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Javier Gomá y Luisgé Martín, por ejemplo

Javier Gomá y Luisgé Martín, por ejemplo

Cuando mantuve una larga conversación con Javier Gomá en la Fundación Juan March, en 2020, había encargado, pero todavía no había leído, el ensayo de Luisgé Martín El mundo feliz. Sin embargo, durante mi charla con el autor de “Aquiles en el gineceo”, cité el primer párrafo de aquel libro. La frase en cuestión había circulado ya como titular de prensa unos días antes. Pueden imaginar mi sorpresa, pocas semanas después, al leerlo y descubrir que Martín precisamente dedica una sección completa de su ensayo a un libro de Gomá. Pero antes de entrar en materia, echemos un vistazo al panorama general del pensamiento nacional y expliquemos por qué razón nos centramos precisamente en estos dos autores, y no en otros.

Todos los días, en todas partes nos asaltan los expertos feliciólogos. Ya saben: los divulgadores de filosofía, autoayuda, superación personal… Algunos son relativamente inocuos, como José Carlos Ruiz, o se enriquecen soltando perogrulladas sapienciales, tales como que la felicidad proviene, sobre todo, de tu pareja y de tus cuatro o cinco mejores amigos (Alex Rovira); pero otros, más peligrosos, deslizan sandeces potencialmente deletéreas, como la de que vivimos en un “universo amigable”, una sentencia que, sensu stricto, se reduce a un mero juicio de valor tan arbitrario como vacío, e incompatible con cualquier análisis empírico de la realidad social o de la propia naturaleza. También encontramos a mujeres en este campo. Son, en general, un poco más interesantes que los hombres. Algunas se limitan a explotar el chiringuito familiar de autoayuda heredado de sus padres, como la ubicua Elsa Punset -quien arriesga lo mínimo, para no alejarse demasiado del mero sentido común al presentar sus recetas para deprimidos y desnortados- y otras intentan llegar algo más lejos; así Marian Rojas Estapé, avalada por varios títulos en psiquiatría y psicología y pertrechada de innegables dotes dialécticas, las cuales despliega en discursos bastante sensatos acerca de la biología humana, que se orienta –nos dice ella, con razón-, más bien a la supervivencia que a la felicidad.

Sostenía Albert Camus que el único problema filosófico real es el suicidio, desafiante aforismo del más lúcido premio Nobel del siglo XX. Nada, o casi nada, tienen que decir sobre ese asunto los autores mencionados en el párrafo anterior. Son tan incapaces de pronunciar una frase interesante sobre las cuestiones centrales de la existencia (el porqué, el pare qué) como esos poetas pichiflojos y engolados a los que silencia el lancinante silbato de Calígula en el drama del autor de El mito de Sísifo. Para buscar entre nuestros contemporáneos posibles respuestas dignas de atención a esas cuestiones decisivas, debemos acudir a verdaderos filósofos. En esta declinante y evanescente categoría podemos inscribir tanto a Luisgé como a Gomá.

Según el primero de ellos, la vida es un sumidero de mierda y Dios no existe. Acaso no sea impreciso, ni traicione del todo su pensamiento, leer este apotegma volviendo explícito el oculto vínculo causal. La vida es un sumidero de mierda… precisamente porque Dios no existe. Imagino que Luisgé no negará que si Dios existiera y fuera un Dios amoroso, a pesar de todos sus horrores –el de José Bretón, por ejemplo- la vida, al fin y al cabo, podría tener sentido y merecer la pena.

La opinión primordial de Martín, su actitud ante la existencia y el mundo (su “Sein zum Tode” heideggeriano), no es en absoluto original. En lo tocante a lo que podemos considerar mollar en su pensamiento, Leopardi, Cioran, Bataille, Céline, Camus, Samuel Beckett y Thomas Bernhard, entre muchos otros, lo han precedido. Hay que señalar cuanto antes, y de la forma más perentoria, que el planteamiento de Luisgé es sólido y, aceptada su premisa fundamental, resulta muy convincente… a partir de la experiencia universal del dolor humano. Se trata del nihilismo consecuente, una de las posturas filosóficas más irrefragables que conozco. Y sobre esa base, el desarrollo de su razonamiento es, en líneas generales, claro e impecable. De hecho, su ensayo me parece una obra insoslayable del pensamiento español contemporáneo. Donde esa plaga de sedicentes expertos en felicidad y cantamañanas autoayudados de los que hablábamos al principio expelen urbi et orbi sus vacuidades y flatulencias (flatus vocis) sobre amar al prójimo para sentirnos bien, eludir los deseos consumistas para volver a lo esencial (verbi gratia: el ganchillo, los zuecos de madera y los alimentos con fibra cultivados en nuestro huerto ecológico que nos llevan en volandas a una defecación feliz), Luisgé Martín, por su parte, aborda en serio la verdadera cuestión y va directo al grano. A saber, que la vida es en esencia miseria y frustración, que por muy bien que te marchen momentáneamente las cosas, al final todo termina en la muerte y en la nada, y que por lo tanto estás condenado a vivir sabiendo que cualquier cosa que hagas o causa por la que luches será, a la postre, absurda e inútil; ya que no eres más que un cadáver animado, según la gráfica sentencia de Epicteto repetida por Marco Aurelio. Y si la vida es necesariamente dolor y, por otra parte, la ciencia puede ofrecernos la fórmula para mitigarlo o suprimirlo, ése debe ser el camino. Inapelable. En este orden de cosas, hay que señalar que su propuesta no se aparta demasiado de la de los nuevos intelectuales transhumanistas, o post-humanistas como Yuval Noah Harari o Nick Land.

