aquel día no me lo pensé dos veces. Fui a la librería, le eché mano, para empezar, a un par de volúmenes, y, cuando me di la vuelta, ya para marcharme, observé que, en una pequeña mesa que había al fondo, estaba sentado el mismísimo Theodor Kallifatides, firmando, con esa paciencia y esa mansedumbre propias de los genios, ejemplares de sus libros.
Volví a casa con dos de sus obras dedicadas, y con el grato recuerdo de una breve conversación en inglés —los dos éramos igual de torpes hablándolo— en la que yo le di las gracias por el detalle, y él, con una leve sonrisa, me deseó mucha suerte (Kalí tiji) en un perfecto griego moderno, sin el más mínimo acento sueco.


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: