Francisco Umbral escribió esta semblanza mordaz del hombre que gobernó España durante cuarenta años. Se trata de una novela escrita con prosa deslumbrante y rigor histórico, en ocasiones irónica e irreverente, en ocasiones amarga y desoladora. Un emocionante relato despojado de melodrama sobre nuestro pasado más irracional.
En Zenda reproducimos el prólogo que Víctor Fernández ha escrito a Leyenda del César Visionario (Amarillo), de Francisco Umbral.
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PRÓLOGO
Leyenda del César Visionario
Por Víctor Fernández
En noviembre de 1982, Dámaso Alonso había decidido, dada su avanzada edad, dejar la dirección de la Real Academia de la Lengua Española de la que estaba al frente desde 1968. Dos candidaturas se presentaron para suceder a aquel viejo gongorista del 27: Pedro Laín Entralgo y Fernando Lázaro Carreter. Desde la distancia, desde su dacha de Majadahonda, un escritor fue espectador curioso de cuanto ocurrió en la docta casa. Sabía que, dependiendo de quién ganara la elección, tendría más opciones para llegar a ser académico. Sin embargo, sus aspiraciones se vinieron abajo cuando la candidatura de Laín arrasó con veinticuatro votos frente a los escasos tres obtenidos por Lázaro Carreter. Los laínes se habían apoderado de la Academia, por lo que era difícil que Francisco Umbral pudiera ocupar alguno de los sillones de la distinguidísima casa. En 1990 constató con pesar que no tenía opciones reales. Pese a que su nombre concurría a votación de la mano de Camilo José Cela, Miguel Delibes y José María de Areilza, no tuvo suerte y se escogió a José Luis Sampedro como académico. Un año más tarde, de alguna manera, se vengó de todo aquello con uno de sus mejores libros: Leyenda del César Visionario.
El escritor encontró en Laín, especialmente una vez que se hizo con la dirección de tan docta casa, al responsable directo de quedarse a las puertas del deseado sillón. Así que pasó a ser, como él mismo lo calificó, su «enemigo íntimo». La «venganza» literaria tuvo que esperar hasta 1991 cuando llegó a las librerías una de las mejores obras de Francisco Umbral: Leyenda del César Visionario.
El Umbral de la crónica de actualidad, aquel que tenía los ojos fijados en su particular universo madrileño, que plasmaba diariamente en sus columnas periodísticas, optó por construir un espléndido y amargo retrato alrededor del grupo de escritores que, en Salamanca y Burgos, a la manera de un peregrinaje intermitente, seguía los pasos de Franco, recién nombrado Caudillo entre los caudillos y Generalísimo de todos los ejércitos habidos en la España antirrepublicana. Ellos eran «los laínes», base teóricamente intelectual de aquel general que no leía un libro ni aunque le fuera la vida en ello. Eran conspiradores de café que se creyeron inútilmente capaces de influir en las decisiones del César Visionario, es decir, de un Franco que se consideraba más invicto que nunca.
Ellos eran Laín Entralgo, Torrente Ballester, Foxá, Panero, Rosales, Tovar, Sáinz Rodríguez, Giménez Caballero («el Groucho Marx del fascismo español») y Ridruejo, entre otros. Muchos de ellos formaban parte de lo que se ha denominado «la corte literaria de José Antonio Primo de Rivera». Es decir, eran aquellos que antes de la Guerra Civil se vestían con camisa azul y conspiraban —como si fuera un deporte nacional— contra la Segunda República. En su imprescindible Las palabras de la tribu, Umbral los llamó «prosistas de Falange», asegurando que «fueron una generación singular, espléndida, esteticista, historicista, deslumbrante y muy particular». Umbral les recriminó que, pese al innegable talento con la letra impresa, no supieran hacer literatura porque «estaban mal instalados en un sistema de valores simplistas, en unos reduccionismos históricos oficiales que no podían aceptar, en unas generalizaciones tan brillantes como convencionales».
Y ya que estamos aquí por culpa de Pedro Laín Entralgo, merece la pena que nos fijemos en el retrato que de él traza Umbral en esta novela y que parece lógico pensar que no debió de ser del agrado del académico. Umbral siempre tuvo un magistral talento para construir con palabras los perfiles de amigos, enemigos y saludados. El de Laín entra en esta última categoría al decir que era «alto, marañoniano y cejigunto. Va sabiendo ya, a sus pocos años, por naturales despertares, que él no va a ser nunca Marañón. En realidad, no sabe lo que va a ser. Es un hombre que duda como otros afirman o niegan siempre. Su prosa está llena de interrogaciones, lo cual, aparte de ser feo tipográficamente, vuelve temblorosa la escritura y el alma de Laín». Todo ello se remata con una apostilla marca de la casa: «Laín va a resultar, finalmente, una antología moral del 98, el hombre/antología».
