Remil es el protagonista de una exitosa trilogía literaria de espionaje político escrita por el periodista y escritor Jorge Fernández Díaz. La nueva serie del escritor, Política Ficción —que lleva un lema sarcástico: “Cualquier parecido con la realidad es culpa de la realidad”—, se publicará todos los martes en Zenda. A continuación, compartimos la siguiente entrega, “Una sorpresa en el tren fantasma”.
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La señorita se deshizo de un abrazo y ofreció preparar un cóctel y lo mezcló discretamente con clonazepan líquido. El galán percibió un sabor amargo, pero ella ya estaba semidesnuda, así que aguantó el mal trago y siguió desplegando sus dotes de seducción y mostrándole fotos eróticas en su teléfono de batalla hasta que comenzó a sentirse perdido y exhausto. Cuando despertó tenía el departamento arrasado y le faltaban, entre muchos otros efectos, sus tres celulares. Dos de ellos importan muy poco, pero el tercero obedece a la clave “viva la libertad carajo” y contiene todos los chats de su armado político: el sujeto es oriundo de una provincia del sur, y allí oficia como experimentado estratega y cajero. Tiene en Buenos Aires un semipiso a su nombre y bien montado, y viene cada tres semanas a recibir instrucciones, a refrescar contactos con toda la “casta” y a divertirse un poco en unos bares nocturnos de Recoleta. Como está en la mira de la Agencia, le tendemos una trampa, que simula el modus operandi de las “viudas negras”, y usamos para la ocasión a una “julieta” veterana pero de buen ver, que Cálgaris rescató hace quince años de una organización de trata y reclutó para esta clase de menesteres. Yo mismo me ocupo de la operación de campo, y los hackers norteamericanos tardan menos de tres días en chupar todo el material, seleccionarlo y compartirlo. Lo analizamos a fondo y sin la menor sorpresa: estos “libertarios” no son nuevos, son viejos y reciclados; hacen lo que hicieron siempre, aunque para otro partido y bajo otras banderas. Pinta un discurso y exactamente el contrario; el negocio es cambiante y no hay que enamorarse del dogma ni del cliente. Encontramos regateos por candidaturas: dependen en muchos casos de cuánto cotiza cada oferente, es decir, qué cantidad de “crocante” puede aportar a la campaña. Un empresario local, que toda la vida fue contratista del Estado, pretende protección de libre mercado y buen acceso al poder, de manera que ofrece una bolsa abultada, y solicita además un escaño para su amante, una dama que es vidente. El dueño de tres casinos, por otra parte, logra meter a un stripper que conoció no hace mucho, pero con quien mantiene una “relación seria”; una fuente nos confirma que el joven se ilusiona con el matrimonio, pero al patrón no lo convence blanquear todo; puede dañar su futuro político: hay gente cercana al Gobierno que no vería con buenos ojos esos “vínculos inmorales”. Otro caso, y el más preocupante: un antiguo dirigente, que de pronto ha descubierto la luz divina y que ahora abjura de las veinte verdades peronistas, habla día y noche del orden fiscal, pero se ha servido todos estos años de una cueva financiera donde también lavan plata unos tipos del Comando Vermelho. Estos personajes y unos cuantos más son los vagones de un auténtico tren fantasma, y no sólo han conseguido bancas en la Legislatura, sino también asientos de autoridad: uno, por ejemplo, es secretario de cámara y otro, prosecretario administrativo. El mal está hecho, y Cálgaris les recomienda a sus socios que los mantengan vigilados. Y que al menos les espanten a los narcos, porque si alguien publica esa información puede llegar a pensarse que también los traficantes financiaron al oficialismo, algo que en verdad todavía no está descartado. Cierto o falso, son la mancha venenosa, y una bomba de tiempo.
