El jurado del XVIII Premio de Poesía Joven RNE – Fundación Montemadrid encontró en este poemario «una obra cohesionada, que demuestra madurez poética, con música, buenos finales e imágenes sugerentes».
En Zenda reproducimos cinco poemas de Latitud cero (Pre-Textos), de F. Javier Cárdenas García.
***
MITAD DEL MUNDO
El punto más cercano al sol desde la Tierra
es un hueco en la cima de un volcán.
Cerca quedan las tiendas de recuerdos
que te ofrecen un té de coca a medio dólar
y guantes hechos con lana de alpaca,
por cincuenta centavos te permiten hacerte
una fotografía con un póster
o subir a un altar hecho de piedra
donde puedes tocar el sol.
Este rincón de tierra
lleno de radiación ultravioleta y nieve
es una fruta entre dos mitades.
¿Era esto lo que llaman fin del mundo
un agujero bajo nuestros pies, otro umbral?
Si me subo a esta piedra,
puedo guardarme en un bolsillo
la luz del mundo.
Nunca he estado tan lejos de mis muertos.
***
GMT-5
Para poder hablar contigo, puedo
anticipar seis horas un reloj. Mi equipaje
es entender que puedo
saberme de memoria la hora en que te levantas,
vas a tomarte un vaso de café bien cargado,
te haces el recogido o buscas el pijama
del hospital en el montón de ropa
sucia, quince minutos antes de ir a salvar
el mundo diminuto de un enfermo.
Una hora es del tamaño del niño que se aleja
de ella, aunque no pueda contenerlo.
Para poder hablar contigo, puedo
restar el otro lado de una puesta de sol
que hemos visto morir en nuestros brazos.
El tiempo lleva en sí su noticia de jaula,
alguien debe quedársela
para que pueda continuar vacía.
***
ISABELA
Tengo todo el dolor que necesito.
JORGE ORTEGA MARCOS
Tengo toda la noche para mirar el mar:
la isla es una nave acorralada
que devora los huevos del galápago.
Tengo el perfume del piquero azul
y también la derrota de un cangrejo
que se hizo nieve líquida al ocaso.
He visto cómo mueren las luciérnagas
dentro de las cavernas lapislázuli
llenas de tiburones inocentes
y en el atardecer de muchas playas
que guardan los bolsillos de los niños
para dibujar baches de cielo en sus milagros.
He visto cómo nacen los árboles gigantes
de aguacate en la periferia exhausta
y en la tortuga ahogada en un tintero
que no podrá cumplir trescientos años.
Tengo toda la noche para verme morir
paseo y no parece que paseo,
grabar mis pasos frente al mar supone
con frecuencia exponerse a ser borrado.
Tengo todo el dolor que necesito.
***
TUNGURAHUA
Significa garganta de calor
que ha llegado sin ser llamada. Hogar
de turquesa aliviado y colibríes sin rostro como pequeñas gotas
de Dios y de ceniza, que elevan las iglesias de basalto y la lucidez táctil
del ave carroñera que ahonda en la ruptura de este yo que se escribe.
Este yo repetido muchas veces, torpe y erupcionado, que desea ofrecerse en alimento.
Este yo, inaplazable y carmesí, que se agarra a un columpio desde el que no se ve
más que temperatura, que habita la cerveza de color inconstante
de los pubs irlandeses y quiere sepultarse en las balsas de rafting
y en el traje amarillo de los escaladores para formar un todo de luz y de cemento.
Este yo que quizá esté en la diminuta nostalgia de papel crepé canela,
que intentó ser un bosque de cavidades libres donde arrojar el yeso
y el plátano inmaduro, y merienda tigrillo y chicharrones para lavar la sangre
de los mosquitos hueros que mueren al final de las cascadas donde iban los chamanes.
Este yo que atraviesa las montañas oscuras y la muerte de un pájaro,
que está en la chiva empapada de espuma y canción, que camina otra vez sin propósito
en el fémur cantado y en el césped común del Coliseo Municipal que guarda
la distancia de todos los migrantes de América y sus mil treinta pueblos polvorientos
con casas como cáscaras de maíz tostado y de plesiosaurio, que dicen Tungurahua
con la glotis del inca; que dicen pájaro, pingüino, cuy, rosa con dentadura de animal.
Todo este yo que, como un esqueleto recién sembrado, toma su posesión mestiza
en la puerta de los colegios quechuas y en la crin de las cámaras magmáticas
que son yeguas solares a punto de encenderse celebrando el primer
grito de independencia. Este yo que está aquí al lado de su borde
con inmensa campana de conjuro. Un yo que no es catástrofe, que es la continuación
de una helada que gime como el pico del cóndor que bucea en la carne,
y es ese yo que un día será poema,
ese yo que vendrá sin ser llamado.
***
LA TUMBA DE LOS MAIZALES
Nos ha ofrecido un jugo de zambo que cultiva
en la parte de atrás de su parcela
y la última taza limpia que puede ofrecernos.
Sin lluvia no se pueden limpiar las cacerolas
y se acumula la intemperie en la cima
de la montaña en la que viven los dos solos.
Es el décimo día que su marido no
come nada, tres años que dejó de moverse,
ella cubre los huecos crecidos en la casa
de adobe y de pared con papel de periódicos,
sufre el mal de Parkinson y no puede pagar
más medicinas. Cuando todo esto termine
habrá un lugar vacío en la cima del mundo.
Yo la pienso con voces sin certezas
y la busco en la brisa que acaricia
sin peso a los maizales.
—————————————
Autor: F. Javier Cárdenas García. Título: Latitud cero. Editorial: Pre-Textos. Venta: Todos tus libros.


Inmensos los poemas de Javier Cárdenas, te acercan a tocar el cielo. Son sinfónicos verdaderamente. Felicidades.
Extraordinario poeta. Gracias Laura por permitirme descubrir este talento.