La conquista normanda de Inglaterra, iniciada a finales de septiembre de 1066 con la invasión del sur de la isla y la victoria en Hastings, el 14 de octubre, y que no acabaría de completarse hasta siete años después, cambió la historia de este país. No es una exageración: lo que significó la llegada de los normandos a la posesión de la tierra, la economía, la sociedad, la defensa del territorio e incluso la alta política fue un hito en la evolución del reino, como lo sería la siguiente invasión exitosa en 1688-1689. Este libro de Marc Morris, que se lee como una continuación de Anglosajones: La primera Inglaterra (Desperta Ferro Ediciones, 2024) —aunque publicado originalmente una década antes—, explica cómo el país cambió radicalmente después de que el duque de Normandía, Guillermo el Bastardo, desde entonces el Conquistador, decidiera hacer valer sus derechos como sucesor de Eduardo el Confesor (reg. 1042-1066) al enfrentarse a Haroldo Godwinson, el poderoso conde de Wessex, quien, desde su punto de vista, había usurpado una corona que había jurado que sería suya. Para ello, y con una briosa narración, dedica unos primeros ocho capítulos a narrar cómo se llegó a Hastings, recogiendo así el periodo entre el final del reinado de Etelredo II el Indeciso —o el Mal Aconsejado—, padre del Confesor, y la muerte de este último. Medio siglo que muestra las ambiciones de los magnates del reino —los Godwin, sobre todo, pero también Leofric de Mercia y Siward de Northumbria— con o frente a los reyes daneses y en el periodo del Confesor —un monarca no tan débil como ha mostrado la tradición—, y los derechos de quienes acabarían pugnando por la corona: Haroldo, Guillermo y un tercero no invitado a la fiesta: el noruego Harold Hardrada. Un bloque central (capítulos 9 a 12) plantea los prolegómenos de la invasión, su desarrollo (Hastings como clímax) y las inmediatas consecuencias. Es el resto del libro, que detalla el reinado de Guillermo, ahora I de Inglaterra —a la par que duque de Normandía, núcleo de un poder que nunca abandonó—, hasta su muerte en 1087, la parte que, analíticamente, más alicientes tiene. Por un lado, la conquista fue azarosa, con resistencias en algunas regiones, pero en general más “benigna” de lo que suele decirse: hubo revueltas y represión, sin duda, y tanto la nobleza tradicional como la propia Iglesia inglesas sufrieron sus consecuencias; pero Morris destaca que Guillermo tendió la mano y perdonó —lo cual, paradójicamente, alentó algunas rebeliones— más que sus antecesores, y que apenas echó mano del asesinato político tan habitual antes de la invasión. Por otro lado, la conquista cambió el territorio: ya fuera con una nueva distribución de la propiedad, cómo no, en beneficio de los invasores normandos, pero también con la construcción de los castillos que serían una seña de distinción de los nuevos señores normandos; o con una paulatina —habrá que esperar casi un siglo para su casi erradicación— eliminación de la esclavitud, que consideraban injusta. En la cuestión eclesiástica, Guillermo y sus colaboradores, llegados de Normandía, apostaron por la Iglesia reformada que ya destacaba en el continente, y promovieron la construcción de nuevas abadías y especialmente catedrales, al punto de que no quedan en Inglaterra prácticamente grandes edificios de estas características anteriores a la conquista. Pero, sin duda, el principal legado de la conquista es el Libro del Domesday y lo que significó: el reemplazo por completo de una élite gobernante, hasta el punto de que, a la muerte de Guillermo, los normandos conformaban la cúspide de la sociedad inglesa, y su poder —castillos también mediante— llegaba a las aldeas y los pueblos. Hubo un radical cambio en la distribución de la riqueza: en 1086, la mitad de la tierra en Inglaterra estaba en manos de tan solo doscientos barones normandos; el Conquistador elevó a sus seguidores a las posiciones más altas, colmándolos de honores. Y no solo eso: si la conquista lo convirtió en señor supremo de toda Inglaterra, el Domesday le permitió saber quién poseía qué y dónde se hallaba, algo que en los reinos y señoríos de la Europa continental ni siquiera podían soñar. Este poder, tanto fiscal como, en el fondo, político, era un arma formidable en manos de un monarca que, en suelo inglés, ya de por sí era poderoso. ¿Una “revolución” en toda regla? Hasta cierto punto, podríamos decir —y la posterior historia del país matiza—, pero sí nos hace ver que la conquista normanda de Inglaterra dejó huella más allá de una victoria militar y de la imagen de agrio enfrentamiento entre ingleses y normandos que ha quedado en el imaginario popular. Con todo —cierra Morris su libro— lo netamente “inglés” se mantuvo en las raíces de un árbol prácticamente talado y al que se habían añadido nuevas ramas. Una sugerente manera de verlo.
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Autor: Marc Morris. Título: La conquista normanda de Inglaterra. Traducción: Yeyo Balbás. Editorial: Desperta Ferro. Venta: Todos tus libros.


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