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Max Hastings y el oficio de contar la guerra

Max Hastings y el oficio de contar la guerra

Para el público general en español, Max Hastings es un historiador militar especializado, en particular, en la Segunda Guerra Mundial. Pero en Reino Unido, y probablemente el resto del mundo anglosajón, Hastings es un veterano periodista —ha cumplido los ochenta— que durante unos quince años fue reportero de guerra y que, tras retirarse de este “servicio”, ha sido el redactor jefe del Daily Telegraph y el editor del Evening Standard. Y es, precisamente, su labor como reportero de guerra, tanto para prensa escrita como para la BBC, la que se destaca en esta autobiografía parcial sobre esos años en los que cubrió diversas guerras por todo el mundo, publicada originalmente en 2000. Ha pasado un cuarto de siglo, pero el lector aún puede percibir en sus páginas las sensaciones que el entonces cincuentón Hastings tenía sobre las aventuras que vivió entre 1968 y 1982, y lo que sentía siendo un tipo al que no tomaban demasiado en serio dentro de la profesión —o que veían, en ocasiones, como un rival que no jugaba en equipo, podrían decir algunos de sus colegas, y que él mismo acaba por reconocer. Y es que el Hastings de ese periodo, entre sus veintitrés y treinta y siete años, también veía el oficio de reportero de guerra con bastante escepticismo. Como hijo de MacDonald Hastings, un afamado periodista y también reportero de guerra —sobre todo en la Segunda Guerra Mundial—, Max pudo sentir en casa lo que significaba esa profesión, y a lo largo del libro no deja de mirarla con un cierto desapasionamiento, considerando que sí, los reporteros de guerra se juegan la vida, pero no más que los soldados que combaten en esos conflictos que cubre, o que no es tan “intensa” como a menudo se da a entender. Tiene claro que es un trabajo para jóvenes, o quizá es que se veía demasiado mayor —y eso que de 1968 a 1975, el periodo más intenso en el que se desarrolló como tal, estaba entre los veintitrés y los treinta años de edad—, que no es necesario haber tenido una carrera militar —en el primer capítulo relata sus experiencias de adolescente en una unidad de paracaidistas; supo que no tenía madera de militar—, pero que sí conviene conocer el Ejército y cómo funciona; algo que, desde luego, ha potenciado en sus monografías de historia militar. Estas sensaciones a lo largo del libro son tan interesantes como los conflictos que Hastings cubrió en ese periodo. Y ojo con la lista: las revueltas en Chicago en 1968, los Troubles en Irlanda del Norte desde 1969, la Guerra de Biafra, la Guerra de Vietnam en varias fases desde 1970 —especialmente, la caída de Saigón en 1975—, la Guerra del Yom Kippur —que le valió una cierta fama como ferviente proisraelí que acontecimientos futuros fueron diluyendo—, guerras civiles en Rodesia (después Zimbabue) y Angola a mediados de los setenta y, en particular —casi un tercio del libro—, la Guerra de las Malvinas de 1982: la última guerra imperialista británica y el canto del cisne de Hastings como reportero de guerra. No deja de ser un currículo impresionante y, al mismo tiempo, una panorámica que navega entre la peripecia y el desencanto acerca de un periodo muy convulso de la historia del mundo durante la Guerra Fría. No solo interesan los conflictos que Hastings cubrió, sino cómo lo hizo en unos años en que las crónicas periodísticas no llegaban con la inmediatez actual: no había teléfonos móviles, claro, y en muchas ocasiones se dictaban las piezas vía télex, en el mejor de los casos, cuando la tecnología lo permitía. No siempre Hastings estaba predispuesto a abandonar a su familia para irse a la otra punta del mundo, y no siempre acertaba con sus crónicas. Pero sí vemos que aprendió a saber cuándo la Historia con mayúsculas se vivía en ocasiones concretas: la victoria de los israelíes contra sirios y egipcios en una guerra que les pilló por sorpresa en el octubre de 1973; el caos que cayó sobre un Saigón que hasta entonces vivía con una cierta sensación de que la guerra estaba lejos, hasta que todo se precipitó en pocos días; o lo que supuso entrar como primer reportero en Puerto Stanley, en las Malvinas, cuando la guerra entre Reino Unido y Argentina por unas islas lejanas en el Atlántico sur había estado más disputada de lo que parecía y los periodistas que la cubrieron en general no conocieron los detalles. Es en este último conflicto, para el que Hastings sí suplicó a sus jefes que lo enviaran, viajando durante seis semanas en el Canberra, uno de los buques de transporte de la Royal Navy, sentimos de cerca lo que supuso esa guerra, cómo el ya veterano reportero estuvo cerca de algunas operaciones, haciendo buenas migas con algunos mandos, y lo que significaba vivir la guerra “en vivo”. Quizá entonces, Max Hastings ya sentía que su vida profesional no volvería a ser la misma.

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Autor: Max Hastings. Título: Ir a la guerra: Memorias desde el frente. Traducción: Javier Romero Muñoz. Editorial: Desperta Ferro. Venta: Todos tus libros.

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