Ambientados en la Segunda Guerra Mundial, los relatos recogidos en este volumen evocan la zozobra del pueblo noruego frente a la ocupación nazi. Hay libros llenos de verdad capaces de conservar intacto entre sus páginas un pedazo del mundo. Éste es uno de ellos.
En Zenda ofrecemos el arranque de uno de los relatos presentes en Detrás del armario, el hacha (Errata Naturae), de Torborg Nedreaas.
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Olor a pólvora
El repiqueteo del despertador rompe el silencio. Ella, aturdida, lo mete bajo la manta, donde continúa gruñendo hasta que consigue apagarlo. Con el susto, no puede parar de temblar y le duele todo el cuerpo.
Se viste deprisa, descuida el lavado para cubrirse cuanto antes. Se pone una chaqueta de punto y un abrigo y apaga la luz para ventilar antes de salir. Al descorrer las cortinas opacas, la negrura se cierne sobre el cristal, aun cuando en los tejados se adivina ya un atisbo de albor; las chimeneas despuntan angustiosamente contra la tenue franja del amanecer. Abajo, las calles yacen sepultadas en la oscuridad. Cuando abre la ventana, un penetrante hedor a polvo la envuelve. Septiembre suele desprender ese extraño y gélido olor a quemado por las mañanas. Olisquea, carraspea, e intenta llenar los pulmones de nuevo. Ahora que se ha acostumbrado a la penumbra, alcanza a distinguir el edificio de ladrillos amarillos de enfrente, donde hace unos días una señora se arrojó desde el tercer piso. Un ama de casa cualquiera. Se ciñe el abrigo al cuello y apoya la cabeza pesadamente en el marco de la ventana. Su mano toquetea inquieta el cuello del abrigo, tiene la frente húmeda y un regusto glacial y desagradable en la boca, bastante seca. Cierra los ojos con una expresión de dolor. Es como si le costase respirar, aunque poco a poco se recompone. A lo lejos, fuera de la ciudad, se escucha un disparo, varios disparos. Un ruido sordo, amortiguado, más como un gemido al otro lado de la pared. Asustada, abre los ojos y se oculta tras la cortina. Aguza el oído. Los disparos han cesado, pero cree percibir el aroma de la pólvora. Su corazón palpita con tanta fuerza que sus pupilas titilan con cada latido. Vuelve a cerrar la ventana con manos temblorosas, el olor persiste en sus fosas nasales.
En la entrada, se queda parada sin ponerse el sombrero. En el perchero faltan un impermeable amarillo y un sombrero gris. Esta noche también, esta noche otra vez. Una mueca imperceptible se dibuja en sus labios. El rostro del espejo es viejo, un rostro sin alegría, de mirada marchita. Algún día, cuando Torulf regrese a casa, encontrará a su madre avejentada, convertida en una anciana amargada. Si es que Torulf regresa a casa. Si. Si. Comprende el horror de ese «si». Esperar, esperar. Luchar contra la incertidumbre, agotarse en la ignorancia. Quizá esté muerto. Ese pensamiento ya apenas le afecta, de tantas veces como le ha venido a la cabeza. Busca la angustia que debería inspirarle, revuelve en su interior para sentir la herida de su alma. Sin embargo, el pensamiento se retuerce como un vacío árido en algún lugar dentro de ella sin prenderse, una nada desgastada. Un amargo vacío peor que la ansiedad.
Lentamente, se coloca el sombrero. Chal y manoplas, coge ambos, y de repente lo oye. ¡Por fin!
Son los pasos de Trygve. Sus pasos, tranquilos y despreocupados, acercándose. Al oírlos, se quita las manoplas, las tira y las vuelve a coger. Acaba de pasar el tercer piso. Se quita el sombrero y lo deja en la consola del recibidor; respira sibilante por la nariz, sus labios se tensan y un ligero rubor se extiende por sus mejillas, dándoles vida con su indignación. Él mete la llave en la cerradura…
Desvía la mirada de inmediato. ¡Vaya! ¿Ya estás levantada, madre?, dice, con amabilidad forzada.
Ella no responde. Se limita a mirarle fijamente, sombría y dolida. Él cuelga el sombrero y se quita el impermeable. Ella inspira con cautela, buscando el olor a alcohol, pero lo único que consigue es recordar que está resfriada. Y ese olor extraño, como a pólvora; de alguna manera se ha instalado en ella, en su cabeza, en su boca, y le provoca escalofríos nerviosos.
¿Ahora qué?, pregunta con dureza.
Él se encoge de hombros, se me hizo tarde otra vez, repone con un incómodo intento de esbozar una sonrisa.
Ella resopla con una leve risita sardónica. Está molesta. Él se dirige ya a su pequeña habitación, detrás de la cocina.
¡Trygve!, lo llama en voz baja, una orden definitiva. Él se acerca vacilante al salón y se queda allí de pie, en el vano de la puerta, ¿querías algo?, pregunta ahogando un bostezo. Ante la mirada de su madre, cierra la puerta y se sienta, de mala gana; su rostro muestra una indiferencia desafiante que lo afea. Ella avanza unos pasos con las manos entrelazadas, el silencio se colma de palabras no pronunciadas que la ahogan. Un vacío despiadado se extiende entre ellos.
¿No puede esperar? Diablos, estoy agotado, arguye el hijo.
Y entonces, por fin, brotan las palabras. La amargura, los meses de resentimiento acumulado. Ella siente que, de alguna manera, debería guardar silencio, debería callarse, las frases que está a punto de pronunciar lo alejarán de ella, lo empeorarán todo. Aun así, no puede parar, su voz alcanza una intensidad que no es capaz de controlar, interrumpida de vez en cuando por pequeños y frenéticos ataques de tos, que la sacan de quicio.
[…]
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Autor: Torborg Nedreaas. Título: Detrás del armario, el hacha. Traducción: Bente Teigen Gundersen y Mónica Sainz Serrano. Editorial: Errata Naturae. Venta: Todos tus libros.


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