Tras la publicación de Ariel en 1965, Sylvia Plath se convirtió en un nombre señero de la poesía contemporánea. Pero muchos no saben que el original que Plath dejó al morir difiere notablemente del poemario que la convirtió en una leyenda. Esta edición nos devuelve, por fin, el libro en su versión primera, con la selección y el orden establecidos en su día por la propia autora.
En Zenda reproducimos cinco poemas de esta nueva edición de Ariel (Galaxia Gutenberg), de Sylvia Plath.
***
El cazador de conejos
Era un lugar de fuerza…
El viento amordazándome la boca con mi propio cabello,
desgarrando mi voz, y el mar cegándome
con sus luces, las vidas de los muertos
desplegándose en él, flotando como aceite.
Degusté la malignidad del tojo,
sus negras púas,
la extremaunción de sus flores pajizas.
Eran muy bellas y eficaces,
y extravagantes como la tortura.
Solo un destino era posible.
Hirvientes, perfumadas,
las sendas se estrechaban hacia el hoyo.
Y los cepos trataban de borrarse,
ceros mordiendo nada,
puestos muy juntos, como los dolores de un parto.
La ausencia de chillidos
abría un orificio en el calor del día, una oquedad.
La luz vítrea era un muro compacto,
la maleza callaba.
Sentí una muda aplicación, un designio.
Sentí manos en torno a una taza de té, bruscas, obtusas,
haciendo resonar la porcelana blanca.
¡Y cómo le aguardaban, esas pequeñas muertes!
Le esperaban igual que enamoradas. Le excitaban.
También lo nuestro era una relación:
cables tensos entre nosotros,
estacas tan hundidas que no se desclavaban, y una mente como un anillo
deslizando su cierre en algo ágil,
matándome también con su opresión.
***
Señora Lázaro
Lo he vuelto a hacer.
Cada diez años
lo consigo:
especie de milagro andante, mi piel
relumbra como la pantalla de una lámpara nazi,
mi pie derecho
es un pisapapeles, mi rostro,
buena tela de lino
judía, sin adornos.
Arráncame el pañuelo,
oh, mi enemigo.
¿Inspiro terror?
¿La nariz, la cuenca de los ojos, la dentadura completa?
Este aliento agrio
se esfumará en un día.
Pronto, pronto la carne
que el sombrío sepulcro se comió
estará en mí como en su casa
y seré una mujer sonriente.
Solo tengo treinta años.
Y, como el gato, siete ocasiones para morir.
Esta es la Número Tres.
Qué desperdicio
aniquilar cada década.
Qué millón de filamentos.
La multitud con sus bolsas de cacahuetes
se arremolina para ver
cómo me desanudan pies y manos:
el gran estriptis.
Damas y caballeros:
estas son mis manos,
mis rodillas.
Puedo ser toda piel y huesos,
pero sigo siendo la misma, idéntica mujer.
La primera vez que ocurrió tenía diez años.
Fue un accidente.
La segunda vez estaba decidida
a llegar hasta el fin y no volver jamás.
Me arrullé hasta cerrarme por dentro
como una concha de mar.
Tuvieron que llamarme y llamarme
y quitarme los gusanos uno a uno como perlas pegajosas.
Morir
es un arte, como todo.
Y yo lo hago excepcionalmente bien.
Tan bien, que parece un infierno.
Tan bien, que parece real.
Supongo que cabría hablar de vocación.
Es bastante fácil hacerlo en una celda.
Es bastante fácil hacerlo y estarse quieto.
Es el regreso teatral
a plena luz del día
al mismo sitio, el mismo rostro, el mismo grito zafio
y divertido:
«¡Un milagro!»,
lo que me deja fuera de combate.
Hay que pagar
por ver mis cicatrices, hay que pagar
para escucharme el corazón:
de veras que funciona.
Y hay que pagar, hay que pagar muchísimo,
por un roce, una palabra
o una pizca de sangre
o un mechón de mi pelo, un jirón de mis ropas.
Y bien, Herr Doktor,
y bien, Herr Enemigo.
Soy su obra,
su objeto más valioso,
el bebé de oro puro
que se funde en un grito.
Doy vueltas y me abraso.
No crea que subestimo su gran preocupación.
Ceniza, ceniza,
que usted remueve y tantea.
Carne, hueso, ahí no queda nada.
Una pastilla de jabón,
un anillo de bodas,
un empaste de oro.
Herr Dios, Herr Lucifer,
cuidado
cuidado.
De la ceniza
con el cabello rojo me levanto
y devoro a los hombres como aire.
***
Tulipanes
Los tulipanes son muy impulsivos; aquí es invierno.
Mira: qué blanco se ve todo, qué tranquilo, cuánta nieve.
Aprendo a estar en paz y a quedarme en silencio a solas
como la luz reposa en las paredes blancas, esta cama, estas manos.
No soy nadie; no tengo nada que ver con ningún estallido.
He cedido mi nombre y mi ropa de diario a las enfermeras,
mi historial al anestesista y mi cuerpo a los cirujanos.