Nuestros jefes nos piden ideas y un curso de acción. Que pensemos y actuemos como si todavía estuviéramos en nuestro revocado servicio de Inteligencia, pero que incluyamos en la ingeniería total al ex agente especial de la DEA, que habla poco pero sabe mucho. El coronel propone un vuelo a la Patagonia y un encuentro cara a cara con el estratega burlado por la “viuda negra”. Volamos en un avión privado y con permiso especial para portar armas de guerra. El estratega acepta de inmediato la cita, porque el viejo le explica por chat que quiere devolverle su teléfono robado. Es un encuentro al aire libre, en un banco de la plaza central, donde a esa hora pasean madres con sus bebés y jubilados prematuros de la administración pública. Hace un calor engañoso, y el Salteño y yo nos mantenemos a prudente distancia, examinando el terreno y atentos al menor peligro. Pero el armador acude solo y parece conocer a Leandro Cálgaris de oídas y adivinar muy rápido su propia situación: ningún estúpido llega tan alto. El coronel le habla como un padre severo pero bondadoso y él capta el sentido global y procesa las órdenes puntuales como si se hubiera tomado el frasco entero de clonazepan: tiene que convencer a aquel legislador que abandonó las Veinte Verdades de que intente borrar sus huellas y, sobre todo, que la cueva les cancele los servicios financieros a los clientes brasileños. Consideran, con razón, que esto último no será soplar y hacer botellas.
Cálgaris se aloja en una suite del mejor hotel, y nosotros en dos cuartuchos de una posada a la espera de novedades. El gringo que nos acompaña y que habla un español salvadoreño, es abstemio después de haber sido alcohólico, pero sale de noche con nosotros a tomar unas cervezas. No hay peor cosa que tres espías curtidos y al borde de la edad provecta: no tienen para compartir más que silencios. Dos días más tarde, Cálgaris recibe una poco amistosa llamada: un abogado brasileño dispone una reunión urgente en una chacra del valle. Vamos en dos coches alquilados y con un guion aprendido. El Salteño se queda en la tranquera, apoyado en el capot del auto y con un fusil liviano. Nosotros vamos en saco y corbata, y nos dejamos palpar de armas por dos gigantes tatuados que se quedan con mi Glock y con la Beretta 22F de nuestro socio. Cálgaris sólo lleva su bastón de estoque y no se atreven a quitárselo. Las presentaciones ocurren a la sombra de una parra. El abogado es negro y su jefe local es blanco. Parece una junta corporativa, pero custodiada por asesinos. Cálgaris toma la palabra cuando se la dan, bebiendo pequeños sorbos de un Campari que ofrecen. Presenta al gringo como agente activo de la DEA, algo que quizá no sea errado, y explica que el negocio narco y el mercado negro —Al Capone o la ley seca— no espantan a algunos teóricos del anarcocapitalismo, a los que les gusta llevar las ideas hasta las últimas consecuencias y defender lo indefendible. “Pero el gobierno de los Estados Unidos no cree en teorías ni sandeces —aclara—. A ustedes no se los perseguirá por estas transacciones, siempre y cuando abandonen esa cueva”. Que conduce a la casa de unos amigos muy apreciados, pudo haber agregado, pero lo da por sobrentendido. El abogado, que nos mira alternativamente y tiene mal talante, se dirige a nuestro gringo en inglés y mantiene con él un largo diálogo enérgico. El blanquito me estudia como una hiena que hace cálculo de probabilidades. Es posible que en una pelea a mano limpia él no lleve la peor parte, pero adivina que conozco muchos trucos sucios y eso abre crueles incógnitas. Todos tenemos buenos incentivos para no desatar una guerra; es por eso que el coronel está relajado, casi divertido, apoyado con las dos manos en el galgo de ébano de su bastón. Nos retiramos una hora y media más tarde, nadie le ha disparado a nadie y cada uno se va con la pistola enfundada y la sensación del deber cumplido. En el aeropuerto, el coronel tiene unas últimas palabras con la víctima de la “viuda negra”. Por su bien, debe mantener el secreto, y debe saber que seguirá bajo observación y directivas. El armador, que parece un pollo mojado, cita a manera de excusa la máxima de Perón: un buen adobe también se hace con bosta. “Las casas de adobe duran mientras no llueva demasiado —lo cruza Cálgaris—. Y la bosta siempre huele mal”.
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Otras entradas de esta serie:
Relatos publicados en el diario La Nación de Argentina


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