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La Condená, un festival de novela negra en un pueblo de la Mancha, de cuyo nombre sí quiero acordarme

La Condená, un festival de novela negra en un pueblo de la Mancha, de cuyo nombre sí quiero acordarme

Son las cinco de la tarde y Lorenzo, aunque ya no le tocaba —estábamos gastando los últimos días de septiembre—, pegaba duro en La Mancha. A las más de doscientas personas que esperaban a la entrada del recinto, donde se iba a celebrar la jornada final del festival La Condená, el sol no les molestaba; su preocupación era conseguir un sitio en primera fila. Olía a chocolate caliente, a dulces caseros y almendras garrapiñadas; y también a papel, el de los libros que esperaban comprador dentro de la casa de la cultura de Villarejo de Periesteban. Pocos fueron los ejemplares que no encontraron dueño; todos ellos con la firma del autor correspondiente. Se abrió la puerta y, entre empujones, los más madrugadores consiguieron su ansiada primera fila para ver a Santiago Díaz, Marta Robles y compañía. Los vecinos de este pueblo, y de los alrededores, cambiaron ese sábado la siesta por la literatura, y no se arrepintieron.

¿Por qué Villarejo se acompaña de Peri Esteban? ¿Qué o quién? ¿Un territorio reconquistado entre campos de girasoles? ¿Un misterio de origen ignoto? ¿Un monje gordinflón y compasivo?

En el siglo XII, tras la conquista de la enorme fortaleza musulmana de Cuenca, el rey Alfonso VIII de Castilla promovió la repoblación de la región y nacieron nuevas villas, entre ellas la de Villarejo, que comenzó siendo una aldea de unos 10 vecinos. Y aquí entra Peri Esteban, o Pero Esteban, hijo de un influyente noble mozárabe de Toledo. Es posible que el joven colaborara en la conquista del territorio y fuera nombrado señor de la villa, o puede también que fuera el repoblador enviado por el rey. Poco se sabe como cierto en torno a este personaje, pero era tan importante que su nombre se unió para siempre a Villarejo, como si ambos, señor y villa, estuvieran destinados a encontrarse y a permanecer juntos por toda la eternidad, como así ha sido y será.

Empecemos por el principio, no seamos fragmentarios. Este evento literario, organizado por Inés Plana —periodista y autora de la trilogía del teniente Tresser (Planeta)— y Ana Isabel Fernández Escribano —madre literaria de los inspectores de policía Sebastián Villarta y Félix Ledesma—, en el pueblo conquense de Villarejo de Periesteban, arrancó su primera edición el jueves 24 de septiembre. Después del acto de apertura del festival, los primeros escritores en presentar sus obras fueron Alberto Val —creador de una serie de libros protagonizados por la inspectora canaria Guiomar Aguilera, La perra (2023) y El Puma (2025), ambos publicados por Destino—, Jorge Ortega —ganador de varios premios de prosa y poesía y que sigue saboreando el éxito de su última novela, ambientada en Cuenca, Las malas costumbres (Grijalbo)— y Ana Belén Rodríguez Patiño —historiadora y novelista, premio de Novela Cuenca Histórica 2026 y autora de La piel de los tártaros (2024), un libro que cuenta la historia de una agente de policía infiltrada en ETA—. Y antes de las firmas de los autores, los habitantes de Villarejo descubrieron cómo seguir las huellas de los asesinos gracias a las enseñanzas de dos grandes conocedores del mundo criminal, el juez Carlos Gustavo Martín y el guardia civil Francisco Olivares. No pudo terminar mejor la primera jornada del festival.

Cada primavera, Villarejo Periesteban se rodea de un inmenso mar de girasoles. Es pura belleza, un espectáculo, es mucho más que el paisaje agrario del pueblo: junto a la cebada, los girasoles son el sello y la identidad de Villarejo Periesteban. Cuando llegue la época de la cosecha, los girasoles se someterán al proceso de molturación para extraer el aceite de girasol que nunca falta en las casas. […]

Con el amanecer, las miles de flores doradas despiertan y elevan el rostro al unísono, buscando la primera luz del día en un sincronizado saludo a oriente. Durante las horas centrales, la llanura se inunda de amarillo, un latido vegetal que sigue el pulso del sol. Y cuando la tarde se apaga y comienza el ocaso, los girasoles giran despacio, cabizbajos y pacientes, en un silencioso cortejo de despedida que aguarda cada noche el regreso de la mañana.

El viernes la maldad volvía a planear sobre la casa de la cultura de Villarejo. Los primeros en hablar fueron dos autores veteranos, con un montón de novelas negras a sus espaldas, Carlos Augusto Casas —su última publicación es el thriller El ministerio de la verdad (Ediciones B), pero todavía recordamos el bombazo editorial de su debut con Ya no quedan junglas adonde regresar (2017)— y Félix García Hernán —autor que cuenta con media docena de obras, entre ellas Delfines de plata, adaptada al cine por Javier Elorrieta, y Tras el telón (2026), su última creación; todas publicadas en la editorial Alrevés—. De la moderación de este diálogo se encargó la gestora cultural y también escritora Marisa Mestre. Aunque el festival se hace en un pueblo, a continuación el protagonismo fue de las ciudades, convertidas en auténticos personajes de muchos thrillers. Los encargados de hablar de ello fueron Narcís Fernández Rubio —periodista en medios como Muy Interesante, diseñador, asesor editorial y creador de obras de referencia como Así vivían los egipcios— y Ulises Bértolo —que en su última entrega, Exitus (Harper Collins), se pregunta hasta qué punto un ritual puede ser una forma de justicia—. La jornada terminó con un acercamiento a la España más negra con la mesa “Crímenes desde la verdad”, en la que participaron Luis Roso —novelista del género negro, que ha publicado en 2026 una sensacional recreación de los asesinatos que conmovieron a la España de principios de los 90, Puerto Hurraco: El espectáculo del horror— y Cruz Morcillo —una de las maestras del true crime, que cuenta con obras tan importantes como Ferrándiz, el matamujeres y La hermandad del mal—. El festival de novela negra La Condená pasaba el ecuador, pero las comisarias, Inés y Ana Isabel, todavía nos tenían preparadas muchas sorpresas.

Hubo un tiempo en que el zumbido de las lavadoras no borraba los sonidos cotidianos de la vida porque los electrodomésticos pertenecían al futuro. En los pueblos, las mujeres caminaban cargadas con los bultos de ropa sobre la cabeza y con el jabón casero hecho de aceite de manteca, harina y sosa. Ya en faena, la pila de piedra recibía el golpe rítmico y casi violento de las sábanas y el roce constante de los nudillos contra la piedra. Era una sesión de lavado dura y extenuante, pero también un modo de socializar entre las mujeres, o de cantar, o de pensar, o de reír. Con la llegada del futuro, los electrodomésticos arrinconaron a los lavaderos, pero en Villarejo Periesteban aún perviven dos y, sorprendentemente, en condiciones de uso: las mujeres suelen ir a lavar allí prendas como mantas y edredones. […] Nos alegramos de que aquí aún perviva la tradición del lavadero público. Es hermoso, pero muy esforzado, no apto para la inmediatez que se nos impone y en la que vivimos inmersos.