Me han instalado la cabeza entre el embozo y la almohada
como un ojo entre párpados muy blancos que no quieren cerrarse.
Estúpida pupila, de todo tiene que enterarse.
Las enfermeras van y vienen sin molestar
y son como gaviotas que vuelan tierra adentro con su tocado blanco,
haciendo cosas con las manos, todas idénticas,
por lo que es imposible deducir cuántas son.
Mi cuerpo es un guijarro para ellas, lo cuidan como el agua
cuida de los guijarros sobre los que discurre, puliéndolos sin prisa.
Sus agujas brillantes me traen el sopor, me traen el letargo.
Estoy desorientada y no soporto este equipaje:
mi neceser de charol como un pastillero negro,
mi marido y mi hija que sonríen desde la foto de familia;
sus sonrisas, minúsculos anzuelos, se me enganchan al cuerpo.
He dejado correr las cosas, un carguero de treinta años
que se agarra tenaz a mi nombre y mi domicilio.
A fuerza de frotarme, me limpiaron de lazos amorosos.
En la camilla verde con la almohada de plástico, desnuda y asustada,
vi mi juego de te, mis libros y mi cómoda con la ropa de cama
hundirse más allá de mi vista, y el agua me cubrió la cabeza.
Ahora soy una monja, nunca he sido tan pura.
Yo no quería flores; yo solo deseaba
echarme con las palmas hacia arriba y quedarme vacía.
Qué libre se ve una; no os podéis imaginar qué libre…
La sensación de paz es tan intensa que deslumbra, y a cambio
nada pide: una etiqueta con tu nombre, baratijas.
Eso se embolsan los muertos, después de todo; me los figuro
tomándola en la boca como una hostia consagrada.
Para empezar, los tulipanes son muy rojos, me duelen.
Hasta envueltos en papel de regalo los oía respirar
con suavidad entre pañales blancos, como un bebé molesto.
El rojo de las flores conversa con mi herida y ella le corresponde.
Son sutiles: parece que flotaran, aunque me pesan,
contrariándome con sus lenguas repentinas y su color:
una docena de plomadas rojas que me cuelgan del cuello.
Antes nadie me observaba, ahora me siento observada.
Los tulipanes se vuelven hacia mí, y también la ventana a mis espaldas
donde una vez al día la luz se ensancha poco a poco y después se atenúa,
y me veo a mí misma, plana, ridícula, una sombra de papel recortado
entre el ojo del sol y los ojos de los tulipanes,
y me quedo sin rostro: soy el eclipse de mí misma.
Los tulipanes, vigorosos, se nutren de mi oxígeno.
El aire era tranquilo antes de que llegaran:
iba y venía, soplo a soplo, sin revuelo.
Luego los tulipanes lo llenaron como un estrépito.
Ahora el aire se estanca y los rodea como un río
se empantana y bordea una máquina hundida y herrumbrosa.
Ya tienen mi atención, que se alegraba
de jugar y descansar sin compromiso.
Y también las paredes parecen avivarse.
Los tulipanes deberían estar entre rejas como fieras salvajes;
se abren como las fauces de un felino africano
y me vuelvo consciente de mi corazón: abre y cierra
su búcaro de flores rojas de puro amor por mí.
El agua que me ofrecen es cálida y salada, como el mar,
y viene de un país lejano como la salud.
***
Ariel
Estasis en la oscuridad.
Luego el vertido azul, insustancial,
del tor y las distancias.
Leona de Dios,
¡cómo nos vamos aunando,
pivote de talones y rodillas!… El surco
se agrieta y queda atrás, hermano del
arco marrón
del cuello que no logro apresar,
y las bayas
con los ojos de un negro
echan oscuros anzuelos:
sangre a bocados, negra y dulce,
sombras.
Algo más
me lleva por los aires…
muslos, cabello;
escamas de mis talones.
Blanca Godiva,
me descortezo…
manos muertas, muertas severidades.
Y ahora yo
espumo para el trigo, un relumbrar de mares.
El llanto del niño
se funde en la pared.
Y entonces soy
la flecha,
el rocío que vuela
suicida, a una con el impulso
que lleva al ojo
grana, el caldero del amanecer.
***
Papi
Ya no, ya no, ya no me sirves,
negro zapato
en el que llevo treinta años
viviendo como un pie, blanco y pobre,
sin atreverme a respirar o achís.
Papi, he tenido que matarte.
Moriste antes de tiempo, de mi tiempo:
pesado como el mármol, saco lleno de Dios,
estatua pavorosa con un dedo del pie
tan grande y gris como una foca de San Francisco
y una cabeza en el voluble Atlántico
donde discurre verde judía sobre azul
en las aguas de la radiante Nauset.
Yo solía rezar para recuperarte.
Ach, du.
En la lengua alemana, en la ciudad polaca
aplastada por el rodillo
de guerras, guerras y más guerras.
Pero el nombre del sitio es muy corriente.
Mi colega polaco
dice que hay una o dos docenas.
Así que nunca pude confirmar
dónde pusiste el pie, ni la raíz,
no pude hablar contigo.
