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Bebé, de Karla Barajas Ramos

Bebé, de Karla Barajas Ramos

La primera vez que leí «Bebé» me sobrecogió. Brevísima y cargada de significado. El abandono de una criatura recién nacida. Interpreté el papel del chico como el de «un niño malo». Muy muy malo. Uno que reacciona feamente a que lo desplacen del afecto de su familia. Ese largo conflicto del género humano en que batallan el amor y el miedo atroz a perder el propio lugar. El rechazo entre cercanos que los diccionarios recogen bajo la palabra cainismo. Y esas ambivalencias de la vida que hacen comprensibles las contradicciones. Porque «José quiere a su hermana —la arrulla y le canta—», pero al mismo tiempo entiende su llegada como una amenaza: «… ella ocupará su lugar en la familia». Delibes publicó en 1973 su novela El príncipe destronado, escrita un decenio antes, y que comprime en unas horas del primer martes de diciembre de 1963 cómo un niño de casi cuatro años se nota relegado por el nacimiento de su hermana. Por supuesto que a esa reacción de la psicología infantil se suman otros temas: las diferencias entre estratos sociales, la hipocresía, las trabas a la comunicación, un naciente feminismo…

La segunda vez que leí «Bebé» aún me estremeció más. Me di cuenta de que era una historia para que no avanzara más el horror, que no se multiplicara en la especie.

Las ambivalencias, dos valores que pueden oponerse en un misterioso algo o en un alguien insondable, sin final. Pasa en ciertos sitios y en determinados viajes. En trayectos de ida y vuelta. En alturas y abismos. Al lado de la protección suele ponerse el sacrificio cerca.

Pasa, creo, en ese medio centenar de palabras persistentes de una «Bebé». Que sugieren, más que dar explicaciones y lecciones.

El afecto puede estar bajo el mismo techo que la violencia o el maltrato.

La autora de «Bebé» es Karla Gabriela Barajas Ramos (1982), periodista y escritora mexicana. Desde 2004 publica cuentos, microrrelatos e incluso ilustraciones en periódicos. Figura en unas cuantas antologías. Ha publicado Neurosis de los bichos (2017), Esta es mi naturaleza (2018), Cuentos desde la Ceiba (2019), Donde habitan las muñecas (2021), Cenizas de los amordazados por el alba (2022) y La raíz que cuartea la tierra (2024). En su último volumen, Camino visceral (2025), ella misma selecciona noventa y dos piezas de esos libros y de sus participaciones en antologías: veintitantos años de creación.

Karla Barajas nació en Tuxtla Gutiérrez, la ciudad más poblada y capital del estado mexicano de Chiapas, al suroeste del país. El último párrafo que le dedica Wikipedia destaca: «Utiliza la narrativa como una forma de visibilizar de otra forma las prácticas machistas y misóginas. Enfrentando a las y los lectores a temas como la violencia masculina contra las mujeres y las niñas, la muerte, la violencia infantil, la pedofilia, entre otros temas».

No me resisto a traer aquí este microrrelato suyo titulado «Veraneando».

«En la última tarea antes de vacaciones, la mayoría de mis alumnas escribe que jugará con el agua de las albercas, de mares o ríos; que la piel se le tostará bajo el sol hasta que arda, que caminará descalza sobre el suelo caliente. Voy manejando, recuerdo esas historias. En el semáforo, me cae una cascada de agua proveniente de una botella, veo a dos de mis alumnas limpiando mi parabrisas, pies descalzos sobre el pavimento. Las niñas tienen las mejillas rojas y los brazos quemados por el sol.

»—¿Trabajan en vacaciones?

»—Solamente en verano trabajamos en las calles, maestra».

Da la medida de su compromiso. Ha declarado que, en la microficción, con historias y personajes palpables, la ironía e incluso el humor negro le permiten irradiar críticas sociales «sin que quien escucha o lee establezca una barrera porque siente que lo que digo pone en riesgo su sistema de valores, creencias, lo cual hace que la descalificación sea inmediata».

Y respondió en una entrevista «Si ves en San Cristóbal a un niño o niña trabajando en las calles, quizás tengas normalizada la explotación infantil, en el mejor de los casos les compras los productos que venden, pero creo que no debemos olvidar esas realidades, y no deben dejar de inquietarnos, porque nuestra humanidad perece con la aceptación».

En «Bebé» no se da contestación a la sospecha firme de que a la recién nacida la maltratarán en su propia casa. Ese silencio, grave, de hielo, de iceberg, hace que el lector participe activamente en construir la historia. Para que se implique, también. Para rescatar. O que nos rescaten.

Karla Baraja sabe cuánto ayudan las omisiones en una narración tan grandiosa de menos de cincuenta palabras, y de cuánto sirve una sabanita, y un juguete, y un autobús piadoso. Para no olvidar y para no apartar los ojos de tantas realidades. Como las que habrá vivido dentro José, antes de llegar su hermana —de llevarla— a esa casilla menos oscura del tablero. En ese tablero donde nosotros aún estamos. Tan cerca del peligro. O de la seguridad.

***

Bebé

José ama a su hermana recién nacida, la arrulla, le canta. Sabe que ella ocupará su lugar en la familia, así que, a escondidas, la saca de la casa envuelta en una sabanita y la abandona en un autobús con un juguete al lado. Así nadie la maltratará. ■

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