Avanzamos hacia una serie de catástrofes que nos llevarán a un nuevo renacer. Una sociedad con un nuevo sistema social, político y económico, el feudalismo digital. Una humanidad sin hombres. Así es como ven nuestro futuro más inmediato diversos modelos de inteligencia artificial (IA) generativa, como Gemini y Claude, y empresas de investigación y desarrollo, como Anthropic. Cada minuto, cada hora, cada día, damos otro pasito rumbo al gran colapso. Hablar de finales distópicos ahora no tiene tanto valor, lo tuvo hace cien años, cuando Ray Bradbury, George Orwell y Aldous Huxley nos hicieron espóiler de la que se nos venía encima. Además de todos esos visionarios anglosajones, también hubo uno de Bilbao, don Miguel de Unamuno, que en 1913 escribió el que puede ser considerado el primer texto de ciencia ficción de un escritor español, Mecanópolis, la ciudad de las máquinas.
La Universidad de Salamanca ha rescatado el facsímil de este relato publicado originalmente en el suplemento literario del periódico El Imparcial en el verano de 1913. La nueva edición, bajo el sello Ediciones USAL, recupera además una carta manuscrita enviada por el escritor británico H. G. Wells a Unamuno el 24 de febrero de 1936. Ambos tuvieron una relación epistolar fluida, y la influencia de Wells en el cuento de Unamuno es evidente: el autor vasco tenía en su biblioteca un ejemplar —lleno de subrayados y anotaciones— de Anticipaciones de las reacciones del progreso mecánico y científico sobre la vida y el pensamiento humano (1902), libro que seguramente le sirvió de inspiración a la hora de redactar Mecanópolis. Son sólo veintidós páginas, suficientes para sentir la misma angustia que actualmente nos asalta ante la inminente consecución de la singularidad tecnológica, el momento en el que la inteligencia artificial superará a la mente humana. Mecanópolis, la ciudad de las máquinas está narrado en primera persona por un viajero que queda perdido en un desierto. Después de sufrir múltiples penalidades, el protagonista llega a un oasis donde hay un tren abandonado. Al subirse a uno de los vagones, la locomotora —sin conductor— se pone en marcha y llevará al narrador a una misteriosa ciudad gobernada por las máquinas y donde no hay rastro de vida humana. El personaje creado por Unamuno visitará un hotel, un museo y una sala de conciertos; todos esos lugares están perfectamente preparados, con todos los servicios, pero sin humanos. Esta estupefacción, este desconsuelo ante la falta de hombres en la ciudad, lo narra de esta forma el escritor vasco: “Visité la gran sala de conciertos, donde los instrumentos tocaban solos. Estuve en el Gran Teatro. En un cine acompañado de fonógrafo, pero de tal modo, que la ilusión era completa. Pero me heló el alma el que yo era el único espectador. ¿Dónde estaban los mecanopolitas?”.
Decir que alguien fue el primero en algo suele llevarnos al error. En el caso de Mecanópolis la afirmación es bastante certera. Aunque antes de este breve cuento distópico hubo antecedentes que apuntaban a la protociencia ficción, como la novela El anacronópete (1887). El autor de este libro fue Enrique Gaspar y Rimbau, que se anticipó diez años a la máquina del tiempo de H. G. Wells. El anacronópete relata las andanzas de don Sindulfo y su afán por crear “una especie de arca de Noé, debe su nombre a tres voces griegas: ana, que significa hacia atrás; crono, el tiempo, y petes, el que vuela”. Igual de sorprendente es el libreto escrito por Guillermo Perrín y Miguel Palacios para la zarzuela Madrid en el año 2000 (1887), subtitulada como “panorama lírico-fantástico-inverosímil de gran espectáculo”. Perrín y Palacios imaginaron la llegada a la capital de España del primer “tren Rayo-Chispa”, en el que viene a la Tierra una comisión de lunáticos para mostrar a los madrileños una serie de avances tecnológicos sorprendentes. En esta selección de textos precursores de la ciencia ficción hispana suele incluirse uno de Emilia Pardo Bazán, La cabeza a componer, más cercano en realidad al género fantástico que la sci fi. Uno de los principales problemas a la hora de poder asegurar si estas obras decimonónicas pertenecen al género de la ciencia ficción o no surge del propio nombre del género: hasta 1926 no fue denominado de esa forma, por Hugo Gernsback. La “literatura de anticipación” tuvo su primer y máximo exponente en Julio Verne. A esa escritura que se sirve de la ciencia para imaginar historias, en principio increíbles, o más bien irrealizables en ese momento, se le fueron sumando luego autores y libros, hasta construir un mapa inabarcable en el cual es imposible trazar las fronteras para separar los subgéneros. Quizás todo arrancó en Villa Diodati cuando una joven imaginó a un médico capaz de crear vida a partir de los restos de seres humanos. ¿Hay una alegoría más clarividente para entender lo que estamos haciendo con la Inteligencia Artificial?
Volviendo a Mecanópolis, a pesar de la variada nómina de precursores, no es descabellado afirmar que Unamuno escribió el primer relato de ciencia ficción, si entendemos este género en el sentido de su traducción más literal del inglés: science fiction, ficción científica. Y es que al lector le queda claro después de acabar este cuento que Mecanópolis podría haber sido el guion de uno de los capítulos de Black Mirror o el argumento de uno de los libros de Philip K. Dick. En pleno debate moral sobre la IA, leer lo que escribió Unamuno hace más de un siglo provoca escalofríos: “Pero de pronto me asaltó una idea terrible, y era la de que las máquinas aquellas tuviesen su alma, un alma mecánica, y que eran las máquinas mismas las que me compadecían. Esta idea me hizo temblar. Creí encontrarme ante la raza que ha de dominar la tierra deshumanizada”. Quizás la pregunta no es ya si realmente puede existir un planeta sin hombres, como se apunta en el Mecanópolis, sino cuándo ocurrirá esto.




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