Pero esto sería quedarse sólo con la anécdota porque Leyenda del César Visionario es también un intento de entrar en la mente de aquel Franco que se veía como vigía de Occidente, es un ejercicio con el que tratar de comprender las razones para crear tanto horror y muerte, un perfil que en ocasiones parece el de un niño caprichoso que juega a meter a todo un país en una guerra, pero que tiene derivaciones demasiado dramáticas. Porque Umbral se lleva con él los óleos de la época —aquellas composiciones majestuosas de Zuloaga y compañía en las que Franco era la reencarnación de un nuevo Cid, un nuevo don Pelayo de armadura plateresca—, para depositarlos ante los deformantes espejos del callejón del Gato de su querido Valle-Inclán. En este sentido son memorables las páginas dedicadas a la toma de posesión de la Jefatura del Estado, hecho ocurrido el 4 de octubre de 1936, y en las que vemos cómo los laínes construyen el mito del César Visionario, a la vez que Franco aparece en los titulares de la prensa extranjera. Umbral lo aborda todo en esas líneas: desde el interior de la catedral en la que tendrá lugar el acto con «una Virgen embarazada de broma con paja, por los milicianos» hasta las trincheras de la Ciudad Universitaria, en Madrid, donde lo que queda de la Segunda República resiste el tirón de las tropas de Franco. Es en ese mismo momento en el que Azaña está en su despacho rodeado de cuadros de Tiépolo y Malraux juega a ser Malraux. Umbral nos detiene en ese preciso momento, para el reloj de la Historia y lo abarca todo con su prosa: nos abre las puertas de palacios e iglesias, nos pasea por las calles bombardeadas o por las que se paseará el nuevo César, nos lleva al café de los laínes o a la retaguardia republicana, la misma en la que hay poetas como Alberti o Bergamín.
Mientras leo las páginas de esta novela que tiene en una de sus tramas el intento por parte de los contertulios de café de convencer a Franco para que perdone al anarquista Dalmau de ser ajusticiado, no puedo evitar la tentación de creer que Umbral se inspiró, de alguna manera, en un episodio parecido, aunque ocurrido poco tiempo después del marco cronológico de la novela. Me refiero a la vez en que un grupo de laínes intentó que se conmutara la pena de muerte contra Miguel Hernández. En aquel momento acudió ante el despacho de Franco un grupo encabezado por José María de Cossío, quien reunió a los que eran sus compañeros de tertulia en el café Lion d’Or de Madrid. Aquellos laínes, entre ellos Sánchez Mazas y Alfaro, lograron convencer a Franco —aunque a regañadientes— de que no se metiera la pata como había ocurrido antes con Lorca. «Si fuera un gran poeta…», dijo el César Visionario; «es un gran poeta», le contestó Sánchez Mazas, y obtuvieron así la conmutación de la condena por otra de cárcel que, a corto plazo, fue una suerte de asesinato a cámara lenta para Hernández. Por cierto, no podemos olvidar que el de Orihuela era uno de los poetas de cabecera de Umbral, un autor al que consideraba «puro pueblo masacrado por el fascismo» y de quien tomó uno de sus más célebres versos para titular la novela Un carnívoro cuchillo.
Umbral quiso ser muy riguroso en los detalles, especialmente en los acontecimientos históricos que se narraban. En una carta a Delibes, cuando el libro ya estuvo en la calle, le confirmó que «me pasé el 90 leyendo e investigando sobre el tema, para luego “novelizarlo”. Lo llevaba dentro desde siempre, tenía que hacerlo». Buena prueba del rigor del novelista en la precisión por no dejarse nada en el tintero lo encontramos en el mismo inicio de Leyenda del César Visionario —probablemente uno de los más brillantes de las letras españolas del siglo XX— cuando nos presenta a un «dictador de mesa camilla que merienda chocolate con soconusco y firma sentencias de muerte». Eso fue algo que vieron dos laínes y que contaron en sus respectivas autobiografías. Pedro Sáinz Rodríguez y Ramón Serrano Suñer vieron a Franco rubricar la pena capital, aunque discreparon en un punto. El primero siempre tuvo claro que Franco tomaba chocolate con picatostes mientras que el segundo estaba convencido de que era café con leche. A Umbral lo convenció el testimonio de Sáinz Rodríguez.
Leyenda del César Visionario es una de las indiscutibles obras maestras de Francisco Umbral. En uno de sus últimos títulos, Días felices en Argüelles, al hacer balance de su muy copiosa producción literaria, de sus 125 libros, como él mismo aseguraba que había contabilizado la crítica especializada, rescataba, además de clásicos como Mortal y rosa, El Giocondo o sus ensayos sobre Lorca y Valle-Inclán, su obra sobre Franco y los laínes. Y añadió un detalle, marca de la casa, al asegurar que «en la portada puse un retrato muy malo de Franco, el peor que pude encontrar». Y sí, tenía razón, el retrato de Franco representado como cruzado salvador —realizado por el boliviano Arturo Reque Meruvia— que aparece en la primera edición es toda una declaración de intenciones, una caricatura de un régimen, aunque probablemente esa no era la intención del pintor.
Tiene el lector en sus manos al mejor Francisco Umbral. ¡Qué suerte si es la primera vez que va a disfrutar de esta aventura amarga! Si no es así, si ya ha paseado con anterioridad por estas páginas, constatará que estamos ante una novela que gana con cada nueva lectura.
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Autor: Francisco Umbral. Título: Leyenda del César Visionario. Editorial: Amarillo. Venta: Todos tus libros.


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