La lengua se atoraba en mi mandíbula.
Se atoraba en un cepo con alambre de púas.
Ich, ich, ich, ich,
hablar me era imposible.
Creía que cualquier alemán eras tú.
Y así el idioma, obsceno,
un tren, un tren, una locomotora
haciendo chucu-chú y llevando judíos.
Un judío camino de Dachau, Auschwitz, Belsen.
Empecé a hablar como un judío.
Creo que debo ser algo judía.
Las nieves del Tirol, la cerveza vienesa
no son muy puras ni genuinas.
Con mi sangre gitana y mi rara fortuna
y mi baraja de tarot y mi baraja de tarot
puede que sea algo judía.
Siempre tuve miedo de ti,
con tu Luftwaffe y tu galimatías,
con tu pulcro bigote
y tus pupilas arias, azul claro.
Tú, el hombre del Panzer, del blindado:
no Dios, sino una esvástica tan negra
que ningún cielo asoma por detrás.
No hay mujer que no adore a un fascista:
es la bota en la cara, el bruto
y bruto corazón de un bruto como tú.
Papi, te veo junto al encerado
en la foto que aún tengo de ti,
la barbilla partida en vez de la pezuña, pero
no menos demonio por ello, no menos
aquel hombre de negro
que rompió de un mordisco mi rojo corazón.
Tenía diez años cuando te enterraron.
A los veinte intenté matarme
y así volver, volver, volver a ti.
Pensé que con los huesos bastaría.
Mas ellos me sacaron de la cama
y volvieron a unirme con pegamento.
Y entonces comprendí lo que debía hacer.
Armé una copia tuya:
un hombre de negro estilo Meinkampf
y devoto del potro y el garrote.
Y dije sí, sí quiero.
Así que, papi, se acabó.
He arrancado de cuajo el teléfono negro,
las voces ya no pueden deslizarse por él.
Si maté a un hombre, que sean dos:
el vampiro que dijo ser tú
y se bebió mi sangre un año entero,
siete años, ya que preguntas.
Papi, ya puedes descansar.
Hay una estaca hundida en tu negro y pesado corazón
y la gente del pueblo jamás confió en ti.
No paran de bailar y brincar sobre ti.
Siempre supieron que eras tú.
Papi, cabrón, ya basta, se acabó.
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Autora: Sylvia Plath. Título: Ariel. Traducción: Jordi Doce. Editorial: Galaxia Gutenberg. Venta: Todos tus libros.
BIO
Sylvia Plath nació el 17 octubre de 1932 en Boston (Estados Unidos). Escritora precoz, empezó a escribir poemas y cuentos en su infancia. En 1950 ingresa con una beca en Smith College. Allí dirigió la revista The Smith Review y entró como editora invitada en la revista neoyorquina Mademoiselle, donde ya había publicado algunos cuentos. Su paso por Mademoiselle fue traumático, como relata en su novela autobiográfica La campana de cristal, publicada una década después, y culmina en un primer intento de suicidio en agosto de 1953. En febrero de 1954 vuelve a Smith College para escribir su tesina sobre la imagen del doble en la obra de Dostoievski. En octubre de 1955 viaja a Inglaterra con una beca Fullbright y se instala en Newnham College, en la Universidad de Cambridge. Allí conoce al poeta Ted Hughes, con quien contrae matrimonio el 16 de junio de 1956. Un año después es contratada como profesora en Smith College y la pareja se traslada a Estados Unidos, donde residirán hasta finales de 1959. Coincide con la publicación de Life Studies, de Robert Lowell, quien abrió el venero de la «poesía confesional», que tan liberador fue para ella. De vuelta en Londres, se instalan cerca de Primrose Hill, donde el 1de abril de 1960 nace su primera hija, Frieda. Medio año después ve la luz su primer libro, El Coloso y otros poemas. En junio de 1961 vuelve a quedarse embarazada y en agosto se mudan a una vieja mansión —una rectoría— en North Tawton, pueblo del condado de Devon. Allí, el 17 de enero de 1962, nace su segundo hijo, Nicholas. En marzo de 1962 Plath escribe Tres mujeres, drama en verso encargado por la BBC, y entra ya en el territorio estético y emocional de lo que será Ariel. Esa primavera descubre la infidelidad de Hughes y el matrimonio se resquebraja, pero la poeta entra en un periodo de creatividad frenética que la lleva a culminar Ariel en octubre de ese mismo año. Se instala en Londres con sus dos hijos, y un mes más tarde ve la luz La campana de cristal, con el seudónimo de Victoria Lucas. Con todo, vuelve a caer en la depresión y en la madrugada del lunes 11 de febrero de 1963 se quita la vida. Ted Hughes, convertido en albacea de su obra, publica Ariel en 1965 en una versión sensiblemente distinta de la original, incorporando poemas escritos con posterioridad. Al libro, que es recibido con fervor, le siguen sus cuentos, sus diarios y las cartas a su madre, que contribuyen a agrandar el mito. En 1982 ve la luz su Poesía completa, por la que Plath recibió póstumamente el Premio Pulitzer.


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