El sábado fue la última jornada del festival y nadie se la quiso perder. La tarde arrancó con una interesante conversación entre la organizadora del certamen Inés Plana y María Luisa Calcerrada —responsable de la Sección de Análisis del Comportamiento Delictivo de la Guardia Civil—. Calcerrada destacó en su intervención que: “No nos llaman nunca para los casos fáciles. Con toda la información que se ha recogido en la investigación tratamos de ver cómo es el modus operandi del asesino”. Su trabajo se basa principalmente en tres puntos: obtención de testimonios de víctimas sensibles —niños de menos de 8 años y personas con discapacidad—, elaboración de autopsias psicológicas para reconstruir el estado social de la víctima y saber si hay un asesinato o un suicidio, y realización del perfil criminal clásico. La comandante presumió de tener resueltos el 96% de los casos asignados a su unidad. Entre estos está uno de los más mediáticos de los últimos años, el crimen de Pioz, sobre el que comentó: “Patrick Nogueira parecía el yerno ideal. Eso fue lo primero que me llamó la atención. Era un psicópata encantador. En un momento dado se sintió humillado por su tío y cometió los crímenes”. Para finalizar su turno, Calcarreda comentó que: “A nivel cognitivo, un psicópata sabe que está haciendo daño, pero el sufrimiento de los demás no le causa ningún daño”. En el siguiente panel, la ficción volvió al escenario de La Condená; y lo hizo con dos destacados autores del género criminal, Carlos Bassas del Rey —guionista que cuenta con un Goya y está especializado en libros de ambientación japonesa, y que nos puso los dientes largos con la que será su próxima novela, que tendrá como protagonista a la única emperatriz de China, Wu Zetian— y Jon Arretxe —autor de una gran y variada producción literaria, que incluye la serie del detective Touré—. Arretxe contó cómo fue la curiosa presentación de su última novela, Cerdos y amapolas (Erein): “Arbizu, donde vivo, es el pueblo de las chistorras. Son las más famosas; las que se sirven en los restaurantes de Madrid. El tendero del pueblo me propuso presentar en su local mi novela; decoró todo el establecimiento con chistorras y a los que compraban el libro les daban una de regalo”. La penúltima charla fue a cargo de dos mujeres que han triunfado en sus profesiones, el periodismo en el caso de Marta Robles y el teatro en el de Cristina Higueras, y también en el mundo literario. Marta Robles —reciente ganadora del premio Ateneo de Sevilla con El anillo de Eloísa (Almuzara), que acaba de salir a la venta— centró su intervención en uno de los grandes temas de su libro anterior, Amada Carlota (Espasa), el robo de niños. Robles aseguró que: “Mi mayor preocupación es el silencio de las mujeres”. Higueras habló sobre lo que se esconde en las miradas y los silencios de aquellos a quienes amamos, uno de los temas destacados de su última novela, No me dejes nunca, Wonder (Alrevés). Aunque nadie quería que el festival se acabase, todo tiene un final y el de La Condená fue por todo lo alto con Reyes Vargas —doctora en Derecho, neurocriminóloga y escritora, que en 2026 ha publicado La herida invisible (Plaza y Janés), segunda novela protagonizada por la inspectora Jara Vega — y Santiago Díaz —guionista de cine y de televisión que, desde la publicación de Talión en 2018, ocupa los primeros puestos de la lista de ventas con sus novelas—. En su intervención, Díaz destacó la importancia de festivales como este: “La de escritor es una profesión muy solitaria y cuando tomas percepción de que tienes lectores es en eventos como estos”. Todavía hubo tiempo para repartir los premios de esta primera edición: Carlos Bassas, Santiago Díaz, Marta Robles y Mario Ezno fueron los galardonados.

El domingo por la mañana todavía jugueteaban en mi paladar los sabores de las pastas de la Asociación de Mujeres de Villarejo y los ricos quesos que habíamos probado el día anterior; y en mis oídos las conversaciones con los escritores que participaron en el festival y, sobre todo, con ese grupo de amantes de la novela negra que se desplazó hasta Cuenca —Javi, Ivana, Olga, Mari y Carlos—, que necesaria es su pasión para el mundo literario.

Sirva como coda a esta crónica el diálogo que escuché a dos vecinas después de aparcar mi coche en este pueblo conquense:

—¿Vais a ir a lo de la literatura?

—Sí. Esta tarde vamos. ¿Y tú?

—Claro. Yo no me he perdido ni una.

Puestos a pedir, sólo nos faltó don Quijote. Seguro que el ingenioso hidalgo habría disfrutado con las historias que se contaron ese fin de semana en Villarejo Periesteban. De este pueblo de La Mancha Cervantes sí que querría acordarse; y un servidor, también.

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Fuente de las citas: “Blog Villarejo Periesteban. Historia, Patrimonio y Genealogía”.

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