Me resulta fascinante cómo la desconfianza se le mete a la señora March en el cuerpo. No llega con un gran estruendo, sino como esas frases que alguien suelta al pasar, con una cortesía tan afilada que casi ofende. Se queda ahí, flotando en el aire, y acaba por contaminarlo todo. Lo más inquietante es que, en realidad, no ha cambiado nada en su entorno; lo que se ha roto es su forma de mirar. Por primera vez, es incapaz de apartar los ojos de esas grietas que empiezan a asomar en su realidad.
La novela se mueve en ese terreno del domestic noir actual, pero lo hace sin prisas y sin necesidad de giros locos. Su fuerza está en los detalles mínimos, en esa degradación silenciosa que nadie nota desde fuera pero que por dentro te asfixia. Acompañamos a la señora March mientras empieza a escuchar de más, a recordar cosas que no cuadran, a conectar cabos que quizá deberían haberse quedado sueltos. Es ahí donde late el corazón del libro.
Al final, uno se da cuenta de que la historia no va de una mujer que se vuelve loca, sino del precio que paga por intentar entender su propia vida en un mundo que no se lo permite. No busca resolver un crimen, busca entender el relato que sostiene quién es ella. Empieza a dudar de George, de sus amigos y de la imagen que devuelve el espejo. Se vuelve una intérprete incómoda de su propia realidad, y la novela no la premia por su lucidez; al contrario, la castiga por ella.
Como han señalado algunas teóricas del género como Gillian Plain, en la ficción criminal suele pasar algo curioso: cuando una mujer intenta investigar o entender demasiado, se la tacha de obsesiva o de enferma. Su lucidez se interpreta como una amenaza al orden establecido. La señora March es el ejemplo perfecto de esto: piensa demasiado en un entorno que solo espera de ella silencio y una sonrisa impecable. Incluso el escenario, ese Nueva York elegante pero espectral, parece diseñado para anularla. El hogar no es un refugio, es una jaula donde el éxito es cosa de hombres y las mujeres son solo un adorno. Cuando esa cáscara de perfección se rompe, la señora March descubre que no hay nada debajo para sostenerla. Por eso el libro te deja ese nudo en el estómago: porque te queda la sospecha de que su fragilidad no es un error de fábrica, sino el resultado lógico de un sistema que solo acepta a las mujeres si no preguntan, si no ven y, sobre todo, si no interpretan lo que pasa a su alrededor.
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Feito, V. (2024). La señora March. Debolsillo
Plain, G. (2001). Twentieth-century Crime Fiction: Gender, Sexuality and the Body. Edinburgh University Press.


No entiendo esa visión del hogar como prisión. A mí me parece todo lo contrario, es el lugar donde soy totalmente libre, donde nada se sujeta a convenciones y nada depende del juicio sesgado del mundo exterior. Las tareas domésticas, que hago yo al 90%, me parecen un pasatiempo, gracias a los electrodomésticos. La felicidad vale mucho más cuando no la publicitas y queda en el secreto de la intimidad doméstica. Me parece de temperamentos ligeros, fáciles a la vanidad de lo exterior, el no saber justipreciar el hogar.