Como ya he dicho, partiendo de sus premisas, puedo acompañar a nuestro autor a lo largo de todo el via crucis de deducciones y silogismos, hasta el corolario final, sin acusar grandes discrepancias. Como cuando afirma que la política no puede albergar la clave de la felicidad humana, ya que el hombre es infeliz por naturaleza, es decir: por sus propias e íntimas determinaciones existenciales, al margen de las estructuras sociales, por muy injustas que estas sean, que lo son. Totalmente de acuerdo ahí. Diría, incluso, que mi única diferencia relevante se refiere a un único párrafo; aquel en el que el autor sostiene que la fe es radicalmente incompatible con la ciencia, sentencia que probablemente Unamuno habría rubricado con resignación, pero de la que yo (tras cuarenta breves años leyendo como un poseído epistemología de la ciencia, filosofía de la mente, teología, cosmología especulativa…) encuentro razonable disentir.

Javier Gomá, por su parte, nos propone la filosofía –condensada en su reciente ensayo “Universal concreto”- más original y subyugante, en mi opinión, de un pensador español actual. (Creo que si fuera francés o coreano los menos cretinos entre los profesores de filosofía de las universidades estadounidenses ya estarían obligando a sus alumnos a leerlo de costa a costa.) No voy a entrar a fondo en su pensamiento ahora, porque ya lo he hecho en otros lugares y habrá futuras ocasiones para seguir expresando acuerdos y diferencias. Digamos únicamente que, si bien la idea de proponer una ontología basada en la estructura ejemplar del ser me parece fascinante, como en el caso de Luisgé Martín, tampoco encuentro en esencia original su perspectiva antropológica. La voluntad de construir un sistema filosófico compatible con la esperanza lo pone en la estela –por encima de las evidentes diferencias- de precursores tan insignes como Platón, Santo Tomás, Leibniz o Hegel. Según Gomá, la imitación desempeña un papel decisivo –incluso hegemónico- en la conformación de nuestra realidad psicológica y social, y, por tanto, la conducta ejemplar está en la base misma del impulso civilizacional. En “Necesario pero imposible” situaba a Jesús, el Galileo, en la cúspide de esa ejemplaridad. Y yo comparto plenamente sus argumentos en este sentido, aunque ninguno de ellos alcance –ni lo pretende, supongo, el autor- un estatuto comparable al que el Aquinate reclamaba para las famosas pruebas de la existencia de Dios. En definitiva, como él suele repetir, el adjetivo “agnóstico”, lejos de ser una mera opción epistemológica, nos define ineluctablemente a todos.

Vivimos, pues, en la duda. Y abrazarnos al lado más soleado de ella (como propone Tennyson en su poema The Ancient Sage, citado por Unamuno en su obra capital) o bien resignarnos a la certeza de una lúcida náusea, como la de Luisgé Martín, sin más esperanza o alivio que la que pueda venir de los paliativos de la tecnología y de la ciencia, es cosa de cada uno. Yo espero, en lo más íntimo de mi ser, que Javier Gomá esté en lo cierto, pero creo que soy mucho más pesimista que él, y casi todos los días me asalta la sombría sospecha de que quien está al mando de todo esto (ese Deus absconditus de Nicolás de Cusa) no es precisamente un “buen ejemplo”, sino un buen “ejemplar”, como el terrible “dios araña” de las películas de Ingmar Bergman. O tal vez sencillamente nadie esté al mando, como dice Luisgé. En cualquier caso, en medio de la angustia de nuestras incertidumbres, en lo más crudo del invierno de nuestro descontento, pueden ustedes consumir pócimas de felicidad adquiridas en cualquier rebotica mediática o ponerse a leer, como adultos, verdadera filosofía: la de Javier Gomá o la de Luisgé Martín, por ejemplo.

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