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La llamada de… Javier Gomá

La llamada de… Javier Gomá

Álvaro Colomer sigue indagando en el mito fundacional oculto en la biografía de todos los escritores, es decir, desvelando el origen de sus vocaciones, el germen de su despertar al mundo de las letras, el momento exacto en que sintieron la llamada no precisamente de Dios, sino de algo para muchos más confuso: la literatura.

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En 1980, cuando tenía quince años y cursaba 2º de BUP, Javier Gomá se hizo una pregunta: si existen los hombres valientes, ¿existe también la valentía como categoría universal? Esta pregunta, por otra parte objeto de cachondeo entre sus amigos de aquel entonces, escondía sin embargo un asunto filosófico de primer orden, tan de primer orden que Gomá dedicó los siguientes treinta años a pensar, estructurar y escribir un tratado de cuatro tomos, conocido entre nosotros como Tetralogía de la ejemplaridad, que diera respuesta al dilema de los universales concretos. El pensador ha necesitado una vida entera para cerrar el interrogante que se le abrió en la adolescencia y ahora, cuando le preguntan si ha valido la pena semejante esfuerzo, responde que algunas personas tienen la inmensa suerte de encontrar su vocación cuando apenas son unos críos.

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Virginia Woolf creía, como también lo hace Javier Gomá, que la realidad está atravesada por un patrón oculto que las personas no podemos ver, pero que, en ocasiones, solo en ocasiones y casi siempre en presencia de niños, se muestra a través de un destello. La escritora llamó a estas iluminaciones repentinas moments of being, en oposición a esos moments of non-being en los que andamos por la vida como autómatas. De igual modo, Javier Gomá imagina la realidad como un puzle de cincuenta piezas de las cuales sólo podemos ver diez. Sin embargo, de vez en cuando y sin explicación aparente, nos es permitido percibir las cuarenta restantes y, por tanto, entrever la imagen completa de la realidad. O sea, la Verdad. Y eso es precisamente lo que le pasó a los quince años: que tuvo una revelación que, además, le dio lo más valioso que puede tener un ser humano: una misión en la vida.

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Hay muchas formas de desvelar la verdad oculta bajo la alfombra de la realidad. Martin Heidegger lo hacía subiendo a la torre de la iglesia en la que su padre ejercía de sacristán. Desde allí arriba contemplaba en silencio los tejados de Messkirch y, cuando se lo indicaban, tocaba las campanas que convocaban a los feligreses. Según explicó en El misterio del campanario, cuando se sentaba en uno de los vanos de la torre se sentía invadido por una misteriosa fuga que le permitía comprender que todo, absolutamente todo, desde los badajos hasta los caminos, desde el bosque hasta las cabañas, desde el Danubio hasta el lago Constanza, formaba parte de un único tejido que solo los más capacitados pueden vislumbrar.

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Jon Fosse descubrió también en la infancia que el mundo está unido por un lenguaje silencioso. Se enteró de esto a los siete años, cuando rompió una botella de cristal y seccionó la arteria de una de sus muñecas con un fragmento. Cuando lo subieron al coche para llevarlo al hospital, el niño echó un vistazo a la granja donde había nacido y, convencido de que no volvería a verla, percibió un aura dorada que no solo envolvía la casa, sino también el bosque, las montañas y el horizonte entero. Un instante después, tuvo una experiencia extracorpórea: vio su propio cuerpo, el vehículo y la carretera desde la distancia y, contrariamente a lo que cabría esperar, sintió que todo estaba tranquilo, que todo era belleza y armonía, que todo estaba unido por un lenguaje silencioso. Cuando horas después despertó en la cama del hospital, supo que de mayor sería artista.

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El último libro de Javier Gomá es Fuera de carta (Galaxia Gutenberg).

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