Zorian Ramírez Espinoza es un poeta nacido en Caracas (Venezuela), en 1996. Licenciado en artes mención música por la Universidad Arturo Michelena y contrabajista de la Orquesta Sinfónica Municipal de Caracas. En 2022 publicó Las escuelas de contrabajo en Venezuela, reconstrucción evolutiva 1970-2003 (CIDES) y la plaquette Memoria derramada (Petalurgia). Diplomado en reflexión y creación poética de la Fundación La Poeteca de Caracas. Ha participado en diversas antologías nacionales e internacionales. Es co-compilador del dossier de poesía joven venezolana Si el río abriese los ojos: Antología de la continuidad y editor asociado de la revista Círculo de Poesía. Coordina la colección de poesía El alba ya no pudo negarme, de la Fundación Editorial Tuqueque, con la que publica este 2026 su libro Habitar la forma. En julio de 2026 obtuvo el premio del VIII Concurso Anual de Poesía Lugar Comun (EE.UU.) con su libro El miembro fantasma.
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El miembro fantasma
Creí haberme deshecho de aquello inexplicable. Ahora me encuentro en el espacio que anuncia su falta. A mamá suelen darle calambres en eso invisible; por momentos, me pide que la sobe allí donde le duele.
Hace años apuntaba en mi diario que había decidido cortar mis cabellos, que habían crecido durante cinco años hasta tener el tamaño de la parte que a mi madre le faltaba. Afirmé que una pierna me germinaba en la cabeza y brotaba en forma de larga cabellera hasta desarrollarse, ser independiente y desprenderse. Cincuenta y siete años convivió con mi madre; cinco años bastaron para que, en mi cuerpo, ella se hiciera adulta y partiera de nuevo.
Es triste saber de este tormento en el que una parte del cuerpo no destinada a pensar ejerció un privilegio adjudicado a los hombres.
La he visto hace días en una fotografía, en la que mamá era joven, tan joven que hubiese querido ser su amigo e ir a bailar con ella, escalar una montaña, correr una maratón.
Mamá diariamente se evoca a sí misma, ahora que la mayor parte de su tiempo transcurre en cama, recluida en una casa que, de tanta realidad, se desmaterializa con los temporales. La casa, al igual que yo, cree en la posibilidad de salvación de esta exploración interna, abre su piel, se rasga, se desmiembra para cantar al unísono lo anterior a ella, es decir, cuando una pared dio inicio a otra y otra, luego un muro, y así sucesivamente.
No basta una mirada antropológica del asunto, la cosa inexplicable ronda a mi madre y el espacio que, por destino y no por elección, ha tenido que llamar hogar. Como Pierna, Casa cumple 18 años, es adulta y tiene hijos, mientras que madre se enraiza al vacío hasta hacer aparecer, en su otra pierna, los vestigios del miembro que se creía perdido, el familiar no deseado.
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Nota para un tío fantasma: y es que son varios espectros dije, mientras enumeraba situaciones. A mi tío un cáncer también le carcomió el andar. Para entonces, mis Manos y Píes se habían sumergido en el sueño mientras Corazón latía y Ojos observaban a Oídos escuchar el llamado de la sangre: Primo, tú que sabes de esto, ven por favor, ayúdame—la historia se complica en tiempos convexos—. No puedo —le respondo—. Yo he nacido oveja en casa de lobos. Soy una evaporación y te miro a ti, vecino de sangre pasar de tallo a tronco para luego transfigurarte en lobo. Te expandes, ahora, eres grande como el bosque.
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Del aliento no se construye la casa
Nada novedoso nos traen
los mensajes del aire
sin embargo, perecemos
y damos espacio a la inmateria
Vino Cruz por la tarde y trajo una pequeña huésped
hecha de privaciones
al igual que nosotros
visitada por pájaros extintos de una biblioteca antigua
Pesada como la luz
de aquellas cosas que negamos
Y de las cuales no podemos deshacernos
Cavamos Cruz y yo
un espacio para ella en la tierra
lleno de gusanos para los pichones
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La tormenta dio paso al amanecer, para develar, a Gavilán y a Paloma. Al verlos, pensé que esto había sido trabajo de la noche. Me aproximé a la escena, Gavilán alzó vuelo y Paloma se desplomó hacia un lado. La tomé entre mis manos con la intención de salvarla. Era más ligera de lo normal, mis dedos comenzaron a sentir la viscosidad que rodeaba sus costillas. La puse frente a mí y observé el agujero que se situaba en lo que sería su pecho –dentro del mismo, lo oscuro, el vacío–.
Asistimos juntos al espacio de los huesos, eran tus manos y yo. Yo que te pedí me dieras junto con el ave la sepultura, Yo que sobreviví incluso después de haber abandonado mi nombre.
Abandóname en este lugar de árboles frutales y gusaneras —te dije—.
Enterraste al ave pero sobrevivió el canto.
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Oración por los miembros desaparecidos
Padre de los juguetes dispersos, a ti imploro
por las piezas perdidas de rompecabezas jamás completados
ruego me des la paciencia para buscar
en medio de este ciclo incierto
en el que me es imposible discernir
Te pido por las aves muertas
los accidentes domésticos
(y la vida cuando era apacible en la tormenta)
por mi madre y mi padre, voz y cuerpo
Por el dedo índice
la cicatriz en mi ceja izquierda, muchas veces pienso
que se reabrirá cuando esté en el aire
Y viviré nuevamente
el día en que quise saltar un muro
pero fue imposible
porque no había advertido
que estaba cubierto con picos de botella
Heredé la herida de mi abuelo
y lo supe años más tarde
cuando podía ver el paisaje que estaba más allá
y sabía leer
y encontré en las gavetas del cuarto de la abuela
la juventud ajena
Allí estaba el carnet de la marina del abuelo
en el que se establecía como rasgo característico
una cicatriz en su ceja izquierda
Dios, o como prefiero escribirte dios,
Rafael no es tu ángel pescador,
sino el nombre del padre de mi madre
Padre
yo te descreo cada tanto
y cuando me hallo entre geranios,
damas de noche y cualquier otro
paraíso vegetal
Invoco tu nombre para mitigar eso que me quema
Padre
pido por los cisnes
Las gaviotas que he visto en los ríos
Me disculpo por nunca antes haber usado el correo postal y, sin embargo, coleccionar estampillas
Me disculpo por los árboles de naranjas de amores nunca gestados
Por germinar sus semillas en vasitos de plástico
Padre, dame la paciencia que tienen las partes de mi cuerpo que deben ser recogidas como juguetes y enterradas cual frutos de un árbol imposible.


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